Antonio Lorca: “Javierre se rebeló contra la Iglesia caduca”

Periodista

(José Lorenzo) “¿Pero de verdad tú crees que yo puedo interesar a alguien?”, solía preguntarle José María Javierre a su obstinado biógrafo, Antonio Lorca, ante el té y las pastas con que le recibía en su casa en aquellas sesiones para escarbar en la memoria. Acostumbrado él mismo a presentar como no se había hecho antes las vidas de los grandes santos españoles, le parecía la intención del periodista que trabajara bajo sus órdenes en El Correo de Andalucía una ocurrencia menor.

El sacerdote aragonés trasplantado a Sevilla medio siglo atrás estaba convencido de que su vida y opiniones no interesaban a nadie. Sin embargo, como se pudo ver con su muerte, el pasado diciembre, su vida no dejó indiferente a quienes le conocieron y pudieron tratarle, que fueron legión, humildes y millonarios, sabios o sólo avispados, santos y pecadores. Ahora, Lorca nos la ofrece con su oficio de buen escritor en José María Javierre. La sonrisa seductora de la Iglesia (Ediciones Sígueme). Tuvo el tiempo justo para acabar sus conversaciones con él. Al mes de concluir el libro, Javierre murió, aunque, en realidad, hacía tiempo que, desde su cercana casa del Guadalquivir, había decidido limitarse a esperar a ver qué había en la otra orilla. Eso sí, la muerte le encontró con los ojos muy abiertos, como el periodista que era.

“Personalmente, Javierre me ha impactado, en primer lugar, por su inteligencia privilegiada y deslumbrante; por su ortodoxa y rebelde vocación sacerdotal; y, sobre todo, por su ilimitada curiosidad periodística. Por ser un agitador dentro y fuera de la Iglesia, y por su capacidad para promover iniciativas. Para mí es, además, un referente como periodista comprometido y como trabajador incansable”, apunta el biógrafo. Sin embargo, no cree que su estilo de “comunicador cristiano”, como Javierre se autodefinía, haya creado escuela. “Dudo que la Iglesia haya creído nunca en esa figura ni la haya promovido”, apunta. “Ahí está el caso de Manuel de Unciti, quien durante cincuenta años se ha dedicado a formar periodistas católicos entre la indiferencia y la nula colaboración de la Iglesia. Como el cura Unciti, Javierre ha dejado huella, pero no con la intensidad que hubiera merecido su esfuerzo”. Y añade: “Si algo le faltó, fue el cariño y el reconocimiento que merece quien fue uno de los personajes fundamentales del periodismo católico de la segunda mitad del siglo XX”.

Ahora que la sonrisa de Javierre es ya un recuerdo, Lorca no encuentra quien ilumine como aquél la imagen de una institución que “transmite tristeza y aislamiento”. “Como creyente –afirma–, me escandaliza la desunión en el seno de la Iglesia entre tan distintas y tan numerosas corrientes ideológicas”. Ya como profesional de los medios, Lorca sigue “sin entender por qué da la espalda a la comunicación. Modestamente, entiendo que a nuestra Iglesia le falta capacidad de seducción”.

Inquieto y universal

Y seducción es la palabra con la que él ha decidido adornar la sonrisa y el alma de un cura universal, inquieto, que se hacía preguntas y “que a tantos enamoró”. No oculta en sus páginas el mal genio de Javierre, pero es una anécdota en el rico historial de un hombre que deja “una ingente y extraordinaria obra literaria, periodística y sacerdotal”. Y junto a la seducción, la rebeldía y el compromiso “que surgen de un acendrado sentido de la libertad”. Porque, como señala, “Javierre se rebeló contra la Iglesia caduca, conservadora y políticamente correcta; contra las inamovibles estructuras de la Curia romana y contra su manifiesta incapacidad para modernizarse. Y se comprometió con la sociedad que le tocó vivir: con la libertad en tiempos de la dictadura; y siempre con la verdad como referente periodístico”.

En esencia

Una película: Cinema Paradiso.

Un libro: A sangre fría, de Truman Capote.

Una canción: Imagine, de John Lennon.

Un deporte: la natación.

Un rincón: una playa del sur.

Un deseo frustrado: haber sido payaso.

Un recuerdo de infancia: la generosidad de mis padres.

Una aspiración: no perder nunca la ilusión.

Una persona: mi padre.

La última alegría: la publicación del libro sobre José María Javierre.

La mayor tristeza: la mala suerte de los más débiles.

Un sueño: ser persona digna cada día.

Un regalo: una sonrisa.

Un valor: la libertad.

Que me recuerden por… la categoría de mis amigos.

En el nº 2.714 de Vida Nueva.

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Actualizado
02/07/2010
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