Comparte tu esperanza

grupo de personas en espectáculo de fuentes de agua con luz

grupo de personas en espectáculo de fuentes de agua con luz

Comparte tu esperanza [extracto]

VIDA NUEVA | La realidad no invita al optimismo, es cierto, pero la esperanza no radica en ningún indicador económico. Es algo que florece en lo más íntimo y que, cuando aflora, es capaz de contagiar a los demás. Hemos invitado a quienes la cultivan en el día a día a que la compartan.

Preguntas:

  • 1. ¿Dónde buscas tú, adónde te agarras, para ser capaz de conservar la esperanza?
  • 2. ¿Cómo transmitir esa esperanza en tiempos de tantas dificultades concretas como los actuales?
  • 3. ¿Seríamos capaces de mejorar la realidad con una actitud esperanzada y positiva? ¿O las cosas están demasiado mal?

Almudena Zerolo voluntaria en Pueblos Unidos

ALMUDENA ZEROLO, voluntaria de Pueblos Unidos

1. Hay un refrán que dice: “Lo último que se pierde es la esperanza”. Perder la esperanza es perderlo todo. La ESPERANZA en la que yo me apoyo solo la puedo escribir con mayúsculas, porque la tengo puesta en Dios, en su palabra y en su promesa. Este es el motivo de no haberla perdido nunca. En los momentos peores de mi vida, he sentido a Dios vivo en mí, dándome la seguridad y certeza que necesitaba. “Se de quién me he fiado” (san Pablo) y “dichosa tú porque has creído” (Lc 1) son dos frases que tengo profundamente grabadas.

2. Reconozco que cuando tienes la esperanza puesta en Dios, en su Palabra, en su promesa… es un don. Mi Esperanza no sé si es fácil de transmitir. Pero tengo la experiencia de que, cuando la comparto, la gente recibe alivio, confianza, paz… Es como si entrara en esa vida un rayito de luz. Para CONTAGIAR hay que TENER. La Esperanza, si es auténtica y está viva, puede transformar otras vidas. A mí es Dios quien me la da y Él se encarga, a través de mí, de que llegue a otras personas.

3. Sin duda, una actitud esperanzada y positiva en momentos de oscuridad y dolor ayuda a otros a salir adelante. Se contagian fuerzas y ganas de luchar para no “tirar la toalla”. Si se genera VIDA, se recibe VIDA. Sería maravilloso, por muy hundidos que estuviéramos, que nunca perdiésemos la capacidad de AMAR, de darnos, de pensar en los demás… Es lo que siempre da oxígeno y plenitud a nuestra vida.

Dolores Aleixandre biblista

DOLORES ALEIXANDRE, biblista

1. De entrada, pongo mi GPS en dirección al Colectivo de Desanimados bíblicos y recorro sus itinerarios. Algunos son ya viejos conocidos que vuelven a contarme sus historias: el orante del Salmo 77 andaba agobiadísimo, encerrado de noche entre las cuatro paredes de un cuarto sin ventanas, desesperado e insomne, pero se puso a recordar las maravillas de Dios guiando a su pueblo en el pasado y se dio cuenta de lo absurdo que era pensar que los “recortes” habían alcanzado también a Su ternura. Así que dirigió su mirada más allá de su situación calamitosa, salió a espacio abierto y confió en que el Dios fiel del pasado iba a seguir siéndolo en el presente. En el salmo 73, otro abatido/indignado empieza criticando “con acritú” lo mal que van las cosas hasta que, de pronto, se ve a sí mismo como un burro (¡sic!) por empeñarse en controlarlo todo. Y, a partir de ese momento, decide “entrar en el misterio” de Dios y reconoce: “Me agarras de la mano, me conduces a un destino glorioso”. La crisis continuaba, pero a él se le habían recolocado las cosas de otra manera.

3. Mala estrategia la nuestra si, al reconocer ante otros que a pesar de los pesares seguimos esperanzados, damos a entender que, cuando entra la esperanza en nuestra casa, desaloja al desencanto, a la sensación de desmoronamiento, a las perplejidades o al cansancio. Ni hablar. Todos esos realquilados siguen ahí, y ella ni los desprecia, ni les agrede, ni los desahucia; una convicción que le debo a Tximo García Roca: “La Esperanza se hermanó con el Desencanto, que no es lo opuesto ni lo contrario a la esperanza: es su inevitable sombra, es su compañera de viaje”. Por eso, mejor hablar de ella como de una buena vecina que no nos apabulla con sus proclamas, certezas o evidencias, sino que se sienta a nuestra mesa silenciosamente y, poco a poco, consigue acostumbrarnos a esa presencia suya que a la larga todo lo transforma.

