Chiapas, un conflicto no resuelto

acto a favor de los zapatistas en Guanajuato, 2001

niño frente a un mural zapatista en Chiapas

Chiapas, un conflicto no resuelto [extracto]

PABLO ROMO CEDANO (MÉXICO DF) | La lucha por la justicia y la dignidad de los pueblos indígenas de México estuvo detrás del levantamiento zapatista que, hace ahora 20 años, concitó el interés y la preocupación mundial. La Iglesia, con el obispo Samuel Ruiz a la cabeza, medió para evitar más muertes. Y, junto a los más desfavorecidos, también padeció la violencia ciega.

Hace veinte años, ante el contexto de guerra visibilizado por el levantamiento armado zapatista, la diócesis mexicana de San Cristóbal de Las Casas, encabezada por su obispo, Samuel Ruiz, inició un trabajo complejo y delicado para construir la paz. Tras varios días de intensos combates, se alcanzó una tregua. Era el 12 de enero de 1994. Las partes en conflicto habían aceptado como mediadores para un futuro diálogo al obispo Ruiz y a Manuel Camacho, como representante del Gobierno federal. Se abría una ventana para la paz.

En esos primeros doce días de enero, el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) había tomado no solo varias localidades del sudeste de Chiapas, sino también el cuartel militar de Rancho Nuevo. La toma de este cuartel fue poco resaltada en las crónicas de la época, pues significó una afrenta muy grave contra el Ejército Federal.

La respuesta no se hizo esperar: las fuerzas aéreas del entonces Gobierno de Carlos Salinas de Gortari iniciaron una serie de bombardeos donde presuntamente se habían concentrado algunas fuerzas zapatistas. Los combates se sucedieron uno tras otro dejando decenas de muertes. Uno de los más cruentos se llevó a cabo en Cuxuljhá, comunidad tzeltal.

marcha de simpatizantes de los zapatistas en Oaxaca, México, 2001

Marcha prozapatista en Oaxaca (2001)

En las comunidades indígenas y en las poblaciones mestizas se escuchaban con gran temor las noticias de la muerte. Primero cientos y luego miles de personas se vieron en la necesidad de desplazarse a las ciudades de Tuxtla Gutiérrez y, sobre todo, de Palenque y la propia San Cristóbal. El éxodo crecía conforme la guerra continuaba.

En esos días, el clamor por el cese del fuego se escuchaba en todas partes. Las manifestaciones de la sociedad civil organizada se multiplicaron y el 10 de enero convergieron en el Zócalo capitalino. El orador único de esa gran manifestación, que llamó a las partes en conflicto a un alto el fuego, fue el dominico Miguel Concha.

En tanto, el Gobierno cambiaba su estrategia –al menos momentáneamente–, y en lugar de dar una respuesta armada, ofreció un diálogo aceptando a Samuel Ruiz como mediador.

El 12 de enero se convirtió así en el primer día para hacer posible una paz verdadera en medio de los pueblos indios y no indios, una paz donde “cupieran muchos mundos”. En esa ocasión, Don Samuel dijo que “para qué esperar a que llegue el fin de la guerra e iniciar un diálogo, si podemos iniciar ya un diálogo ahora y evitamos tanta muerte y sufrimiento”. Y, en efecto, fue escuchado por las partes en conflicto.

Desde ese momento hasta el 20 de febrero, la labor de la mediación consistió en acercamientos mediante comunicados con las partes. Un proceso de comunicación entre señales y gestos que pudieran comprenderse entre un lado y el otro, sin siquiera haberse visto aún. La dinámica de la guerra genera cierta ceguera que impide ver cosas que pudieran ser evidentes y que la tarea de la mediación tiene que ayudar a ver.

El clamor por el cese del fuego
se escuchaba en todas partes.
El Gobierno cambiaba su estrategia
–al menos momentáneamente–,
y en lugar de dar una respuesta armada,
ofreció un diálogo aceptando a Samuel Ruiz como mediador.

Así por ejemplo, Don Samuel convenció a los zapatistas del subcomandante Marcos de entregar al Gobierno un cargamento de dinamita que habían incautado o que liberaran al general Absalón Castellanos, capturado los primeros días de enero. A cambio, el Gobierno ofreció la no incursión de tropas en territorio zapatista y la delimitación de una “zona gris” custodiada por la Cruz Roja Internacional. De hecho, la liberación del general Absalón (16 de febrero) fue convertida en un gesto de buena voluntad para poder iniciar los diálogos directos.

Por cierto, el día que fue liberado coincidió con el Miércoles de Ceniza, y Don Samuel, en un gesto por demás significativo, recibió al general imponiéndole la ceniza públicamente y diciendo: “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.

Diálogos de la Catedral

Así se llegó a los diálogos de paz en la catedral de San Cristóbal y se iniciaba una nueva etapa en el proceso de pacificación. Nunca en la historia moderna de México el Gobierno había negociado con un movimiento armado de esa manera, pues siempre, en el nombre de la ley y “la paz social”, los había aniquilado.

