Coptos en Egipto, entre la discriminación y la persecución

coptos-manifestación(Vida Nueva) El asesinato de seis coptos ortodoxos y un policía musulmán en Nag Hammadi (en el Alto Egipto, al sur del país), la noche del 6 de enero, fiesta de la Navidad (VN, nº 2.691), ha supuesto uno de los hechos violentos más graves de los últimos años en el enfrentamiento que musulmanes y cristianos egipcios arrastran desde hace décadas. ¿Cuál ha sido la razón de esa violencia? Para comprender el marco del conflicto, habría que matizar dos conceptos, persecución y discriminación, y distinguir entre la libertad que realmente existe de poder celebrar y profesar la fe cristiana en el país, y la discriminación que sufre la población cristiana en ciertos ámbitos de la vida social, política y religiosa.

Egipto es un país de mayoría musulmana, sunita principalmente, con un 10% de cristianos coptos ortodoxos (5-6% según las opiniones más conservadoras, 15% según la comunidad copta ortodoxa). En la historia tardo-moderna y contemporánea, la convivencia entre ambas comunidades ha sido fundamentalmente pacífica, primando el sentimiento de pertenencia al país de origen: antes que musulmanes o cristianos, son egipcios.

Éste es un país cosmopolita, sobre todo desde la regencia del pachá turco Mehmet Alí, en el siglo XIX, cuando contaba con importantes colonias italianas, griegas, inglesas y francesas. El golpe de Estado de Nasser en 1952 marca el inicio de un nuevo tipo de gobierno (socialista) y de un cambio en la estructura social: la aristocracia existente se ve reemplazada por una nueva clase dirigente poco preparada, siendo el ejército la nueva y única estructura de poder. La política de nacionalizaciones que Nasser aplica en los años sucesivos provoca la desaparición casi total de la comunidad internacional e institucionaliza una corrupción a escala nacional.

En los primeros intentos democráticos, poco después de que Egipto lograra la independencia (1922), se contempló la posibilidad de fijar un mínimo de presencia cristiana en la representación parlamentaria. Los mismos cristianos rechazaron tal proposición, pues entendían que la oferta conllevaba ya un elemento de disgregación o separación (pues no se trataba del Parlamento de musulmanes y cristianos, sino del Parlamento egipcio). En aquellos años, la convivencia era muy buena, y el elemento religioso no constituía problema alguno.

Pero el clima de tolerancia y respeto comenzó a torcerse con la llegada de Nasser, y más aún con la irrupción de los Hermanos Musulmanes en la vida política. Fundada en 1928, esta organización islámica de corte fundamentalista no ha dejado de amenazar la estabilidad política en su intento por establecer un Estado islámico. Perseguidos por Nasser, alcanzaron una mayor presencia ‘política’ en tiempos de Sadat, y hoy son la principal amenaza del Gobierno, si bien la represión política que sufren es casi implacable. Después de un período más permisivo en el que vieron aumentar considerablemente su presencia en el Parlamento nacional, su participación en la vida política está condenada a la desaparición, gracias a las condiciones impuestas por el partido en el Gobierno (el Partido Nacional Democrático).

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El presidente Mubarak con Benedicto XVI

Para evitar que la persecución política de los Hermanos generara un descontento social, el actual Gobierno de Mubarak ha ido asumiendo como propio un cierto programa de islamización de la sociedad, como queriendo desactivar en lo posible a aquéllos que hubieran podido poner en peligro la estabilidad del régimen. Evidentemente, en ese programa la influencia de los Hermanos ha sido considerable; de ahí que también la presión gubernamental hacia ellos haya aumentado exponencialmente. Y es en este proceso donde el conflicto entre las comunidades cristiana y musulmana ha comenzado a ser más patente, tal y como constata a Vida Nueva un religioso que ha vivido en la zona durante los últimos años.

La Constitución egipcia reconoce, en su primer artículo, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, entre ellos, el de la libertad religiosa. Pero su segundo artículo acepta que, como país musulmán, la sharia constituye la principal fuente de derecho. En términos de libertad religiosa, esto quiere decir que, según el primer artículo, cada uno es libre de elegir la confesión religiosa que considere oportuna, pero al mismo tiempo, el artículo segundo se lo prohíbe a los musulmanes, pues todo aquel que apostate del islam es reo de muerte.