3. De acuerdo con lo de “contagiarnos todos con una actitud esperanzada y positiva”, siempre que en ese “todos” ocupen el lugar preferente los más alcanzados por la crisis. “En tiempos oscuros, nos ayudan quienes han sabido andar en la noche” (E. Sábato), y son ellos los que, contra todo pronóstico, pueden contagiarnos esperanza. Si solo la buscamos en espacios eclesiales “protegidos”, el resultado será tan irreal como aquella leyenda del conde que se metió con su caballo en un pantano y, al sentir que se hundía, se agarró a sí mismo por los pelos y consiguió salvarse. “En tiempos de crisis necesitamos activar la ‘memoria crucis’ y recordar que la esperanza se nos ha dado en favor de la causa de los pobres”, nos recuerda Javier Vitoria, otro “esperanzólogo”. Son sus gritos, sus silencios y sus cánticos los que “relativizan nuestros estados de ánimo y pulverizan nuestros debates teóricos”. La realidad mejora cuando acortamos distancias y ensanchamos las superficies de contacto con ellos.

1. ¿Dónde buscas tú para conservar la esperanza?
2. ¿Cómo transmitirla en tiempos tan difíciles como estos?
3. ¿Seríamos capaces de mejorar la realidad con una actitud esperanzada y positiva?

Emili Turú, superior general Hermanos Maristas

EMILI TURÚ, superior general de los Hermanos Maristas

1. En la buena gente. Personas de los cinco continentes cuya vida me ha impresionado por la calidad de su donación a los demás. Ellos me recuerdan continuamente la bondad de la persona humana. En el Espíritu Santo. Me encanta la expresión de Juan XXIII al inicio del Concilio Vaticano II: “Tantum aurora est”, es decir, “Es apenas la aurora”. Sí, me encantaría ver todos mis sueños realizados aquí y ahora, pero… debo conformarme con la aurora. Sé que somos parte de una historia mayor que la nuestra, y tengo la certeza de que “esto” acabará bien.

2. David María Turoldo, religioso y poeta italiano, decía que “un solo gesto, un solo verso puede hacer grande al universo”. Quien tenga una esperanza que la comparta, por favor. Una frase en Facebook o en Twitter; una llamada de teléfono o un sms; un silencio oportuno; una acogida incondicional…

3. La esperanza no nace del análisis del presente, sino de la convicción de que nuestra historia tiene un sentido. El caso es que esa tozuda convicción ¡acaba cambiando la realidad presente!

Ernesto Morales presidente de la JOC

ERNESTO MORALES, presidente de la JOC

1. La mayor fuente de esperanza me viene de sentirme en proceso, dando pasos concretos en mi vida, y, sobre todo, sentirme parte de un movimiento, de un proyecto que comenzó hace muchos años y que seguirá vivo cuando yo me vaya. Otro aspecto fundamental ha sido mi fe, mi identidad cristiana. Creo que a todos los cristianos y cristianas se nos tiene que notar la esperanza a cada paso. Tenemos la ventaja de contar con la confianza de Dios en que tenemos la fuerza suficiente para transformar la realidad que nos rodea. Nos sabemos queridos y enviados por Él para ayudarle en su tarea de hacer del mundo un lugar cada vez mejor. Vivir esta fe en comunidad y enfocada en el servicio a los demás también ha supuesto una fuente constante de esperanza.

2. Creo que la única manera de transmitir algo es a través de la experiencia y del testimonio. Solo podemos transmitir esperanza desde la esperanza. Es cierto que las cosas están cada vez más difíciles, que cada día cuesta más ver el lado positivo del mundo, sentir que algo puede cambiar, que no todo está ya establecido. En esta situación es cuando más se necesita partir de lo más pequeño, de detalles que pueden pasar desapercibidos pero que van generando otra realidad, otra manera de ver las cosas. Sin embargo, para la gente que más está sufriendo las consecuencias de la crisis, es muy difícil ver más allá. Cuando te quedas sin casa, cuando no llegas a fin de mes, cuando ves que cada vez es más difícil acceder a la sanidad, la educación, la justicia… ¿cómo no desfallecer? En este punto es donde los que tenemos la suerte de poder contar con un trabajo y una vida “normalizada” tenemos que ponernos al lado de los que más están sufriendo, y recordarles que tienen una dignidad como personas que nadie les puede arrebatar; que su situación no es fruto de la casualidad, sino de un sistema injusto, creado para que unos pocos vivan a costa de la inmensa mayoría. Para decirles también que en sus manos y en las nuestras está el intentar cambiar esta situación injusta.