Durante los días de los Diálogos de la Catedral, la mediación de Don Samuel llevó a cabo varias tareas: fortaleciendo a los actores en sus capacidades de comprensión e interlocución, no solo en la interpretación del español hacia el tzotzil, tzeltal y chol que él conocía, sino, sobre todo, en la interpretación cultural y de significado para ambos lados de la mesa de lo que se solicitaba de las partes. De igual forma, se facilitó el espacio y mucha de la logística con la que se hizo posible el encuentro. Al final, se consiguió un borrador de consenso tanto para la agenda política, las necesidades específicas del movimiento armado como de la ruta para continuar hacia la firma de la paz.

Samuel Ruiz, obispo de San Cristóbal de las Casas

El obispo Samuel Ruiz

Sin embargo, no todos en el Gobierno federal estaban de acuerdo en la ruta hacia la paz, y a los pocos días de la conclusión de los diálogos fue asesinado el candidato del PRI a la presidencia, Luis Donaldo Colosio. La situación política en el país se enrareció y el EZLN dejó de confiar en que el Gobierno de Salinas cumpliría con los acuerdos si se hubieran llegado a pactar.

Cuando la paz está en peligro, la mediación tiene que ser más creativa y apoyar con audacia iniciativas que puedan reencauzarla. De ahí que Don Samuel buscara nuevos acercamientos. El comisionado del Gobierno había perdido interlocución y el Ejército Federal no se sentía cómodo en la ambigüedad en la que se estaba cerrando el sexenio del presidente Carlos Salinas de Gortari.

A mediados de ese año, el comisionado Camacho renunció a su cargo y fue reemplazado por Jorge Madrazo. Para entonces, el EZLN, en aras de esperar al siguiente gobierno salido de las urnas, había convocado a la sociedad civil a un diálogo para fortalecer su agenda política nacional. El éxito fue rotundo. El encuentro, más que convergente, fue un hito simbólico de conjugación de anhelos en un momento en el que la política electoral transparentaba su corrupción.

Paralelamente, había quienes continuaban golpeando las frágiles estructuras de paz establecidas. Los objetivos se fueron ampliando y ya no solo eran ataques contra los combatientes armados, sino contra aquellos que estaban construyendo puentes de paz. Es decir, la lógica de guerra estaba echada a andar y los esfuerzos de paz se encontraban empantanados en la feroz contienda de intereses políticos en el contexto electoral.

Los ataques a la mediación se multiplicaron, en la lógica de guerra de “estás conmigo o contra mí”. Muchos agentes de pastoral fueron blanco de ataques. Don Samuel mismo fue constantemente calumniado, y en ocasiones por “fuego amigo”. Él entendía que el proceso de paz implicaba ese golpeteo y tratar de desgastarlo, a fin de dinamitar puentes y exacerbar tensiones.

acto a favor de los zapatistas en Guanajuato, 2001

Lectura de un comunicado del EZLN en un acto en Guanajuato (2001)

Para fortalecer el proceso de paz era necesario fortalecer la mediación, y así se hizo. Se constituyó la Comisión Nacional de Intermediación (CONAI), pidiendo la participación de personalidades civiles para que acompañaran el proceso.

La CONAI se constituyó en un momento de gran desgaste de la interlocución y, de hecho, a unas semanas de que el EZLN rompiera el diálogo. Las elecciones se llevaron a cabo y, a los pocos días, fue asesinado José Francisco Ruiz Massieu, presidente nacional del PRI. Así, la lógica de guerra ganaba terreno y el Ejército Federal se preparaba para una ofensiva.

Hay que tener presente en este escenario que a los pocos días de la toma de posesión de Ernesto Zedillo se devaluó el peso y se precipitó la bolsa de valores por los así llamados “errores de diciembre”, que hundieron al país ahora en una crisis económica y financiera. En un contexto así, la guerra puede siempre distraer la atención, y esa fue la decisión de Zedillo: mientras se hacían los primeros acercamientos entre las partes gracias a la CONAI, se ultimaban detalles para lanzar al Ejército a la selva y combatir a los zapatistas.

El 9 de febrero se dio la orden de avanzar a las tropas federales y, con ello, se acaban las zonas grises de la Cruz Roja Internacional (violando los principios del Derecho internacional humanitario). Los zapatistas se replegaron de todas sus posiciones defensivas, salvo de dos lugares, de donde no les dio tiempo ante el sorpresivo ataque, y se enfrentaron con los soldados. Se registraron varias bajas en ambos lados.

Guerra sucia

Ante eso, miles de personas y organizaciones se lanzaron nuevamente a las calles exigiendo diálogo y el cese de las hostilidades. Gracias a esta presión, se restablecieron los diálogos directos con un formato diferente: primero en la comunidad de San Miguel y después en la cabecera municipal de San Andrés Larráinzar. De igual forma se formó una comisión coadyuvante de la CONAI, la Comisión de Concordia y Pacificación (COCOPA), compuesta por diputados federales, senadores y una representación del gobierno de Chiapas.

