Use Lahoz: “He tenido la intención de homenajear a la buena gente”

El novelista catalán publica ‘La estación perdida’

(Juan Carlos Rodríguez) Use Lahoz (Barcelona, 1976) irrumpió en el escaparate literario hace dos años con Los Baldrich, una novela que retrataba la burguesía catalana de la segunda mitad del siglo XX y que le supuso un reconocimiento unánime. Ahora, con La estación perdida (Alfaguara) acerca al lector a otro capítulo de ese mismo período histórico: la emigración del campo a la ciudad. Y lo hace con una obra que tiene mucho de novela de formación y novela picaresca, pero que, ante todo, es una novela de amor. “Yo creo que el gran tema de la novela es el amor. Aquí están el amor entre una pareja, entre madres e hijos, entre hermanos, entre tío y sobrinos… Creo en el amor como algo substancial en la vida, y estos personajes no pueden tener dinero, pero tienen capacidad de amar, y eso les mantiene vivos”.

Más allá de la epopeya poco afortunada y el carácter incorregible de su protagonista, Santiago Lanzac, la novela se lee como Los Baldrich, como otro gran retrato de la segunda mitad del siglo XX. ¿Por qué esa fijación con este período?

Yo no lo llamaría fijación, lo que ocurre es que para construir esta historia de amor creí que era importante arrancar la historia en unos pueblos rurales de la posguerra, para que los protagonistas se enfrentaran a los descubrimientos con una mirada limpia y nueva, con ingenuidad, inocencia y fascinación. Por supuesto que existe la intención de hacer un fresco de la sociedad de la segunda mitad del siglo XX, en clave de comedia humana, con muchos personajes secundarios, de distintas clases y condiciones, cuyas acciones y aventuras funden lo trágico y lo cómico.

¿Y ese salto de la burguesía catalana de Los Baldrich hasta los agricultores aragoneses y la emigración de La estación perdida?

Es un cambio en el punto de partida de la historia. Las dos novelas son complementarias en muchos sentidos y se dan la mano compartiendo escenografías y sorpresas y el predominio de los sentimientos. Mucha gente se vio obligada a emigrar de sus pueblos en los 60 en busca de un futuro, de algo distinto que implicara prosperar… No obstante, a pesar de la diferencia de orígenes, vuelven a ser personajes en busca de la felicidad al precio que sea.

Es también una novela construida sobre muchas dualidades. Por ejemplo, la de soñadores/conformistas… muy presente.

Es cierto que existe esa dualidad. Al respecto de ese “conformismo” extremadamente humilde, la novela tiene la intención de homenajear a la buena gente, esa que definía muy bien Antonio Machado. Santiago y Candela, los portagonistas, nunca exigirán nada a nadie;  donde hay vino beben vino, donde no hay vino, agua fresca… Santiago sueña, para él es más fértil la fantasía que la realidad, pero acepta también su condición y jamás se atrevería a exigir nada… Es un poco rebelde imaginario, hecho de carne y sueños.

El fin de la inocencia

¿Por qué quiso narrar esta visión del siglo XX de los perdedores en torno a un “loco” como Santiago?

Seguramente porque no recuerdo antecedentes de ningún personaje como Santiago, con esa “particularidad” mental y esa fragilidad en la personalidad… Es un personaje creado a partir de una frase de Albert Camus que siempre me acompaña y que, bajo mi humilde opinión, describe muy bien la infancia. “El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento”. Las circunstancias de la vida hacen que la luminosidad de la infancia de Santiago se vea oscurecida, pero jamás hará daño conscientemente ni será un resentido. Es también una novela sobre el fin de la inocencia. Su mala cabeza, la búsqueda de la identidad, la sociedad… irán moldeando la personalidad de un hombre sin atributos, zarandeado, que intenta ser otro mientras se busca a sí mismo.

El dinero tiene una presencia permanente en la novela desde esa frase habitual en Valdecádiar: “No es más rico quien más tiene, sino el que menos necesita”.

El lenguaje popular me encanta y esa frase es cierta. Aquí lo que importan son las pequeñas cosas; como no hay de nada, tenemos para todos… Me gustan mis personajes porque dan un valor al dinero muy distinto al de Jenaro Baldrich, el patriarca emprendedor capaz de cualquier cosa por llevar a lo más alto su proyecto industrial de mi anterior novela. Las ambiciones de Candela y Santiago son muy distintas: se conforman con tener qué dar de comer a su hijo.

Como el dinero, el viaje es también sinónimo de supervivencia y, también, tiene mucho de ensoñación. Cada viaje de Lanzac es una vida nueva…

El viaje proporciona descubrimientos, y eso siempre es reconfortante. Santiago viaja en la novela unas veces por amor, otras por obligación, otras resignado y otras soñando… La capacidad de ensueño de Santiago es desmesurada, pero está en su derecho, se justifica su comportamiento porque las mentiras, la traición, la mala suerte se confabulan contra él y han puesto de su parte para hacerle el camino más difícil. Ante ese panorama, solo el amor puede salvarle.

¿El amor de Candela… y el de Delfina?

Candela es el faro. No hay duda. Es el personaje de mi vida. Me pasaré la vida queriendo ser como ella. Pura entrega, energía, vitalidad, con capacidad de amar y escuchar y sin rastro de maldad, pues no la conoce. Es una mujer que proviene del campo, trabajadora prematura, que, con su ingenuidad, se enamora. Hay implícito en ese personaje un reconocimiento a muchas mujeres trabajadoras que sacaron adelante a sus hijos sin apenas visibilidad para poder darles las oportunidades que ellas no pudieron tener. El caso de Delfina es distinto: es la madre que sufre por su hijo hasta el extremo. Tiene sus motivos para sufrir; también para acusarse. Es un personaje que resulta entrañable.

Buscarse la vida

Otro tema que cruza la novela es una indudable conexión de la vida de Santiago con El Lazarillo o El buscón. ¿Lo pensó así?

No es intencionado; al menos yo no era consciente. Mi intención era escribir una historia de amor y aventuras lo más fascinante posible y con personajes que queden en la memoria del lector, de esos que cuando acabas la novela los echas de menos. Pero sí es cierto que al final, inconscientemente, he descubierto que hay varias novelas en una: de amor, de formación, de aventuras, picaresca… y, en ese sentido, sí que puede enmarcarse en esa tradición de El Lazarillo, una obra deslumbrante, y El buscón, esos personajes humildes que se buscan la vida como pueden.

Tras Los Baldrich, esta novela ha sido la confirmación de que usted apuesta por la recuperación de la gran narrativa del siglo XX, y permítame la comparación, a lo Marsé. Lo cual no encaja, precisamente, con su generación.

Apuesto por contar de la mejor manera posible, y desde la humildad, una buena historia, con sus sorpresas, sus conflictos, su trama… como han hecho los escritores que me han fascinado y me han descubierto la ficción como un espacio más poderoso que la realidad, entre los cuales está Juan Marsé. No obstante, cada escritor apuesta por su manera de narrar, y todas las formas son válidas. Lo importante es la literatura, ese espacio mágico que nos transmite de forma inigualable una experiencia de la vida.

Con dos novelas de cierta repercusión, ¿dónde está el reto a partir de ahora de Use Lahoz?

Por lo pronto, disfrutar y compartir lo bueno que pueda traer esta nueva novela y, después,  terminar la siguiente de la mejor manera posible para seguir aprendiendo.

En el nº 2.743 de Vida Nueva

Actualizado
24/02/2011
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