3. En estos momentos en los que todo está tan mal es cuando más unidos y esperanzados tendríamos que estar. Sabemos que las cosas han llegado a un punto en el que es muy difícil avanzar y en el que es del todo imposible (y muy poco recomendable) volver a la situación previa a la crisis. ¿Qué queda entonces? Buscar alternativas, encontrar otras maneras de vivir, poner a la persona y su dignidad en el centro de las estructuras, en lugar del dinero, epicentro de la sociedad actual. Si miramos la sociedad de hoy como una sociedad en construcción en la que todos tenemos algo que decir, la perspectiva cambia. Todo son nuevos caminos y signos de esperanza en que las cosas pueden mejorar y en que podemos vivir sin necesidad de excluir a nadie para conseguirlo.

Francisco José Andrades sacerdote profesor UPSA

FRANCISCO JOSÉ ANDRADES, sacerdote y profesor de la UPSA

1. En primer lugar, en las personas que manifiestan con su actitud y comportamiento la capacidad de salir a flote a pesar de las dificultades; esto es, en el testimonio de personas esperanzadas. Segundo, en los signos positivos de que otro mundo y otro tipo de sociedad son posibles, y otro modelo de hombre se puede proyectar valorando más la interioridad y el deseo de crecimiento personal que la imagen externa y lo superfluo. El encuentro con Dios, la fe vivida y celebrada en comunidad y la lectura creyente de la realidad desde la Palabra de Dios es el tercer pilar. Dios sigue estando presente, ¡y de qué manera!, en medio de la humanidad.

2. Transmitiendo optimismo en el entorno, valorando sobremanera lo que aporta el encuentro personal. Con la acogida y acompañamiento de quien peor lo pasa, con el cariño y la cercanía, dando más importancia a los elementos favorables al hombre que a los que le perjudican.

3. La realidad no pinta bien, sobre todo para los que se encuentran en los márgenes (de todo tipo) de la sociedad. Pero la realidad es posible cambiarla con la implicación de todos, cada uno en su entorno más cercano. La participación ciudadana por construir una sociedad más humana es otra forma de transformar la realidad.

Lourdes Álava religiosa Monasterio Armenteira

H. LOURDES ÁLAVA, religiosa del Monasterio de Armenteira

1. La esperanza la vivo, la siento, la experimento, la comparto, la busco y la encuentro no solo dentro de mí, en la imagen de Dios que soy, sino también en mi historia y en la realidad que vive la humanidad. Todo encierra una semilla de esperanza. Es el don que se me da y que recibo, el fruto de la fe en Jesucristo. Es un dinamismo que me llena de confianza en la humanidad (que también es divina). Una energía vital que me hace crecer en el amor que recibo y que doy, que me ayuda a aprender de mi propia debilidad y de la de los demás.

2. Viviendo con la alegría la vida y acogiendo con sencillez todas sus realidades: trabajos, enfermedades, limitaciones, gozos, penas, deseos, proyectos… Me doy cuenta de que no son las cosas concretas las que me dan o no esperanza, sino el modo en que las percibo y valoro.

3. La esperanza CREA, y crea confianza en lo que somos y en nuestras posibilidades. Descubro que podemos dar, compartir, recibir lo que somos y tenemos con realismo. Si cada uno nos dejamos llevar de este dinamismo, perdiendo los miedos y las falsas seguridades, el Reino de Dios se hace realidad y va creciendo.

1. ¿Dónde buscas tú para conservar la esperanza?
2. ¿Cómo transmitirla en tiempos tan difíciles como estos?
3. ¿Seríamos capaces de mejorar la realidad con una actitud esperanzada y positiva?

