Su único programa fue servir a la Iglesia

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Desde las ocho de la tarde del 28 de febrero, Joseph Ratzinger ha dejado de ser “obispo de Roma, vicario de Jesucristo, sucesor del Príncipe de los Apóstoles, sumo pontífice de la Iglesia universal, primado de Italia, arzobispo metropolitano de la provincia de Roma, soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, siervo de los siervos de Dios”. Todos estos, en efecto, son los títulos que definen el estatuto al que Benedicto XVI ha renunciado, “en plena libertad, por el bien de la Iglesia”. Se le seguirá llamando, como expresó inicialmente el cardenal Francesco Coccopalmerio, presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, “Su Santidad Benedicto XVI”, pero vivirá retirado, primero en Castel Gandolfo y, dentro de pocos meses, en el monasterio Mater Ecclesiae, dentro de los muros vaticanos.

con-obisposPor primera vez en la historia moderna de la Iglesia, podemos intentar el balance de un pontificado en vida de quien ha sido su principal protagonista. Indudablemente, la historia recogerá como dato más notable de este período ratzingeriano su renuncia al solio pontificio; una decisión que no se producía en la Iglesia desde hace varios siglos. El último en tomarla fue Gregorio XII (Angelo Correr en su vida civil), que dimitió el 4 de julio de 1415, en un momento en el que la Iglesia se enfrentaba al peligro de un cisma. Benedicto XVI, como él mismo ha remachado en estos días, abandona su misión no por miedo o presiones, ni por una enfermedad terminal ni por cobardía, sino porque sus fuerzas físicas, psíquicas y espirituales no le permiten ejercerla en plenitud, “adecuadamente”, como él mismo afirmó. Los historiadores destacarán este gesto de lucidez y de coherencia, ejecutado, además, con una elegancia y humildad muy notables.

Pero sería injusto reducir los casi ocho años de Ratzinger al frente de la Iglesia a su salida de escena. Recordemos que el cónclave que lo eligió sucesor de Juan Pablo II, el 19 de abril de 2005, fue uno de los más rápidos de la historia y solo fueron necesarias cuatro votaciones para alcanzar la requerida mayoría de dos tercios. Y ello por una razón: el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe no tenía oponentes de peso en el Colegio Cardenalicio; los escasos reparos que se ponían a su persona fueron disipados por el modo con el que dirigió como decano las congregaciones generales de los cardenales previas al cónclave. Su edad –78 años– aseguraba, además, que no se repitiera un pontificado tan largo, de 27 años, como el de Karol Wojtyla.

El cardenal alemán llegaba a la cátedra de Pedro con un bagaje teológico tal vez único en la historia secular de la Iglesia católica. No solo había sido profesor de teología en algunas de las más prestigiosas universidades alemanas y perito del Concilio Vaticano II, sino que había ya publicado una treintena de libros e innumerables artículos sobre los más variados temas teológicos.

saliendoNo es pues de extrañar que su pontificado tenga como característica más evidente la de su altísima calidad magisterial. La han evidenciado sus tres encíclicas: ya en la primera, Deus caritas est, publicada el 25 de diciembre de 2005, dejó marcadas algunas de sus prioridades de gobierno: “La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar una sociedad más justa”. En otro pasaje, afirma que, “para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia”.

El 30 de noviembre de 2007 apareció su segunda encíclica, Spe salvi, testimonio conmovedor sobre la virtud de la esperanza. Hubo que esperar hasta el 29 de junio de 2009 para poder leer la Caritas in veritate, cuya publicación se retrasó para incorporar a su texto unas primeras y certeras reflexiones sobre la crisis económica que ya atenazaba al mundo. Encíclica en el surco de la Rerum Novarum de León XIII, la Populorum Pogressio de Pablo VI o la Centessimus
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de Juan Pablo II. De ella no puedo dejar de recoger algunas frases: “Una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad. (…) El hombre está alienado cuando vive solo o se aleja de la realidad. (…) Toda la humanidad está alienada  cuando se entrega a proyectos exclusivamente humanos, ideologías y utopías falsas. (…) El desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que se reconozcan como parte de una sola familia que colabora con verdadera comunión y está integrada por seres que no viven simplemente uno junto al otro”.

 

El Jesús histórico

En preparación, pero no ultimada, se ha quedado en la trastienda la cuarta encíclica, dedicada toda ella a la virtud de la fe; un texto que ya no será magisterial, pero que tal vez podría aparecer aún con etiqueta distinta, como ya ha sucedido con los tres volúmenes de su libro Jesús de Nazaret. Esta es la obra culmen de un teólogo que siempre pensó rematar su misión intelectual rescatando para el gran público “al Jesús de los Evangelios como el Jesús real, el Jesús histórico, una figura históricamente sensata y convincente”. A través de más de mil páginas, el autor analiza multitud de versículos de los cuatro evangelistas, dialoga con los exegetas del pasado y del presente, propone interpretaciones del texto bíblico y ayuda al lector a encontrar su propio camino hacia Jesús. En la introducción al primer volumen, Ratzinger advierte que no se trata de un “texto magisterial, y por eso los lectores son libres de contradecirme”.