Una acotación: en Egipto, sin el documento de identidad, una persona no tiene derecho ni a la educación, ni a la sanidad, ni puede acceder al servicio militar, ni votar, ni viajar. Y para obtenerlo, ha de pertenecer a una de las tres grandes religiones que el islam reconoce (islam, judaísmo o cristianismo); es decir, el ciudadano sin religión no existe. Por eso un cristiano que se convierta al islam puede disponer de sus papeles en 24 horas. Pero la apostasía del islam es casi imposible, aunque se haga en secreto, porque en el momento en que alguien pida el cambio de documentos o pretenda ser reconocido como cristiano públicamente, se topará con la negativa de todo funcionario, que se opondrá a tal decisión porque lo prohíbe el Corán.

La cuestión no afecta tanto al caso puntual del musulmán que se convierte al cristianismo, sino a los múltiples casos de personas que, aunque nacieron y se educaron como cristianas, devienen automáticamente en musulmanas si, siendo menores de 16 años, su padre se convierte islam. Y esto sí sucede con frecuencia. Por ejemplo: ante la dificultad para obtener el divorcio en la Iglesia copta ortodoxa, muchos cristianos se “vuelven” al islam para poder anular sus matrimonios y casarse nuevamente amparados por la ley civil. Y como el colectivo afectado por esta situación es mucho mayor, el grado de presión también lo es.

coptos-iglesia-incendiadaAsí pues, indica la fuente de VN, no hay ninguna declaración ni oficialidad que constituya, en principio, una flagrante violación de los derechos de la comunidad cristiana. Ésta puede reunirse y celebrar la fe, y puede educar y transmitirla sin coacciones aparentes. Pero una burocracia exasperante y muy ideologizada levanta trabas de todo tipo y puede dificultar de manera silenciosa e implacable el ejercicio de los derechos fundamentales. Tampoco la Justicia colabora: la aplicación de las sentencias favorables a los cristianos son apeladas sistemáticamente, e incluso las que obtienen un veredicto favorable definitivo quedan bloqueadas por la imposibilidad de aplicarse.

Sin documentos

Un ejemplo que explica a VN este religioso: el Tribunal Supremo reconoció el derecho de aquéllos que nacieron cristianos y que fueron obligados, por conversión paterna, a abrazar el islam, a constar nuevamente como cristianos en sus documentos de identidad; pero indicó que debía añadirse en ellos la coletilla “Un día fue musulmán”. Aunque eso no gustó, los beneficiados fueron con la sentencia en la mano a obtener sus nuevos documentos. Y se les contestó que no había espacio suficiente en la casilla destinada a la pertenencia religiosa para un texto tan largo. Después de dos años, todavía no han conseguido sus documentos.

Por otra parte, hay determinados ámbitos de la vida social prácticamente vedados a los cristianos, como el ejército, el funcionariado o la política, quedándoles apenas la libre empresa o las profesiones liberales. Es cierto que entre las personas más ricas del país hay cristianos coptos y que muchos han alcanzado el éxito en sus carreras empresariales y en los negocios, pero existe recelo y temor a potenciar el conflicto tomando partido únicamente por los cristianos.

La propia jerarquía de la Iglesia copta ortodoxa se manifiesta raramente en términos de persecución o de confrontación con el poder civil. Incluso después del ataque de Navidad en Nag Hammadi, las declaraciones de dignatarios eclesiásticos han sido, en general, bastante conciliadoras, como sin querer entrar en una dinámica de tensión y conflicto. Todo ello contribuye sobremanera a que la población cristiana joven entienda que su futuro está más fuera que dentro del país.

El suceso de Nag Hammadi se enmarca en lo que allí llaman “violencia sectaria”. Por lo general, dichos episodios de violencia acontecen, aparentemente, de forma espontánea, por comportamientos o reacciones indebidas (provocadoras) por parte de uno de los bandos. La mayoría de las veces, lo que enciende la violencia son rumores acerca de violaciones o maltratos a mujeres, o cosas tan extrañas como que un niño cristiano no se ha bajado del burro ante de una comitiva funeraria. De igual modo, es cierto que subyacen odios tribales y comportamientos cuasimafiosos de los pequeños grupos de poder que abundan al sur del país (donde la presencia del Estado no es tan evidente), que en ocasiones son presentados como choques debidos a motivos religiosos.