José María Rodríguez Olaizola jesuita

JOSÉ MARÍA RODRÍGUEZ OLAIZOLA, SJ

1. Para mí, la esperanza arranca de la gratitud. Me siento un privilegiado, la verdad. Tengo para vivir. Tengo fe, con sus batallas, pero Dios me da sentido, motivos y horizonte. Hay gente que me quiere en la vida. Y luego, mirando alrededor, es verdad que hay muchos problemas, trapicheos y trampas. Pero también hay gente buena, honesta, que solo quiere llevar una vida digna para sí y para los suyos. Eso no está en crisis. Y sería un insensato si no lo reconociera.

2. Yo intento seguir anunciando lo que el Evangelio tiene de buena noticia. En medio de tiempos recios, sigue siendo una palabra de encuentro, de amistad, de compasión, de libertad, justicia y paz. Creo que hoy, más que nunca, el Evangelio es una invitación a confiar en lo mejor del ser humano, que también asoma en esta coyuntura.

3. Bueno, no se puede pedir a la gente que fuerce esperanzas o positividades. Hay de todo, y hay quien está en este momento desesperado. Lo que sí creo es que necesitamos, de veras, honestidad. Para no ponernos todos en el lugar de las víctimas. Y para, más allá de la queja, lanzarnos a buscar caminos, soluciones, propuestas y formas creativas e imaginativas de alumbrar algo diferente.

Raúl Berzosa, obispo de Ciudad Rodrigo

RAÚL BERZOSA, obispo de Ciudad Rodrigo

1. Sin duda, en las personas que aprecio y me transmiten fuerza y alegría de vivir. Y ellas, porque también tienen fe, me llevan a Jesucristo. Y en Él descubro el secreto y el sentido profundo de mi existencia (de dónde vengo) y hacia dónde voy. Y, lo más importante, quién me sustenta en cada momento.

2. No tanto con palabras como con el ejemplo. Estando muy cerca de la gente que duda o se encuentra encerrada en su negatividad. Y, además, con el compromiso. Esto es, dando no solo cosas materiales (incluso de lo que necesitas para vivir), sino sobre todo tu tiempo y tu cariño. Muchas veces lo que esperamos es que alguien nos escuche, aunque no pueda solucionar nuestros problemas, y sentirnos “alguien amado” para otro. ¡Qué hermoso lo cuenta la parábola!: un filósofo daba vueltas sobre el sentido de nuestra existencia. Su niña se columpiaba en el jardín. El papá pregunta: “Margarita, ¿para qué estás en esta vida?”. A lo que responde: “Para quererte mucho, papá”.

3. No podemos negar la realidad. Pero siempre hay motivos para mirar por encima de la hojarasca del bosque. Las crisis nos enseñan a volver a lo esencial, a lo que realmente importa, y a abrirnos a los demás. De las crisis salimos todos juntos o no salimos. En cualquier caso, siempre tenemos que hacer de “pigmaliones”, es decir, ver las cosas lo más positivo que sea posible y apostar en positivo por las personas. Tenemos corazón y razón para no ahogarnos en la negatividad. Sin olvidar, y no son palabras huecas o vacías, que la fe ilumina y otorga creatividad y compromiso.

Pedro Fernández Castelao teólogo

PEDRO FERNÁNDEZ CASTELAO, teólogo

1. En estos tiempos de crisis en los que, principalmente, el paro y las deudas hacen tan difícil la vida de tantos millones de personas, me ayuda pensar en las generaciones que reconstruyeron el país después de la Guerra Civil. Se pasaron penurias, pero con trabajo y esfuerzo se salió adelante. Con todo, mi esperanza está puesta en lo esencial: cualquier situación es buena para percibir en ella la presencia continua y permanente de Dios. Desde ella se comprende que la vida no consiste en conseguir cosas, sino calidad en la vivencia del amor verdadero. Reconozco que es muy distinto hablar de esperanza cuando la vida te sonríe, que cuando las cosas no van como uno quisiera. Ahora bien, en ambas situaciones, lo mejor es aferrarse a lo esencial. A lo verdaderamente esencial.

