El ‘amor eficaz’ de Marta Rodríguez

Scielo

La pica sube y baja, demasiado pesada para las manos que la sostienen. Entre el barro, una niña que no alcanza los cinco años trabaja abriendo la tierra fría. Otros dos niños la acompañan en la faena, con pies embarrados, trabajan en el recodo abierto hecho de greda. El cuadro asciende de los pies al cielo. La tarde en la ladrillera se nubla con el humo de los hornos. No hay colores: todo gris en la conjunción del blanco y del negro.

Pionera del documental antropológico en Colombia junto a Jorge Silva, Marta Rodríguez llegó a Tunjuelito gracias a Camilo Torres, el antiguo capellán de la Universidad Nacional de Colombia. Fue allí donde descubrió la historia que la llevaría a trabajar durante cinco años en Chircales (1972). Como otros jóvenes, alfabetizaba. Domingo a domingo se fue encontrando con manos desechas por el trabajo prematuro; manos de niños y niñas, hijos e hijas de campesinos migrantes, desplazados por la violencia.

Marta Rodríguez estudió cine y etnología en Francia, donde conoció el movimiento de curas obreros. Además, fue discípula del realizador Jean Rouch. Tras volver a Colombia en 1965 y conocer a Jorge Silva inició una carrera como cineasta que se prolonga hasta el día de hoy. En ICODES, el Instituto Colombiano de Desarrollo Social dirigido por Gustavo Pérez, editó Chircales, la historia de la familia Castañeda. Pérez, compañero de Camilo Torres en Lovaina, también produjo Planas, testimonio de un etnocidio (1971), el segundo trabajo de Marta Rodríguez con fotografía de Jorge Silva. Al respecto, ha dicho la realizadora: “Gustavo Pérez, que había fundado el ICODES y tenía cámaras de cine y película, nos cuenta que en San Rafael de Planas, en el Meta, ha habido una masacre de guahibos. Yo le digo que quiero ir a filmar lo que pasó, él me dice: ‘¿Sale mañana?’, y yo: ‘Claro’. Así conozco lo que es la realidad del indígena en nuestro país”. Desde entonces no dejará de estar vinculada a las luchas de los pueblos indígenas.

La verdad de la imagen

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Entre 1974 y 1980, Rodríguez trabajó en Nuestra voz de tierra, memoria y futuro, acerca del surgimiento del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC). La poesía visual de Jorge Silva destaca la simbólica del relato, la lucha del pueblo nasa por la recuperación de la tierra, el fortalecimiento de los cabildos y la ampliación de los resguardos. El documental eleva una fuerte crítica a la Iglesia de Popayán, dueña durante años de territorios usurpados, parte de los terratenientes tradicionales, que reprimían al indígena. De la sumisión a la organización, tal es el proceso que visibiliza el proyecto.

En una reseña de la obra de Marta Rodríguez, Santiago Gómez y Adriana Rojas explican que la película terminó convirtiéndose en un hito. “Como su primer trabajo, Chircales, que había seguido por seis años la vida de una familia obrera en las ladrilleras de Tunjuelito, en Bogotá, Nuestra voz… traspasa las fronteras, su poderosa capacidad para expresar el espíritu del pueblo indígena cosecha elogios y el documental es presentado por varias cadenas de televisión internacional”. Sin embargo, al momento de la edición, llevado a cabo en Bogotá, llegaban de lejos noticias del asesinato de muchos líderes incluidos en la narración. Rescatarlos en la imagen era como traerlos de nuevo a la vida. “El cine nos devolvía a gente que estaban asesinando constantemente”, ha dicho Marta Rodríguez, quien ha querido mostrar no solo un país en el que se violan los derechos humanos, sino también el valor de la gente que resiste. “Yo no estoy luchando por la estética ni por el cine por el cine”, añade.

Tiempo después de haber producido La voz de los sobrevivientes, Jorge Silva, compañero de Marta Rodríguez y padre de sus dos hijos, falleció en 1987. Para aquel momento llevaban a cabo la realización de Nacer de nuevo, un documental sobre la tragedia de Armero. Después del acontecimiento, y a pesar de las dificultades, la autora siguió con su trabajo, sumando a su labor como realizadora un compromiso de tiempo completo para promover la creación documental. A ella se debe que en la actualidad muchos indígenas hayan hecho de la imagen una herramienta más en su búsqueda de liberación.

maderasalvajeEn los años sucesivos, nuevas articulaciones con movimientos populares y nuevas realizaciones audiovisuales. La hoja sagrada, Los hijos del trueno, Nunca más, Soraya, amor no es olvido, son los nombres de algunas de estas producciones. Recientemente, la Secretaría de Cultura de Bogotá se ha propuesto reconocerla por su trayectoria. En octubre, mes de los artistas, destacar el aporte cultural de Marta Rodríguez es poner de manifiesto la importancia de su obra en la visibilización de la historia y de la verdad.

Miguel Estupiñán

Actualizado
05/10/2014
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