Mónica Fuster: “La misión es dejar pasar el espíritu de Jesús por la vida”

Religiosa y médico de familia

(Texto: Victoria Lara. Foto: Luis Medina) Para vivir la misión no hace falta trasladarse al Sur, sino que se puede experimentar en cualquier lugar. Se podría decir que Mónica Fuster (Madrid, 1971), religiosa de los Sagrados Corazones y médico de familia, es una misionera del Sur y del Norte, pues en ambos frentes ha trabajado y de todas las vivencias ha sacado “jugo”. Acaba de plasmar sus experiencias en Honduras y la India en un libro: Viaje al Sur. Una historia con tantas vidas (Reinado Social).

Su “aventura” por ambos países le sirvió para ahondar en la dimensión religiosa de su vocación, pero, además, fue la mejor escuela para aprender a ejercer la Medicina. Recién acabada la carrera y realizado el examen MIR, en 1999, un amigo le ofreció la posibilidad de marcharse a Honduras, que acababa de ser azotado por el huracán Mitch. “Le dije que acababa de terminar, que no tenía ni idea y que no sabía si era un estorbo o no”, explica Mónica.

Para ella, lo más gratificante de aquellos  meses fue la hospitalidad de un pueblo que acababa de perderlo todo: “Eran aldeas de montaña perdidas donde yo no me hubiera podido apañar sola y era la sensación de estar vendida, pero de estar vendida a los pobres y a gente que te acoge, que te recibe”. ¿Lo más duro? “Tanto en India como en Honduras eres testigo de situaciones muy implacables, muy duras y de sufrimiento”.

Y de allí, del escenario de un desastre natural, en 2004 se fue a Calcuta (India), que, en este caso, es el fruto de lo que Mónica define como una “catástrofe artificial-creada”: la falta de una estructura social, de seguridad social, de infraestructuras tales como alcantarillado, aceras… “Es como si hubiera pasado una guerra”, asegura.

Allí trabajó atendiendo, sobre todo, a gente de la calle. Colaboró con un médico indio, el doctor Woodward, en una clínica asociada a una parroquia, con las Misioneras de la Caridad en un dispensario en Kalighat y, sobre todo, trabajó con la ONG German Doctors, un grupo de médicos alemanes y austríacos que visitaban los slums, las zonas más pobres: “Con una furgoneta, un baúl de curas y otro de medicinas, ahí, en el centro cívico del barrio, en una escuelita o donde fuera, montábamos la consulta”.

Sin embargo, en el trabajo diario, a pesar de tener la sensación de estar ayudando a la gente, Mónica y sus compañeros se topaban continuamente con la realidad: la falta de un sistema sanitario organizado y en el que la corrupción está a la orden del día. “Las veces que intenté derivar a un hospital público, como allí eres occidental y se supone que tienes dinero, te devolvían al paciente y te decían que necesitaba una serie de pruebas que realmente no necesitaba, y te pedían el dinero para pagarlas”.

La historia de Nonica

El caso de Nonica, uno de los pacientes a los que Mónica atendió en la India, la marcó profundamente: “Todo el cuidado de él y su muerte estuvieron llenos de significado, fue muy impresionante. Era una denuncia viva de lo que supone un sistema de salud. Esta persona, por el hecho de ‘no ser nadie’, no tenía derecho a sanidad, estaba totalmente abandonada”. La religiosa confiesa que, tras algunas historias como ésta, necesitó volver a España para recuperar aliento y continuar dándose a los demás.

Ahora vive en el madrileño barrio de Aluche, en una comunidad con otras cinco religiosas, muy cerca del centro de salud donde trabaja como médico de familia y psicoterapeuta. Aunque está abierta a todo lo que le pueda deparar el futuro, asegura que, por el momento, “por aquí va la vida”.

Como en su día ocurrió en Honduras y en la India, aquí está también su misión: “La misión es para mí dejar pasar el espíritu de Jesús por la vida y dejar que la continúe, la coloque y la haga funcionar. Es abrirse a la presencia de Dios. Vivimos el Evangelio de Dios a través de nuestras relaciones y esas relaciones las tenemos en cualquier lugar”.

En esencia

Una película: El silencio del agua, de Sabiha Samur.

Un libro: Tres tazas de té, de Greg Mortenson.

Una canción: Conciertos de Mozart.

Un rincón del mundo: una conversación amiga.

Un deseo frustrado: no experimentar límite alguno.

Un recuerdo de la infancia: las excursiones al campo con mi familia.

Una aspiración:
la feliz fraternidad humana.

Una persona: Jesús de Nazaret.

La última alegría: ir desentrañando dificultades.

La mayor tristeza: no lograr despedirse.

Un sueño: salud y educación para todos.

Un regalo:
flores.

Un valor: la dignidad humana.

Me gustaría que me recordasen por: quien fui.

En el nº 2.718 de Vida Nueva.

Actualizado
30/07/2010
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