Ibrahim Sabbagh: “Cristo nos invita a pensar en el bien común del pueblo”

Ibrahim-Sabbagh, franciscano, párroco en Jericó

Párroco de la iglesia del Buen Pastor en Jericó

Ibrahim-Sabbagh, franciscano, párroco en Jericó

Texto y fotos: MARIA NIEVES LEÓN | La visita a Jericó, la ciudad más antigua del mundo, guarda una sorpresa muy especial. Allí donde la población cristiana solo alcanza hoy el 1% de un total de 370.000 habitantes, se levanta la iglesia del Buen Pastor, de los franciscanos. Fr. Ibrahim Sabbagh, sirio de nacimiento, nos abre las puertas.

Junto a la parroquia, vemos un edificio escolar importante. Ibrahim nos cuenta los orígenes de la misión: “Cuando, en 1925, se establecieron los Hermanos Menores de una manera estable, se preguntaron cómo podrían ser ‘luz del mundo y sal de la tierra’. Y concluyeron que era importante dedicarse a la educación”.

Así nació, junto a la iglesia, una pequeña escuela con 100 alumnos. Hoy son 470, de los que solo el 6,2% son cristianos, siendo el resto musulmanes.

Frente al resto de escuelas de la región (22 públicas y una privada), ofrece el mejor nivel en formación científica, humana y espiritual.

Pese a todo, no lo tienen fácil: “Nuestra escuela y otra regida por franciscanas son las únicas cristianas. La Autoridad Nacional Palestina no nos apoya económicamente. Debido a la precariedad económica de la mayoría de la población, no podemos pedir demasiado a los padres. Lo que recibimos apenas cubre un 25% de los salarios de los profesores, de los gastos de actividades y la comida. El resto se cubre con la ayuda de la Custodia y las limosnas de los peregrinos. La Providencia”.

Pero no se arredran ante los problemas: “Somos una comunidad muy pequeña… compuesta por dos hermanos. Yo soy el único sacerdote, además de el párroco, el superior del convento y el director de la escuela. El otro hermano es una gran ayuda en las tareas. Nosotros no podemos pensar solo en ‘nuestra gente’, quiero decir, en los cristianos. El amor de Cristo nos empuja fuera de nosotros mismos. Nos invita a pensar en el bien común de todo el pueblo”.

Puestos en acción, de la colaboración entre el párroco anterior y un sacerdote italiano, la Comisión de Alcaldes Italianos se ofreció a construir un centro para discapacitados, el único que hay en Jericó. Algo parecido ha sucedido, a iniciativa de los franciscanos, con la biblioteca pública de Jericó, la única que hay. Así es como trabajan por el bien común.Ibrahim-Sabbagh, franciscano, párroco en Jericó

En cuanto a la atención a los cristianos, se ocupan también de su asistencia material: “Intentamos ayudar a las familias que malviven con ingresos mínimos o un número elevado de niños, así como a los ancianos que no tienen ningún tipo de pensión o asistencia médica, y ofrecemos becas para universitarios”.

Respeto mutuo

¿Y cómo son las relaciones con los musulmanes? “En la mayor parte de los casos, hay una atmósfera de mutuo respeto. Durante las fiestas, tanto cristianas como musulmanas, y las que son de carácter nacional, nos intercambiamos felicitaciones con la presencia de todos los responsables civiles y militares. A nivel del pueblo, el ambiente de Jericó es especial y único. En los funerales, todo el mundo acude a expresar sus condolencias”.

Aunque, advierte, últimamente también se observa “un fundamentalismo musulmán creciente en algunas partes, a causa del conflicto palestino-israelí”.

Ibrahim se siente muy honrado de servir al Señor a través de la gente y en Tierra Santa: “El testimonio más vivo en esta ciudad evangélica es la presencia de los cristianos, verdaderas piedras vivas, a pesar de su difícil situación. Ellos son el mejor alegato de que Jesús ha pasado y nos ha dejado, no solo tantos recuerdos y huellas, sino también tantos seguidores. La vida misma de los cristianos es una confirmación de la Resurrección y, sobre todo, de que Zaqueo no fue el único en experimentar la curación espiritual, ni tampoco el ciego fue el único en experimentar la curación material”.

EN ESENCIA

Una película: El señor de los anillos.

Un libro: la Biblia.

Una canción: cualquiera en árabe.

Un rincón del mundo: Jerusalén.

Un recuerdo de la infancia: el parvulario.

Una aspiración: ser santo.

Una persona: mi madre.

La última alegría: la salvación de las almas.

La mayor tristeza: el mal en la Iglesia.

Un sueño: casas para jóvenes en Jericó.

Un regalo: la cruz.

En el nº 2.794 de Vida Nueva.

Actualizado
23/03/2012
Compartir