Blanca Arregui: “El dinero no es un diablo con patas”

Asesora económica y de gestión de congregaciones religiosas

Blanca-Arregui(Miguel Ángel Malavia– Foto: Luis Medina) “El dinero no es un diablo con patas. Ni es malo ni contamina. La clave es que equivale a mayores posibilidades de acción”. Con ese espíritu positivo, apelando al modelo evangélico de la parábola de los talentos, se expresa Blanca Arregui (San Sebastián, 1969). Casada y madre de dos hijos, esta economista, psicóloga y funcionaria de Hacienda, desarrolla con su empresa Acrescere (www.acrescere.es) una actividad novedosa en España y a nivel internacional: la asesoría económica y de gestión dirigida a las congregaciones religiosas.

Partiendo del entusiasmo y no poniendo trabas al esfuerzo, Blanca es de esas personas que suelen conseguir todo lo que se proponen. Aunque, se nota al hablar con ella, también tiene otros motores que la impulsan en su frenética actividad: la solidaridad y, sobre todo, la fe. Venida muy pequeña a Madrid, estudió en un centro de las Hijas de Jesús. Allí trabó su estrecha colaboración con la vida consagrada, lo que la llevaría, años después, a ser voluntaria en la India con las Hijas de la Caridad, de la inolvidable Teresa de Calcuta. Sin embargo, serían los jesuitas a los que mayores lazos la unirán. Miembro de la Comisión Permanente de la Red Ignaciana, en su día –hoy, esta figura ha desaparecido– fue incluso uno de los cien laicos que, en todo el mundo, permanecían asociados jurídicamente a la orden fundada por Ignacio de Loyola.

Éxito del boca a boca

En 1997 ingresó como voluntaria en la ONG, aconfesional pero de sensibilidad cristiana, Economistas sin Fronteras. Como responsable del Área de Asesoramiento, en 2004 acudieron a ellos unas hermanas josefinas para solicitar que les impartieran un curso sobre cómo poder gestionar el día a día de su congregación. Tras el éxito y el agradecimiento de las religiosas, llegaron, a partir del boca a boca, cada vez más congregaciones pidiéndoles ayuda. Por aquel entonces, Blanca se dedicaba profesionalmente a su función como responsable del Área de Estudios Económicos del Senado. Sin apenas tiempo para nada, tuvo que elegir entre su trabajo en las Cortes y su deseo de servir a la vida religiosa. Así, pidió una excedencia y optó por profesionalizar la atención a las congregaciones. Fue en 2006, contando con el total apoyo de su marido, con el que fundó Acrescere .

Hoy, en apenas tres años, son la gran referencia en este campo, acudiendo a ellos religiosos y religiosas de numerosas congregaciones y de todos los países, especialmente de América Latina y África. En España, su relación con la CONFER es muy estrecha, formando parte del Equipo de Formación de Administradores. De hecho, han sido ellos los que han desarrollado el estudio de la reestructuración organizativa vinculada al proyecto Pensar CONFER. Del mismo modo, aparte de sus actividades en consulta y formación, están a punto de crear una Fundación que pueda asumir las obras que pierden las órdenes, principalmente las centradas en la cuestión de la infancia.

Blanca busca, ante todo, que las órdenes religiosas puedan aprovechar al máximo sus recursos para que, así, su impagable acción, sea aún mayor: “Todos apuestan por la máxima austeridad, centrándose en recortar gastos, pero, muchas veces, sin pensar siquiera en posibles ingresos. A menudo por desconocimiento, pierden mucho dinero”. Así, sus principales problemas son no estar al tanto de subvenciones, no pensar una estrategia a la hora de fijar un presupuesto, o el aprovechamiento que otros hacen de ellos: “Sobre todo los bancos, que les aconsejan invertir en productos que sólo a ellos interesan. O los ayuntamientos e inmobiliarias, que les venden una casa a un precio y al mes, tras ser recalificada, ya vale el doble… Hay mucho engaño”.

En esencia

Una película: La misión.

Un libro: La ciudad de la alegría, de Dominique Lapierre.

Una canción: Mujeres, de Silvio Rodríguez.

Un deporte: la vela.

Un rincón del mundo: la República Dominicana.

Un deseo frustrado: ser cantante.

Un recuerdo de la infancia: el ambiente del colegio.

Una aspiración: que a mis hijos les vaya bien en la vida.

Una persona: mi marido, Alejandro.

La última alegría: tras varios cambios laborales, el buen equipo que hay en la oficina.

La mayor tristeza: la muerte de mis abuelos.

Un sueño: que nadie muera de hambre en la tierra.

Un valor: la generosidad.

Que me recuerden… porque pasé haciendo el bien.

En el nº 2.687 de Vida Nueva.

Actualizado
11/12/2009
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