Arroyo y su “pastiche” del Cordero Místico de Gante

políptico Cordero Místico de Eduardo Arroyo

El pintor expone en el Prado su versión de la gran obra de los hermanos Van Eyck

políptico Cordero Místico de Eduardo Arroyo

La obra reinterpretada de Eduardo Arroyo

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | Era la tercera vez que Eduardo Arroyo (Madrid, 1937) visitaba en la catedral de San Bavón, en Gante, la obra maestra de los hermanos Hubert y Jan van Eyck, El retablo de la adoración del Cordero Místico, pintado entre 1426 y 1432. Y uno de los iconos del arte sacro gótico, del arte occidental sin más.

“Fui a una boda –explica–. Lo había visto antes un par de veces, pero no me dijo mucho. Esta vez sí me produjo una enorme curiosidad. Me intrigó, me obsesionó y me acerqué a él con intensidad y con cierta violencia”.

Arroyo había acabado de pintar 91 y 97 láminas para ilustrar respectivamente los dos volúmenes de la Biblia del Oso, de la edición con la que Galaxia-Gutenberg conmemoraba el 450º aniversario de la traducción de Casiodoro de la Reina desde el hebreo y el griego del Pentateuco: Génesis, Éxodo, Números, Levítico y Deuteronomio. Es decir, la creación del mundo, la expulsión del hombre del paraíso y el peregrinar del pueblo de Israel hasta alcanzar la tierra prometida.

“Es verdad que mi ateísmo había hecho, por ejemplo, que no me hubiera acercado a la Biblia antes. Y fue un gran error por mi parte. Lo confieso. Leer la Biblia me dio, ante todo, conocimiento. Me impactó mucho, ante todo, su literatura magnífica, llena de poesía y de gran modernidad, sobre todo en la manera de abordar los temas que toca, que son de una gran actualidad”.políptico Cordero Místico de Eduardo Arroyo

Esa experiencia continuó con su reinterpretación del llamado “políptico” de Gante. El retablo plegable, de 24 lienzos al oleo, con el que Hubert van Eyck –y que a su muerte finalizó Jan– escenificó la salvación del hombre a partir del Apocalipsis de San Juan (7,9) y, sobre todo, mostró su visión del mundo.

José Manuel Matilla, jefe del Departamento de Dibujos y Estampas del Museo Nacional del Prado, explica la genialidad de la obra de los Van Eyck.

“Su perfección pictórica radica en el indudable dominio del pincel y del óleo para representar, con extraordinaria precisión, los protagonistas y los símbolos de una religión que era consciente del valor de las obras de arte como medio para difundir sus principios. Mirar estas tablas implicaba ‘leer y comprender’ un discurso de marcado carácter simbólico, cuyos paneles conformaban un sistema ordenado y jerárquico, en el que cada figura o grupo de figuras ocupaban un espacio determinado que solo adquiría significación al verse en conjunto”.

Para el propio Arroyo, semejante despliegue icónico supone, además, “el triunfo de la espiritualidad”. Por eso admite: “Cuando tocas problemas de índole espiritual, aunque tú no seas creyente, como es mi caso, no puedes quedarte indiferente. Al verlo en Gante comprendí que uno no puede permanecer pasivo, y de ahí surgió la idea de hacer algo, sin saber muy bien adónde iba”.

Obsesión

Esa mirada, esa actualización, esa interpretación del “políptico” de Gante, ahora expuesta en el Museo del Prado, la ejecutó Eduardo Arroyo entre 2008 y 2009 “al filo de la obsesión”. Un total de 21 dibujos a grafito y sobre papel vegetal que recrean los paneles originales y otros 30 dibujos preparatorios que estarán expuestos hasta el 30 de septiembre frente a La fuente de la gracia, obra de la colección permanente de la pinacoteca, atribuida a la Escuela de Van Eyck, que también recrea el Cordero Místico de Gante.

políptico Cordero Místico de la catedral de Gante, de los hermanos Van Eyck

La obra original de los hermanos Van Eyck

“Mi obra es respetuosa. No hay burla, ni provocación, ni sacrilegio”, aclara Arroyo. “Al igual que los Van Eyck en su época, yo también he querido hablar del mundo que nos ha tocado vivir”, explica el pintor, que ha transmutado los personajes del Cordero Místico de Gante en protagonistas contemporáneos del siglo XX y en guiños a recurrentes temas pictóricos. Un “pastiche”, como lo ha definido el propio autor, que recuerda al original, al mismo tiempo que aporta un nuevo significado.

La descripción la hace el propio José Manuel Matilla: “Adán y Eva se visten como los hombres y mujeres de nuestros días, sujetándose la cartera para que no se la roben; los coros angélicos se transforman en chicas de coro, en golden girls; la Virgen y san Juan leen a Joyce y a Stendhal; Caín mata a Abel con un revolver; el escenario flamenco se traslada a la Puerta de Alcalá y a la Plaza de Castilla de Madrid; los mecenas Judocus Vijd y su mujer Lysbette Borluut se convierten en Ciudadano Kane y Peggy Guggenheim; los santos juanes se convierten en Van Gogh y Wilde; y los jueces y caballeros que se dirigen a adorar al Cordero se modernizan transformándose en dictadores, mientras que los eremitas y peregrinos se metamorfosean en exiliados y viajeros”, como Freud, Einstein o Walter Benjamin.

“No ha sido un encargo del Prado –explica Arroyo–. Es un encargo a mí mismo. Es un ejercicio desesperado por tratar de avanzar en la dura conquista cotidiana del lenguaje pictórico. Es una reinterpretación del siglo XX, un fresco de la época que he vivido. Hay un homenaje a dos víctimas de la cultura: Van Gogh, que se pegó un tiro, por desesperación, miseria, pero sobre todo porque se halla en un impás pictórico, y Oscar Wilde, al que meten en la cárcel por su independencia, originalidad y problemas afectivos. La Virgen está leyendo a un formidable escritor católico irlandés, que ha marcado el siglo XX, el Ulises de Joyce. Y, repito, no hay burla ni provocación en esta obra”.

En el centro del políptico, sin embargo, Arroyo ha sustituido el Cordero Místico como salvación y fuente de vida por moscas, el símbolo fetiche que campa en toda su trayectoria y que, en esta revisión del Cordero Místico, ocupa estratégicamente una posición entre los dictadores –Mussolini, Franco, Pinochet, Stalin, Fidel Castro– y sus víctimas. ¿Por qué? “Es una tapicería sistemática, una bandera blasonada de moscas ordenadas como aviones Stukas en reposo tras horas de caza. Se trata de mostrar también lo inmostrable”.

Eduardo Arroyo con su políptico Cordero Místico

Eduardo Arroyo

Matilla va un poco más allá: “Arroyo es consciente de la trascendencia de este cambio. Suprimir el Cordero y su exaltación supone modificar el mensaje de la obra. Pero también supone aportar una de sus señas de identidad. La mosca como marca, como firma del autor. Pero en el origen de este cambio está la renuncia a la titánica tarea de redibujar el largo centenar de figuras que invaden este panel. Y la inteligencia del pintor radica en el ingenio para no copiar miméticamente”.

Matilla cita el Apocalipsis para recordar que las moscas son “incontables y por tanto invencibles”, pero acude a la propia obra de Arroyo para hablar de sus significados: podredumbre, inmoralidad, muerte y un juicio crítico sobre la sociedad española.

jcrodriguez@vidanueva.es

En el nº 2.812 de Vida Nueva.

Actualizado
03/08/2012
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