2. Diferenciar adecuadamente la verdadera felicidad –esa que surge de las relaciones constructivas y de la auténtica integración vital– de aquella otra falsa felicidad que promete nuestro entorno –en las compras compulsivas, en las experiencias excitantes, en el ocio olvidadizo– es capital para que uno pueda estar firmemente enraizado en la vida y no sea arrastrado por la vorágine de los acontecimientos y el crecimiento de la desesperación. Es bueno preguntarse si uno está en cuerpo y alma en aquello en lo que está o, por el contrario, vive distraídamente, como escapando, como si la vida no fuera con él. El test decisivo de nuestra existencia versará sobre la capacidad creativa para amar. Y esto necesita mucha atención, mucho ejercicio, mucho estudio, mucha práctica. Porque para amar bien son necesarias la verdad y la bondad. Centrar la atención vital de nuestros hijos en este ejercicio es la mejor manera de ayudarlos a resistir los duros embates que se avecinan.

3. Ha habido tiempos peores. El año 40 del pasado siglo es recuerdo de hambre y miseria. Hoy, en el mundo hay infinidad de países con una crisis crónica cuyos pueblos a duras penas sobreviven. Con todo, una actitud positiva, así, sin más, sin solidez real, es insuficiente. Desconfío del optimismo ingenuo que no está fundado en la realidad. Tampoco soy pesimista por principio. Creo que lo mejor es ser un realista sensato que no se conforma con lo que hay. Hay que trabajar por el bien con todo el ahínco que sea posible sabiendo que, en último término, por más que queramos, no todo está en nuestras manos. De hecho (y por fortuna para todos), solo Dios es el Señor de la historia.

Lluís Serra secretario general Unión Religiosos Cataluña

LLUÍS SERRA LLANSANA, secretario general de la URC

1. En lo más profundo de mi interior hay una semilla de eternidad que me impulsa a discernir lo pasajero de lo permanente, lo esencial de lo accesorio, la ilusión de la esperanza. Entonces me abro a Dios, acepto mis límites y pongo mi amor y mis talentos, como hizo Jesús, al servicio de los hombres y mujeres, especialmente de los que más sufren.

2. Los discursos vacíos no sirven. Solo son creíbles los testigos, aquellas personas que muestran con su vida y su entrega que tienen unas razones sólidas para comprometerse y actuar, sin supeditarse a los resultados y sin temor al fracaso. Como el buen samaritano, curando las heridas y dando prioridad a las personas.

3. Sin combatir el mal que hay dentro de cada uno de nosotros, no hay mejora colectiva. Sin confiar en los demás y sin amarlos, la esperanza es imposible. Hay que resistir. Hay que desactivar la crispación, los enfrentamientos, la descalificación de los otros… Generar actitudes de diálogo, de escucha, de empatía, de ponerse en la piel de los demás. Demasiado blanco o negro… hay que entrar en la zona de grises.

1. ¿Dónde buscas tú para conservar la esperanza?
2. ¿Cómo transmitirla en tiempos tan difíciles como estos?
3. ¿Seríamos capaces de mejorar la realidad con una actitud esperanzada y positiva?

Junkal Guevara biblista

JUNKAL GUEVARA, biblista

1. Yo rezo, celebro los sacramentos y leo y estudio la Biblia, a diario. Además, leo prensa, revistas y foros, fuentes de noticias, tendencias e ideas. Escucho en comunidad la inquietud de las religiosas por afrontar solidariamente el momento. Aprovecho las conversaciones con amigos, colegas, alumnos, por donde me llegan las experiencias concretas de la gente asomándose a la vida y tirando de ella.

2. Atentos a los intentos de mejora y de cambio: plataformas de reflexión que formulan estilos de vida alternativos, pensadores que postulan el decrecimiento y la sostenibilidad, economistas con ideas. Veo signos de solidaridad: hay más voluntarios; más gente contribuye económicamente con Cáritas; redes familiares más fuertes; se organiza la sociedad civil…

3. Las cosas están bastante mal, pero a mí no me ayudan los “profetas de calamidades”; me ayudan los que me sugieren claves e ideas para seguir apurando la vida, dándola y mejorándola allí donde está más amenazada.

Santos Urías sacerdote

SANTOS URÍAS, sacerdote

1. Yo entiendo que Dios siempre está queriendo decirnos algo con todo lo que sucede. Me ayuda mucho contemplar situaciones cercanas a la luz de la Palabra: releyendo el libro de Job o de Ezequiel. La oración, el silencio, los espacios compartidos, la generosidad que observo, las personas que se cuestionan y plantean sus inquietudes o sus sufrimientos, la búsqueda de la justicia y de la solidaridad. Creo que la esperanza toma carne todos los días y es como las olas del mar: golpea con su fuerza, limpia nuestros miedos y retorna humildemente a la inmensidad del océano.

