Antonio Martínez Serrano: “Hay que vivir cada día la alegría de ser cura”

Autor de ‘José Luis Martín Descalzo. El asombro de ser cura’

Antonio-Martínez-Serrano(José Luis Celada) Roma, 2001. Mientras Antonio Martínez Serrano atravesaba la habitual “crisis” en busca de un tema para su tesis en Teología Espiritual, cayó en sus manos Un cura se confiesa, de José Luis Martín Descalzo. ¿Y por qué no doctorarse examinando la espiritualidad sacerdotal de este popular personaje?, se preguntó él tras leer el libro. Corría un “riesgo”, al tratarse de alguien que no era un gran teólogo, pero sí muy conocido y leído. Sin embargo, este  burgalés de 44 años decidió asumirlo: “Si nosotros los sacerdotes diocesanos no nos preocupamos de estudiar a nuestros propios compañeros de sacerdocio –se dijo– ¿quién lo va a hacer?”.

Así fue como se interesó por “uno de los hombres de Iglesia más conocidos de los últimos 50 años del siglo XX”. Un cura que, además, estudió en la Gregoriana, “como yo”; estuvo en el Colegio Español, “como yo”; y “es de mi tierra” (aunque nacido en la localidad toledana de Madridejos, Martín Descalzo ingresó muy joven en el Seminario de Valladolid).

Han sido años recopilando material (libros, artículos…), pero el esfuerzo “ha merecido la pena”: en junio del año pasado, Antonio defendió su tesis en la misma Facultad de Teología de Burgos de la que ahora es Secretario de Estudios. José Luis Martín Descalzo. El asombro de ser cura es el título de su trabajo –publicado recientemente por Monte Carmelo–, pero, sobre todo, una declaración de intenciones. Porque su autor no sólo ha descubierto en el sujeto de su estudio el “testigo de una época” (antes, durante y después del Concilio Vaticano II), sino también “un gran amor al sacerdocio”.

Como privilegiado acompañante ahora de su trayectoria vital y sacerdotal, Antonio rescata de la espiritualidad de Martín Descalzo un rasgo: “La grandeza de saberse cura”. “Sin ser dignos de ello –reconoce–, Dios nos ha elegido para una misión tan grande como hacer presente a Jesús y su Evangelio en medio del mundo”. Tarea a la que ha querido entregarse él desde que fuera ordenado sacerdote en 1991, una vocación que “hay que redescubrir, sentir asombro ante ese gran misterio, porque tenemos el peligro de acostumbrarnos a ser curas, el peligro de ser funcionarios, de creer que es un trabajo más”, advierte. Y añade: “Hay que vivir cada día la alegría de ser cura, porque eso ayuda en esta época en la que hay muchos sacerdotes desanimados por su trabajo y las dificultades que encuentran”.

Su experiencia, también como párroco de seis pequeños pueblos cercanos a la capital burgalesa, así se lo sugiere. Porque todavía hay cosas de este mundo y de la propia Iglesia que a Antonio le siguen produciendo asombro. “Avanzamos en nuevas tecnologías, en descubrimientos médicos… y, por otra parte, somos incapaces de resolver los grandes y graves problemas del mundo. Me parece un gran incoherencia”, se lamenta. ¿Y de la Iglesia actual, qué le llama la atención? Martín Descalzo vuelve a reconducir sus anhelos: “Hombres como él y una generación de sacerdotes de entonces intentaron establecer un diálogo con el mundo que a veces no tenemos; la Iglesia no termina de encontrar su equilibrio en su relación con el mundo; incluso, me da la impresión de que estamos retrocediendo un poco. Tenemos muchísimo que ofrecer al mundo y, a veces, no sabemos cómo hacerlo. Nos falla el lenguaje, la forma de comunicarlo, no nos hacemos entender, damos importancia a cosas secundarias…”.

Periodista cristiano

Tras esta radiografía, resulta casi inevitable acudir de nuevo al protagonista de su tesis, pero esta vez al que fuera, además, reconocido comunicador y director de Vida Nueva. Y, por su boca, Antonio lanza un mensaje a los periodistas cristianos: “Que vivan el periodismo como una vocación sagrada, un apostolado” en el que Martín Descalzo exhibió respeto por la verdad, la valentía y el equilibrio. “Si había que criticar, se criticaba, pero siempre con dulzura, con estilo, sin molestar”, defiende el sacerdote burgalés. Así era José Luis: “De una pequeña historia, sacaba una enseñanza mostrando su corazón. Y eso es lo que llegaba a la gente”. Un referente de vida (y de estudio) para Antonio y para cuantos celebran este Año Sacerdotal.

En esencia

Una película: El Padrino, de Francis Ford Coppola.

Un libro: El séptimo velo, de Juan Manuel de Prada.

Una canción: Yesterday, de los Beatles.

Un deporte: el fútbol.

Un rincón del mundo: Roma.

Un deseo frustrado: ser crítico de cine.

Un recuerdo de infancia: mi entrada en el Seminario Menor.

Una aspiración: ser un buen sacerdote.

Una persona: José Luis Martín Descalzo.

La última alegría: ver publicado este libro.

La mayor tristeza: el abandono del sacerdocio de un compañero.

Un sueño: ir a Tierra Santa.

Un regalo: un viaje.

Un valor: la bondad.

Que me recuerden por… haber hecho bien pequeñas cosas.

En el nº 2.695 de Vida Nueva.

Actualizado
12/02/2010
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