Ratzinger-Lefebvre: un pulso frustrado

JUAN RUBIO | “He transmitido lo que recibí” (Tradidi quod et accepi) dice una escueta inscripción en la tumba de monseñor Lefebvre, en el seminario suizo de Ecône, en donde fue enterrado el día de la Encarnación de 1991. En Roma, en las oficinas de la Congregación para la Doctrina de la Fe, probablemente el cardenal perfecto Joseph Ratzinger elevara una oración por su alma. Había hecho todo lo posible, sin resultado, para restablecer la comunión con  el obispo rebelde.

En su escudo cardenalicio, una frase: Cooperatores Veritatis. Ambos tuvieron tiempo de hablar, pero sin llegar a acuerdos. Cada uno tenía un concepto distinto de la Tradición y de la Verdad. Fue como un diálogo de sordos, sostenido durante casi una década, aunque sin claros avances. Ratzinger, sin embargo, no tiró la toalla. Pasado el tiempo, renovó el esfuerzo para acoger a los seguidores del prelado díscolo.

Ya no en calidad de prefecto de Doctrina de la Fe, sino de sucesor de Pedro, que ha de “confirmar en la fe a sus hermanos” y ayudar a volver al redil a los extraviados. Conocía bien a los interlocutores y los pasos dados actualmente no se entienden sin conocer el pulso frustrado entre el cardenal responsable del depósito de la fe y el arzobispo que consideraba que quien había incurrido en un cisma era la Iglesia durante los pontificados de Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. No era fácil la tarea.

Las relaciones entre ambos comenzaron el 21 de julio de 1982, cuando, el papa Juan Pablo II, que quiso hacer un guiño, pidió al cardenal Ratzinger que se reuniera con Lefebvre. Ratzinger creía que se podía llegar a un acuerdo, pues no se trataba de un cisma en el pleno sentido de la palabra. No todo estaba perdido. Había que hablar de un fondo teológico, pero encontró dureza en la postura del arzobispo.

En noviembre de 1985, tres años más tarde, vuelven a reunirse. Lefebvre, en rueda de prensa posterior, comete la indiscreción de comentar algunas de las opiniones expresadas por el cardenal prefecto en el sentido de que no veía mal que prosiguieran con la Misa según el Rito de san Pío V. Dijo también que, hablando sobre el libro Informe sobre la Fe, del propio Ratzinger, el mismo cardenal le había indicado que las causas de la crisis que se relatan en dicho informe no son otras que algunas malas interpretaciones del Concilio y declara que se negó a poner su firma en el documento presentado para que aceptaran los textos conciliares.

El Vaticano dilata los encuentros. Será en 1987 cuando, ante la amenaza de consagrar a cuatro obispos, Ratzinger convoque de nuevo al arzobispo rebelde. Y nueva indiscreción de Lefebvre. Ahora cuenta que Ratzinger le ha prometido la creación de una prelatura personal para la Fraternidad si aceptaba el Concilio. Ante el malestar del Vaticano, ambos se comprometen a no hacer comunicados. Eso no impide que Lefebvre continué acusando al Papa de “Anticristo”, arreciando las críticas con más virulencia tras el Encuentro Interreligioso de Asís.

Fue entonces cuando el arzobispo rebelde declaró que la sede de Pedro “estaba vacante” desde entonces. Pese a todo, Ratzinger concede nuevas prebendas para llamarlos al redil: les permite que continúe abierto su Seminario, que sigan celebrando la misa según el rito tridentino y que pondrían a un cardenal visitador para conocer de cerca la Fraternidad. El elegido fue el cardenal Gagnon. Incluso Lefebvre escribía al Papa diciéndole estar dispuesto a firmar la aceptación del Concilio.

Albricias en Roma. L’Osservatore Romano titulaba: Pacta fatta. La alegría duró poco. A los pocos días, el arzobispo se retractaba y anunciaba que consagraría, contra la voluntad del Vaticano, a cuatro obispos a los que había pedido que aceptaran, puesto que “en la sede de Pedro se ha sentado el Anticristo”. Ratzinger escribe el 29 de junio instándole a desistir de este acto e informándole de que caería en excomunión latae sententiae. Lefebvre hace oídos sordos y el 30 de junio procede a la consagración, quedando los cinco excomulgados. Se había consumado el cisma.

Juan Pablo II publicaba el 2 de julio su carta Ecclesia Dei, confirmando la excomunión canónica, pero dejando la vía abierta a quienes quisieran abandonar la Fraternidad, como de hecho hicieron algunos, como los benedictinos de Barroux, a los que el Vaticano puso puente de oro, con exenciones que a muchos extrañaron.

Desde entonces y hasta la muerte de Lefebvre, se sucedieron las declaraciones; muchas de ellas daban idea de una deficiencia senil clara. Roma prefirió callar y esperar. En 2005, Benedicto XVI volvió a abrir la carpeta y reabrir el caso, con nuevos interlocutores.

En el nº 2.769 de Vida Nueva.

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Actualizado
23/09/2011
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