2. Los tiempos de dificultad son tiempos de humildad. Estamos cansados de discursos vacíos, de “sí pero no”, de pobrezas que no afectan solo ni principalmente a lo material. Los pequeños gestos, la escucha, cambiar el lenguaje tantas veces instalado en la queja, el acompañar a las personas, a las familias. Creo que es como el rocío, va empapando de luz la mirada y permite observar la realidad con otros ojos. Eso es contagioso.

3. Hablaba con alguien cercano de que quizás algunos de nosotros estamos vacunados. Haber trabajado casi siempre cerca de los márgenes y con las personas más vulnerables o excluidas creo que te permite tener otra perspectiva de la crisis. Yo observo a algunos amigos que son más resistentes, que tienen más recursos ante las adversidades porque han aprendido a manejarse en esa adversidad. Me decía hace poco un chaval al que conozco muy bien: “No me da miedo la crisis, me doy miedo yo”. Por supuesto que el pesimismo es contagioso y, como decía antes, esto se percibe incluso en el lenguaje. Pero también la esperanza es contagiosa, y yo diría que de forma más virulenta. Cuando miro alrededor, veo a una anciana que visita todos los domingos a su vecina de mediana edad, enferma terminal, porque su hija está desaparecida y su hijo está en prisión. Veo a una familia que amplía las paredes de su casa a golpe de corazón para que quepan más y no se sientan solos ni abandonados. Observo al vendedor ambulante que me invita a un café y a bendecir su nueva casa porque ha aprendido a vivir con lo necesario y a buscarse la vida por cada rincón. Tiendo a ser optimista y creo que este tiempo nos va a ayudar a valorar algo que está en la raíz del misterio de nuestra fe: la gratuidad. Sufrimos dolores de parto, pero algo grande está por venir y, quizás, ya viene por la esquina de la calle, caminando despacito.

Manuel María Bru sacerdote y periodista

MANUEL MARÍA BRU, sacerdote y periodista

1. Parecerá respuesta predeterminada, por ser de catecismo, pero está probada por la experiencia. Es la fe la que me hace conservar la esperanza. Aunque condicionada por las circunstancias del presente y por las heridas, nunca del todo cerradas, del pasado, saber que Dios me ama y nos ama inmensamente me devuelve siempre a la esperanza, incluso a una luminosa esperanza.

2. Hay un camino. En palabras de Chiara Lubich, consiste en “hacerse uno”, en “vivir el otro”, hasta el fondo. Es una de ley de la naturaleza que no falla: si te entristeces con el triste, le ayudas a recobrar la alegría. Parece ilógico, pero es de una lógica aplastante: el amor siempre lleva a la esperanza.

3. Siempre hay razones para la esperanza y modos para contagiarla. Como todas las crisis a lo largo de la historia (de la humanidad y de cada hombre), la presente también es providencial. Nos zarandea, nos descoloca, nos remueve, es decir, nos resitúa, nos fuerza a ser más, a responder, a reaccionar.

Martín Gelabert, dominico

MARTÍN GELABERT, OP

1. La esperanza cristiana se apoya sobre un poder, el poder de un Dios que nos ama. La mía, además de apoyarse en Dios, encuentra estímulo en personas conocidas que, en medio de dificultades, mantienen la serenidad, rezan y ayudan a los demás.

2. La situación vital condiciona la esperanza. No esperan igual los que tienen trabajo que los que no lo tienen. Cuando me encuentro con personas en situación difícil, procuro acercarme a ellas, interesarme por su situación, tratar de comprender, compartir su indignación y ayudarles en la medida en que puedo. La esperanza nace cuando viene el amor.

3. Las cosas, para algunos, están mal. Como Iglesia que somos, debemos buscar gestos y palabras positivas, que denoten cercanía y comprensión. Hay que dejar de lado críticas, discursos negativos, recetas espirituales alejadas de la realidad. Para contagiar esperanza hace falta que las personas se convenzan de que viene el amor. Los cristianos debemos ser sus portadores y sus portavoces.

1. ¿Dónde buscas tú para conservar la esperanza?
2. ¿Cómo transmitirla en tiempos tan difíciles como estos?
3. ¿Seríamos capaces de mejorar la realidad con una actitud esperanzada y positiva?

