Teodora Corral: “En África se vive sin envoltorios”

Teodora Corral, misionera religiosa

Misionera religiosa

Teodora Corral, misionera religiosa

VICENTE L. GARCÍA | La vitoriana Teodora Corral, carmelita de la Caridad Vedruna, lleva los últimos 19 años repartidos en distintos países de África (Gabón, Togo, República Democrática del Congo y Guinea Ecuatorial). Desde pequeña, tuvo inquietud por este continente.

Más tarde, su ingreso en la orden lo “condicionó” a la posibilidad de ir a África, pero fue su contacto con el mundo de la soledad, por su trabajo en un psiquiátrico, el que marcó definitivamente su opción “por los que están en las orillas del camino”.

Un claro ejemplo de la labor realizada a lo largo de estas dos décadas es el que realizó en Gabón, donde trabajó en la asistencia a menores que eran secuestrados para el servicio doméstico y la explotación sexual: “Teníamos una casa de acogida para niñas, que venían cuando lograban escaparse o las embajadas nos las traían. Desde la casa hacíamos gestiones para repatriarlas si era posible y, si no, para que se integraran lejos de las mafias y la esclavitud”.

Teo, como todos la conocen, comparte la opinión de que África “engancha”; pero matiza: “No engancha la miseria, la indignidad, la suciedad, la falta de medios y cultura… Es su modo de vivir, más desprendido, natural, intenso, auténtico y sin envoltorios; ese sí que engancha”. Aunque claro, en África “se vive mucho… y se muere mucho”.

Respecto a si África es una reserva espiritual, opina que “sí, pero con comillas. Es un pueblo intrínsecamente religioso, donde el mundo de los espíritus y lo religioso está muy presente, pero desde un planteamiento puramente sociológico. No es una fe interiorizada, sino una religiosidad ritualista y poco espiritual”.

Una indefinición que ha sido un perfecto caldo de cultivo para el asentamiento de numerosas sectas, que comparten espacio junto a las Iglesias cristianas y el islam. Precisamente, ella ha tenido mucho contacto con sus pastores para recuperar a muchos de los niños de la calle, que eran captados cuando, “por su situación de indigencia, eran diagnosticados como endemoniados”, siendo las sectas las que les atendían para su “sanación”.

Estas experiencias con la parte más animista y esotérica de la religiosidad africana han sido metabolizadas por Teo desde su experiencia con una familia de Gabón para conocer la lengua fang. Una experiencia que duró dos meses y que también le valió para conocer la selva: “Esta te lleva al misterio e incluso al miedo. Todos los días iba con la mamá y los niños a coger la comida a la selva y regresábamos a la casa para continuar la vida en torno al fuego. Allí entendí la estrecha unión entre la vida y la naturaleza, y experimenté lo de la transmisión oral de la vida y las tradiciones en torno al fuego”.

Doble denuncia

Para hablar de los impedimentos que lastran África, plantea una doble denuncia: “Si tengo que hablar desde aquí, he de apelar a la explotación que los países ricos hacemos de los pobres; pero, si he de hablar desde allí, he de denunciar la permisibilidad y el egoísmo de unos pocos, africanos, que han permitido esa explotación por parte de potencias extranjeras”.

Teo reconoce la labor de la Iglesia africana, cuyos miembros “han sabido permanecer y seguir con su labor hasta dar la vida”. Pero también hay aspectos menos loables. Uno de ellos es la construcción de una basílica por parte de Teodoro Obiang en su pueblo, Mongomo, con mármol italiano, bancos de maderas nobles y un centro de espiritualidad con aire acondicionado en cada habitación. “Lo cuestionable no es tanto la obra, sino que la Iglesia la acepte”.

Para la religiosa, el rostro de Dios desde su experiencia africana ha ido adquiriendo nuevos matices. Sobre todo, ha vivido momentos que le permiten afirmar con rotundidad que “Dios da fuerzas cuando más lo necesitas. La fuerza de la vida es Dios”.

EN ESENCIA

Un libro: Esperando a Godó.

Una canción: Yolanda, de Pablo Milanés.

Un deporte: la montaña.

Un lugar en el mundo: Villahizán (Burgos), el pueblo de mis padres.

Un valor: la libertad.

La última alegría: conocer la Iglesia de base que hay en Vitoria.

La mayor tristeza: la situación de África.

Un recuerdo de la infancia: jugar a la goma en el patio del colegio.

Que me recuerden porque… me encantaba vivir.

En el nº 2.801 de Vida Nueva.

Actualizado
22/05/2012
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