Los Diálogos de San Andrés contienen una gran riqueza en enseñanzas, tanto por su contenido como por su formato. El contenido fue producto de mucho tiempo de maduración, negociación, reflexión y pertenencia temática. Y en cuanto a su formato, por ser único en el mundo en cuanto a la participación de miembros de la sociedad civil, dinámica y con interacción multiactoral.

Miles de personas y organizaciones se lanzaron
nuevamente a las calles exigiendo diálogo
y el cese de las hostilidades.
Gracias a esta presión, se restablecieron los diálogos directos
con un formato diferente: los Diálogos de San Andrés.

En principio, los Diálogos de San Andrés tendrían cinco capítulos: uno que abordaría el tema de pueblos indios; otro sobre los derechos de las mujeres de manera específica; un tercero sobre reforma política; un cuarto sobre economía; y el quinto, sobre desarme, acuerdo de paz y desmovilización del EZLN. A lo largo del año 1995 se llevaron a cabo las mesas de discusión y negociación con la primera temática.

El arranque de las mesas fue complejo y lento. La mediación, encabezada por Don Samuel y la COCOPA, hacía los máximos esfuerzos por avanzar y destrabar las dificultades que se multiplicaron. El EZLN convirtió cada encuentro en una plataforma para generar simpatía para su causa y el Gobierno federal no tenía interés en terminar con las mesas, pues “ganaba tiempo” para desgastar al EZLN enfrentándolo con actores locales y, paralelamente, desarrollaba lo que se llamó “la guerra de baja intensidad”, que no era otra cosa que una guerra encubierta de desgaste y aniquilación.

Ataques a la Iglesia

Es muy importante detenerse en esta “guerra de baja intensidad”, pues fue durante muchos años negada por el Gobierno e invisibilizada por la mayoría de los medios de comunicación. Hoy, a 20 años de distancia, los documentos oficiales constatan su existencia y las historias se cuentan abiertamente. Falta que el Gobierno lo reconozca públicamente y desarrolle una comisión de la verdad.

El Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas, que presidió Don Samuel, documentó desde 1995 hasta 2000, cientos de asesinatos y ejecuciones extrajudiciales por grupos paramilitares dirigidos por el Ejército mexicano, como la masacre de Acteal, que hasta el momento permanece impune, y cuyos asesinos materiales fueron liberados por la Suprema Corte por “irregularidades procesuales”.

misa de indígenas en Chiapas

Misa de indígenas en Chiapas

Amén de los asesinatos, la “guerra de baja intensidad”, diseñada por el Ejército con la ayuda de estrategas de los Estados Unidos y la anuencia y participación del presidente Zedillo, generó miles de desplazados forzosos, decenas de mujeres ultrajadas, expulsiones de extranjeros, además de una campaña permanente en contra de la labor de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas y de sus obispos, Samuel Ruiz y Raúl Vera.

Se documentó el cierre de 45 templos católicos en diferentes comunidades indígenas, la expulsión, primero de tres sacerdotes justo en el arranque de los diálogos, y después del párroco de Chenalhó en el contexto de la masacre de Acteal; la provocación de incendios en diferentes templos y las amenazas de muerte fueron constantes a lo largo de ese período. Vale señalar los múltiples atentados que sufrieron Don Samuel y monseñor Vera: el intento de homicidio contra su hermana María de la Luz, la emboscada en la zona norte donde fueron heridos dos catequistas, los ataques a la propia casa de Don Samuel, etc.

Así, a pesar de todo, al cabo de un largo y complejo año de discusiones y encuentros, se llegó a un consenso, bautizado con el tiempo como los Acuerdos de San Andrés. Este entendimiento fue ratificado el 16 de febrero de 1996. La mediación y la COCOPA había logrado un primer paso para llevar la propuesta de ley de los pueblos indios a las cámaras. Desgraciadamente, la lógica de guerra nuevamente pesó más y el Gobierno no cumplió con su palabra y no presentó la propuesta a las cámaras para su aprobación.

A partir de la firma de este primer acuerdo, y hasta el 8 de junio de 1998, día en que la CONAI se disuelve, la mediación y la COCOPA hicieron todos sus esfuerzos para continuar el proceso y agotar los otros cuatro temas pendientes para llegar a la firma de la paz, al desarme y a la desmovilización; sin embargo, no lo lograron. La voluntad política de transformar el conflicto por la vía del diálogo y la concertación había concluido. Aquella lógica de guerra acabó imponiéndose y, a pesar del escenario y fachada de paz que se construyó, la realidad fue como históricamente ha sido con los pueblos indios: “Obedézcase, pero no se cumpla”.

Ciertamente se logró transformar el conflicto de una lucha abierta armada a un fallido proceso de diálogo. Ciertamente se evitó, gracias a la mediación y el apoyo de la sociedad civil y de actores políticos, que mucha gente muriera y sufriera aún más con una guerra más cruenta. Sin embargo, veinte años después, este es un conflicto no resuelto. La agenda de los pueblos indios no solamente no se cumplió, sino que ya ha perdido vigencia, pues los derechos humanos han avanzado mucho en los últimos 18 años.

En el nº 2.880 de Vida Nueva.

 

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Actualizado
31/01/2014
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