María Ángeles Unzué: “A los pobres hay que servirlos con humildad y dulzura”

Hija de la Caridad

(Texto y fotos: José Ramón Amor Pan) Situado en pleno Camino de Santiago, Rabé de las Calzadas es un precioso pueblo burgalés, muy bien cuidado, con profundo sabor a tradición. No llega a los 300 habitantes, pero todos ellos son gentes que saben valorar y agradecer lo bueno que la vida les pone en su camino. Por eso no es de extrañar que sus vecinos hayan homenajeado públicamente, en una sencilla ceremonia, a María Ángeles Unzué Orduna, una encantadora mujer que, aunque nació en la localidad navarra de Sangüesa (nada más y nada menos que en 1918), ha hecho toda su vida en Rabé.

Hasta allí llegó a finales de 1941, después de hacer el noviciado –como Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl que es–, al colegio que esa institución tenía en la localidad. Hoy, el colegio ya no existe. Al acabar el curso de 1978, fue reconvertido en casa de espiritualidad y comunidad de mayores. El tiempo que duró su remodelación integral conforma el único período que María Ángeles estuvo destinada en otro sitio, en Ibarra, “justo un año y siete meses”, como relata casi de carrerilla.

Recuerda esta religiosa que el colegio no era excesivamente grande: “No llegaba a los doscientos alumnos, entre internos y externos. Se estudiaba desde Infantil hasta la preparatoria para entrar en la universidad. Como es de imaginar, no sólo venían los niños y jóvenes de Rabé, sino de los pueblos de toda la comarca, e incluso de bastante más allá, pues era también Aspirantado de la Compañía de las Hijas de la Caridad”.  En este centro, ella fue profesora de párvulos durante décadas, “y en la parroquia los preparaba para la Primera Comunión, para ese primer encuentro íntimo con Jesús Sacramentado, y hacíamos también el mes de mayo, el mes de María. Disfrutaba mucho con los niños. Yo era como uno de ellos”.

Sorprende el continuo ir y venir de esta religiosa por toda la casa, con aspecto frágil, pero que no para quieta un minuto, siempre con una sonrisa en la cara, espíritu vicenciano en acción. “Como decía san Vicente de Paúl, ‘queremos a Dios con el esfuerzo de nuestros brazos y el sudor de nuestra frente’”. Y ella lo cumple a rajatabla: “No hago más porque no me dejan”, nos dice con total espontaneidad esta religiosa de 91 años.

Cuando le preguntamos cuál es su secreto, responde: “Disfrutar mucho con lo que uno hace”. Y María Ángeles debe de disfrutar a tope, ciertamente, porque a las tareas que realiza en la casa hay que sumar las que lleva a cabo en la parroquia, en la que todavía dirige el coro que anima las celebraciones dominicales. Otras personas, con menos actividad y menos años, ya están deseando la jubilación… Viéndola, uno se pregunta dónde hay que firmar para llegar a esa edad con una lucidez mental, un humor y una actividad tan envidiables.

Hay mucho bueno

Una lucidez que queda de manifiesto cuando nos responde a la pregunta de cómo ve el mundo de hoy. Se lo piensa un instante y afirma: “Hay mucho bueno y mucho malo, pero esto último mete más ruido que lo bueno y, así, parece que es mucho más; pero hay mucho bueno, de eso no te quepa la menor duda”. ¿Cabe un análisis más certero en menos palabras? Todo un programa para la acción pastoral de la Iglesia, tentados como estamos –a veces– de verlo todo negro. “El amor es inventivo hasta el infinito, decía nuestro padre fundador”, apostilla la religiosa.

Antes de la despedida, esta fiel Hija de la Caridad nos deja un nuevo pensamiento vicenciano para el camino: “A los pobres hay servirlos con humildad, cordialidad, dulzura, respeto y devoción”. Y una recomendación: “Pensar siempre cosas buenas”.

Testimonios como el de María Ángeles, que derrocha a manos llenas humildad, cordialidad, dulzura, respeto y devoción, icono vivo de Jesús de Nazaret, son los que cautivan, enamoran y conducen a Dios.

En esencia

Una película: La mies es mucha, con Fernando Fernán Gómez en el papel del padre Santiago, misionero en la India.

Un libro: la Biblia.

Una canción: Ven y sígueme.

Un recuerdo de la infancia: me crié con unos tíos, fui muy feliz con ellos y con mis primos.

Un deseo: que no falten vocaciones para el servicio a los pobres.

Una persona: mi madre.

Un valor: la humildad.

El momento más feliz de mi vida: cuando entré en las Hijas de la Caridad.

Que me recuerden como… una persona que trató de ser feliz haciendo el bien a los demás, especialmente a los más pobres.

jramor@vidanueva.es

En el nº 2.713 de Vida Nueva.

Actualizado
25/06/2010
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