Pero, además de encíclicas y libros –no dejemos de citar su esclarecedor Luz del Mundo, con el periodista Peter Seewald–, Benedicto XVI ha pronunciado a lo largo de su pontificado discursos memorables e históricos. Citemos, por ejemplo, la lectio magistralis leída el 12 de septiembre de 2006 en la Universidad de Ratisbona, maltratada por una interpretación incorrecta de su contenido, que estuvo centrado en las relaciones entre fe y razón; tema desarrollado igualmente dos años más tarde en el College des Bernardins de París. De mayor contenido político, destacan los discursos pronunciados en el Westminster Hall de Londres (septiembre de 2010) o en el Reichstag de Berlín (septiembre de 2011), que versaron sobre las relaciones de la Iglesia con la comunidad política, las verdaderas raíces del Estado y de la democracia moderna y las bases de una auténtica cooperación internacional en favor de la paz y del desarrollo.

PedroEn cuanto a su capacidad viajera, Benedicto XVI, elegido Papa a los 78 años de edad, no podía permitirse el lujo de imitar a su predecesor, que en 27 años de reinado realizó 104 visitas internacionales. Ratzinger ha realizado la nada despreciable cifra de 24 salidas fuera de las fronteras italianas, con destinos que abarcan los cinco continentes. Su primer viaje tuvo lugar cuatro meses después de su elección, dirigiéndose a Colonia para participar en la Jornada Mundial de la Juventud, idéntica misión que le llevó a Sydney en 2008 y a Madrid en 2011. Naturalmente, la peregrinación a Tierra Santa, en mayo de 2009, ocupa sin duda un lugar muy especial, pero hay que subrayar la intensidad “estratégica” de sus viajes a Turquía, en 2006, después de la escandalera post-Ratisbona, siendo la del Líbano su última salida al extranjero. Los españoles no olvidan sus visitas a Valencia (2006), Santiago de Compostela y Barcelona (2010) y Madrid (2011). Tuvo también oportunidad de verse arropado por el calor de los católicos del “continente de la esperanza” cuando viajó a Brasil, en 2007, y a México y Cuba, en 2012.

Sospecho que, en el balance que se haga de este pontificado, el capítulo sobre el gobierno de la Iglesia universal no será tratado con excesiva benignidad. Ciertamente, Joseph Ratzinger, cuando aceptó la responsabilidad de ser sucesor del apóstol Pedro en la sede de Roma, no tenía ni remotamente diseñado un programa de gobierno. Su prioridad era otra, como se lo dijo en latín a los cardenales en la misa que celebró con ellos en la Capilla Sixtina el 20 de abril de 2005, al día siguiente de su elección papal: “Al emprender su ministerio, el nuevo Papa sabe que su tarea es hacer resplandecer ante los hombres y mujeres la luz de Cristo, no la propia luz, sino la de Cristo…Solo pretendo servirle a Él dedicándome totalmente al servicio de su Iglesia”.

 

Colaboradores “grises”

El Papa no ha puesto, pues, lo mejor de sus energías en gobernar la barca de Pedro, dejando ayudarse en el timón por sus colaboradores, cuya elección no ha sido especialmente feliz. Me refiero, principalmente, a su segundo secretario de Estado –al primero, el cardenal Sodano, lo heredó y lo mantuvo hasta 2006–, el cardenal Tarcisio Bertone, y a sus segundos, los sustitutos Filoni y Becciu, así como al secretario para las Relaciones con los Estados, Dominique Mamberti, cuyo color dominante ha sido la grisura. Estos últimos cinco años se han caracterizado por la ausencia de criterios de gobierno ad extra y, sobre todo, ad intra. La Secretaría de Estado ha perdido prestigio por la dispersión de sus acciones y la insustancialidad de sus objetivos. También, y esto es aún menos justificable, por un marcado nepotismo en la selección de puestos clave de la Curia romana, ocupados por bertonianos declarados. El próximo pontífice tendrá que revisar a fondo este capítulo.

ultima-audienciaNecesitaríamos más espacio para referirnos, aunque fuese parcialmente, a la presencia de la Iglesia en la esfera internacional. Benedicto XVI ha concitado en torno suyo estima y gran respeto (se vio claramente en su visita a la ONU, en 2008), pero no ha cosechado victorias. Ha fracasado, por ejemplo, en su acercamiento a China, a cuyos católicos dirigió, en junio de 2007, una carta abierta que ha quedado sin respuesta.

Asunto pendiente para su sucesor es el de la definitiva solución al cisma de los seguidores de Marcel Lefebvre, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que no ha sabido o podido aceptar las favorables condiciones que se le ofrecían desde Roma para reintegrarse en la plena comunión eclesial.

Aunque algunos medios de comunicación se hayan propuesto enfangar la persona y la obra de Benedicto XVI, no lo han conseguido, y su grandeza, ya patente para quien la ha enjuiciado sin prejuicios, queda aún mucho más clara con el gesto profético de su renuncia.

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Actualizado
04/03/2013
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