Íñigo Bastida: “Para hacer un belén hace falta mucho amor”

Presidente de la Federación Española de Belenistas

(Texto y Foto: Vicente L. García) Desde hace años, Íñigo Bastida combina la parte más lúdica del belenismo –el cúter y el pincel, el poliestireno expandido y la madera, la pintura y el barniz– con la más administrativa –el ordenador, el teléfono y las reuniones–. Desde el pasado mes de octubre comparte su labor al frente de la Asociación Belenista de Álava con la de presidente de la Federación Española de Belenistas, entidad nacional. Aglutina a todas las de España, aunque, como él recuerda, “son todas las que están, pero no están todas las que son”. Integrar a todas es uno de los objetivos que se ha marcado en su mandato.

Los belenes le vienen de familia: “Mis hermanos,  mis primos y yo somos la tercera generación. Mi añorado abuelo Antonio, el primer belenista de la familia, era un entusiasta con los escasos medios y materiales de su época (escorias, escayola y materiales naturales) y supo transmitir esta pasión a sus hijos Teodoro y Luis (mi padre). Recuerdo el belén del abuelo. Le daba la vuelta a las camas y toda la habitación la convertía en un grandísimo belén. También recuerdo cómo mi padre desde muy niño me enseñó a modelar plastilina, a usar las tijeras o el cúter”.

Como experto, apunta que para poner un belén, al contrario de lo que se piensa, se necesita muy poco a nivel material. En su opinión, con cualquier cosa se puede hacer uno. En cambio, a nivel espiritual, “hace falta mucho amor y poner en marcha los valores o sensaciones de lo que para mí significa un belén: paciencia, pasión, plenitud, paz, tranquilidad, ternura, templanza, tesón, talante, talento, tiempo y trabajo”. “Todo empieza por la ‘p’ de pesebre o por la ‘t’, que es la forma que tiene la cruz en la que Jesús, el que nació en un humilde pesebre, murió por todos nosotros”, añade.

Aunque ve cómo “se va perdiendo” la tradición, cree que todavía estamos a tiempo para mantenerla. “Parte del secreto está en que todas las iglesias y colegios religiosos instalen un belén, cosa que desgraciadamente no ocurre”, explica. Además, cree que hacerlo puede ayudar a unir a los diferentes colectivos de las parroquias o a educar a los chavales de los colegios y catequesis a trabajar en equipo y reconoce que ésta es una de las labores de la asociación que preside. La labor de puertas afuera consiste en difundir la tradición del belén en sus ámbitos religioso, cultural y artístico, porque un Belén es todo eso: religión, cultura y arte.

Aunque se han producido en los últimos años conflictos por la colocación de belenes en lugares públicos, Bastida señala que él no lo ha sufrido y cuenta, en concreto, que el Belén Monumental de la Florida de Vitoria, su ciudad, “no está cuestionado”. “Creo que además el Ayuntamiento hace bien en entenderlo y promocionarlo como una atracción turística de primer nivel”, recalca.

En el espacio público

“En general, a día de hoy, no hay todavía grandes conflictos. Pero parece que hay intereses en crearlos artificialmente. Si alguien cree que la sociedad será más libre impidiendo a una parte de la misma expresarse (vía belenes, procesiones, etc.) se equivoca de plano. Yo no obligo, ni quiero que me impidan. Ojalá no, pero, si se aplican los criterios de algunos dirigentes actuales, podríamos acabar llegando a celebrar navidad sin Navidad”, argumenta.

A esta situación, según señala, también afecta el auge del secularismo, desde el momento en que “se impide poner belenes en algunos colegios, amparados en la libertad religiosa”. “Los niños que acuden a clase de Religión en los colegios públicos ¿no pueden poner un belén? ¿No tienen ellos la libertad religiosa que se arrogan los no creyentes?”, se pregunta Íñigo Bastida, que concluye lamentándose: “Yo respeto y a mí no me respetan. Y lo llaman libertad”.

En esencia

Una película: La última cima, de Juan Manuel Cotelo.

Una canción: Hoy puede ser un gran día o Algo personal, ambas de Joan Manuel Serrat.

Un libro: El Loco, de Khalil Gibrán.

Una figura del belén: El Niño, por supuesto.

Un lugar en el mundo: Tierra Santa.

Una persona: no puedo elegir una; mi esposa y toda mi familia.

Un recuerdo de infancia: los abrazos de mi madre cuando estaba nervioso.

Un valor: la capacidad de ponerse en el lugar del otro.

La última alegría: un premio que le dieron a mi padre.

La mayor tristeza: cualquier enfermedad grave o fallecimiento cercanos.

Que me recuerden por… ser una buena persona.

En el nº 2.734 de Vida Nueva.

Actualizado
17/12/2010
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