Xabier Gómez dominico

XABIER GÓMEZ, OP

1. Donde lo busca la Orden de Predicadores: en la Palabra de Dios leída con la Iglesia. Volviendo al Evangelio una y otra vez en busca de la Verdad. Tengo plena confianza en las consecuencias positivas y contemporáneas de la Encarnación; ello me proporciona un modo de reconocer, incluso donde aparece velado, todo lo bueno, verdadero y bello que Dios deposita en su creación y en sus hijos. Las personas buenas me enseñan cómo afrontar las decepciones y recrear la esperanza.

2. Centrándonos en lo que sí podemos hacer, buscando juntos cómo hacerlo, en lugar de malgastar energías en lamentaciones. Levantándonos de cada caída cuanto sea necesario y colaborando con el abatido para que desde sus capacidades se levante por sí mismo. En la sociedad y en cada persona hay dificultades, pero también fortalezas y alternativas insospechadas que nos despiertan al compromiso y la superación. Muchas veces, la fe en Dios hace posible lo que parece imposible.

3. Mucha gente espera señales, referentes morales que despierten su esperanza de un cambio a mejor. Necesitamos esos referentes. Pero también descubrir que tenemos a nuestro alcance los elementos necesarios para que se produzcan cambios positivos a nivel personal o social. Se trata de reconocerlos y ponerlos en marcha. Quien se toma esto en serio, comienza por cambiarse a sí mismo para aportar algo auténtico a los otros. Cuando la Iglesia refleja el modo de mirar el mundo de Jesús, de relacionarse con la gente como Jesús y de actuar desde la gratuidad como Jesús, está ofreciendo con elocuencia motivos para seguir esperando.

Soledad Suárez presidenta Manos Unidas

SOLEDAD SUÁREZ, presidenta de Manos Unidas

1. La esperanza es la virtud más alegre y bonita que tenemos; a mí me nace de sentirme profundamente amada por Dios, lo que me lleva a pensar que siempre está detrás de mí, que hay algo superior que no controlo en donde me puedo abandonar.

2. Al trabajar en Manos Unidas, tenemos ocasión de conocer y estar en contacto con muchos misioneros, que nos dan un permanente testimonio de esperanza. Es esa esperanza la que les hace estar convencidos de que es posible modificar tanta situación de injusticia y les mueve a vivir como viven y a trabajar como trabajan. Ellos saben que hay capacidad para que muchas personas puedan disfrutar de unas condiciones de vida que les permitan desarrollarse íntegramente. Ese contacto me ayuda a conservar la esperanza.

3. Aun en tiempos de dificultad, cuando pienso en lo difícil que es todo, me acuerdo de ellos, de esos misioneros, y de lo claro que tienen lo que importa de verdad, por lo que hay que luchar. Muchas veces nos creamos nosotros mismos las dificultades porque ponemos nuestro interés en cosas intrascendentes, que quizá podríamos conseguir, pero que no nos proporcionarían felicidad. Por eso yo intento transmitir lo que importa, que el amor por los demás no está en crisis, que si todos trabajamos por mejorar las vidas de las personas que nos rodean, estamos animándolos para que afronten la realidad y disfruten de aquello que tenemos en cada momento.

Vicente Vide decano de la Facultad de Teología de Deusto

VICENTE VIDE, decano de la Facultad de Teología de Deusto

1. Me apoyo en los cuatro lugares de la esperanza que señala Benedicto XVI en Spe salvi: la oración; la acción y solidaridad con los que sufren; la vida eterna con la promesa de que el asesino no tendrá la última palabra; y las personas-esperanza: hombres y mujeres que animan a los demás.

2. Con gestos y palabras hacia quienes están más hechos polvo por los golpes de la crisis, con la atención psicológica y espiritual, viviendo actitudes de austeridad, de solidaridad: alimentos, viviendas, iniciativas solidarias, denuncias del sistema económico dominante, etc.

3. Lo malo del mal es que tiene mala solución si focalizamos la atención únicamente en lamentarnos, dejándonos arrastrar por la espiral paralizante del derrotismo. Jesucristo cambia nuestra mirada y nuestro corazón, nos ayuda a pasar del corazón fratricida al corazón que ve, a compartir, a prescindir de necesidades superfluas, a valorar el pan de cada día, el medio ambiente y a desarrollar propuestas de consumo cuidado y solidario.

En el nº 2.828 de Vida Nueva.

 

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Actualizado
14/12/2012
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