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Shenouda III, patriarca de los coptos ortodoxos

Según el testimonio del misionero recabado por esta revista, que conoce bien el sentir de las comunidades cristianas, en éstas comienza a crecer un sentimiento de frustración. La imposibilidad para construir o restaurar templos y lugares de encuentro empieza a ser demasiado evidente (el temor a que construcciones privadas –personales o unifamiliares– autorizadas puedan convertirse en lugares no “oficiales” de oración o culto cristiano está llevando a las autoridades locales incluso a destruirlas). El grado de violencia ha aumentado, y la comunidad cristiana ya no acepta tan fácilmente las habituales ceremonias de reconciliación presididas por la autoridad civil y selladas por un apretón de manos de trámite entre los respectivos representantes religiosos. Todo esto contribuye a la percepción de una Iglesia perseguida y acosada.

Además, no hay voluntad política alguna de poner fin a estos conflictos: la reforma del estatuto civil de los cristianos y la elaboración de una ley que regule la construcción de lugares de culto esperan desde hace más de cinco años en el fondo del cajón, y seguirán así mientras el Parlamento prefiera que no avancen para no molestar a los radicales.

Fundamentalismo

Tras el atentado de Navidad se ha empezado a hablar de otra forma de esa “violencia sectaria”, como una violencia de corte fundamentalista, es decir, no tan espontánea ni arbitraria. Pero aún prima una visión idealista de la cuestión, en la que se apela a la estrecha convivencia que ambas comunidades han mantenido durante siglos, y no se da ningún valor de futuro a la propuesta islamista. Aquí es donde se aprecia con mayor nitidez que no hay una clara voluntad política de solucionar el problema, considera nuestro misionero.

En realidad, el fundamentalismo islámico no es tan popular entre la población, pero los radicales se aprovechan de que la clase política está demasiado preocupada por mantener sus privilegios y es incapaz de solucionar las necesidades acuciantes de una población que en más de un 50% vive casi por debajo del umbral de la pobreza. Son los extremistas los que se ocupan de los problemas de los más desfavorecidos, y ésta es la amenaza que se acaba de señalar al presentar los Lineamenta para la preparación del Sínodo de Obispos para Oriente Medio, el próximo octubre. Hay quienes se lamentan de la pasividad de la comunidad copta ante el acoso que sufre por parte de la sociedad musulmana, y del apoyo que las propias autoridades religiosas muestran a favor del presidente y su gobierno.

Optar por el conflicto permanente tampoco llevaría a nada, pues se enconarían las posiciones y el más débil –los cristianos– saldría perdiendo. Ya sea porque molestan (no dejan de ser entre 8 y 10 millones de personas), ya sea porque se les utilice como elemento desestabilizador o como chivo expiatorio, la senda del diálogo sigue siendo la única posible, pues es la única vía capaz de dejar alguna puerta siempre abierta, de evitar cualquier ruptura definitiva y de garantizar una solución consensuada y duradera. No es fácil cuando no se hace en condiciones de igualdad, cuando una de las partes considera que tiene poco que ceder. Pero es la única posible, y también la más evangélica.

Ni musulmanes ni cristianos

Desde hace más de cinco años, grupos de cristianos que debieron pasar al islam por conversión de sus padres exigen que se les reconozca su derecho a volver al cristianismo. Han obtenido sentencias favorables en todas las instancias, pero no consiguen los documentos prometidos. Únicamente a los bahaíes se les permite dejar en blanco la casilla relativa a su pertenencia religiosa, aunque pagan el alto precio de ser objeto de duras represalias por parte de grupos fanáticos que consideran el bahaísmo como una herejía detestable del islam.

El religioso consultado por Vida Nueva da cuenta de casos realmente peculiares a propósito de los ciudadanos que cambian de una religión a otra. Hay padres que se convirtieron al islam, que volvieron al cristianismo con papeles falsificados y que, tras muchos años, son descubiertos junto al falsificador. La mayoría de las veces ocurre que sus hijos no sabían que sus padres se habían convertido al islam y se declaraban cristianos; pero según la ley eran musulmanes, y por haberlo “ocultado”, se convierten en sujetos punibles por la ley. Pasa mucho,
por ejemplo, con jóvenes que se casan como cristianas cuando en realidad eran musulmanas; por no hablar de los efectos colaterales: un sacerdote copto ortodoxo lleva casi un año en prisión por haber celebrado el matrimonio de una musulmana que se presentó con documentos falsos que mostraban su pertenencia al cristianismo; hay madres que pierden la custodia de sus hijos reconocida por la ley civil, en favor de sus ex maridos, invocando el peligro a no ser educados en el islam; hay hijos que no quieren reconocerse musulmanes, pero que están obligados a ello, porque si no, la ley no les da amparo.

En el nº 2.693 de Vida Nueva.

Actualizado
28/01/2010
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