Editorial

Unidad y caridad: un reto para la fidelidad

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Publicado en el nº 2.738 de Vida Nueva (del 22 al 28 de enero de 2011)

Un año más se celebra la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que se clausura en la festividad de la conversión de san Pablo, el 25 de enero. El lema elegido para este año, Unidos en la enseñanza de los apóstoles, ha sido tomado del ideal de comunión eclesial de la Iglesia madre de Jerusalén. Para la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales, este lema “nos obliga a detenernos en los elementos que articulan esta unidad eclesial de la Iglesia universal como Iglesia madre: la fidelidad a la enseñanza apostólica, la comunión existente entre los miembros de la congregación eclesial, en la fracción del pan y en las oraciones. La quiebra de alguno de estos elementos resulta atentatoria contra la comunión eclesial, de ahí que el Octavario sea tiempo propicio para mirar hacia Jerusalén y reforzar la voluntad de fidelidad a la predicación apostólica como medio de aproximación y camino hacia la unidad en la verdad revelada”.

Es el plano doctrinal el que subraya este comunicado de los obispos. La unidad en la doctrina. Y, más adelante, reflexionan sobre la necesidad de dialogar desde la caridad. En este sentido, indican: “Mediante el diálogo, los cristianos manifiestan su voluntad sincera de llegar a compartir los bienes de la salvación acogiéndose mutuamente, en tanto llega la meta deseada de la comunión eucarística, como miembros del cuerpo místico de Cristo que es su Iglesia, por haber sido bautizados en el único y mismo bautismo que los ha hecho cristianos”.

No deben olvidarse varios aspectos importantes en la tarea ecuménica para no tirar por la borda el esfuerzo de los años que han seguido al Vaticano II, marcados por Unitatis Redintegratio. Por un lado, la unidad en la doctrina, teniendo en cuenta los avances que se han producido en los estudios teológicos, tanto en la Iglesia católica como en otras Iglesias. El escollo teológico ha de seguir siendo salvado por un estudio serio de las fuentes y con un esmerado respeto a la solvencia intelectual de cada confesión.

Por otro lado, en la tarea de diálogo ha de tenerse en cuenta la caridad de los cristianos. Cada Iglesia debe revisar sus propias cuestiones. El diálogo no menoscaba la propia identidad. Las Iglesias han de compartir dones. Ha de trabajarse por la unidad y la pluralidad, que se transforman así en dones a compartir por las Iglesias. Valgan como ejemplos la importancia de la Palabra de Dios en las Iglesias protestantes; las tradiciones y la liturgia por parte de las ortodoxas; el sentido de sacramentalidad de la católica. Son para compartir unas y otras Iglesias.

Desde aquí se puede entrar en el terreno del diálogo con cercanía, conocimiento, estima, solidaridad. Urge un “conocimiento más auténtico y un aprecio más justo de la doctrina y de la vida de cada comunión; además, consiguen también las comuniones una mayor colaboración en aquellas obligaciones que en pro del bien común exige la conciencia cristiana, y, en cuanto es posible, se reúnen en la oración unánime. Finalmente, todos examinan su fidelidad a la voluntad de Cristo sobre la Iglesia, y, como es debido, emprenden animosamente la tarea de renovación y de reforma”.

Esto dice el Concilio, que tanto alentó el espíritu ecuménico. Los esfuerzos doctrinales deben de ir acompañados de un diálogo serio, sin prepotencia. Pero todo ello ha de hacerse con no poco esfuerzo y tesón. En Europa, la movilidad de los últimos decenios nos está urgiendo aún más a esta tarea con muchos hermanos de otras confesiones que viven entre nosotros. La paz, la fraternidad y el bien común nos piden un denodado esfuerzo por la unidad.

Publicado en el nº 2.738 de Vida Nueva (del 22 al 28 de enero de 2011).

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