Amparo Cuesta: “La calidad de vida de los enfermos ha mejorado”

Promotora de un programa de pacientes de sida en Malawi

Amparo-CuestaG(Texto: Victoria Lara– Foto: Luis Medina) Amparo Cuesta ha pasado media vida fuera de España. Como miembro de la Congregación de las misioneras de África (Hermanas Blancas) esta valenciana ha vivido 30 años en Malawi, un país que le ha deparado los momentos más felices de su existencia, pero también los más difíciles. Durante dos décadas estuvo en distintos hospitales de misión, pero le marcaron especialmente los siete últimos años, en los que trabajó con afectados por el VIH. “Lo más duro era ver a los enfermos de sida en las chozas, en sus pueblos, callados, silenciosos, sin quejarse, cuando a lo mejor estaban deshechos humanamente. No me gustaba dejar que vieran a los enfermos en ese estado para respetar su dignidad. Yo creo que ningún ser humano debería morir así”.

Así, en 1999 Amparo fue destinada a la diócesis de Lilongwe para poner en marcha un home based care, un programa de atención domiciliaria para enfermos de sida, prácticamente partiendo desde cero. “Empezamos a organizar grupos, a explicarles lo que era el virus, cómo podían contagiarse, porque en África apenas se conocía lo que era el sida. Ellos pensaban, simplemente, que se ponían enfermos y se morían y que eso podía ser como consecuencia de que habían hecho algo malo”. Ésa fue una de las primeras dificultades con las que se encontró: romper tabúes y convencer a la población de que se hicieran el test para saber si tenían el VIH. Otro de los problemas era que, inicialmente, sólo podían tratar las conocidas como enfermedades “oportunistas”, contraídas por los afectados por el virus: tuberculosis, meningitis, toxoplasmosis…

Pioneros

Poco a poco, este programa, pionero en el país, fue creciendo y pasó de una primera etapa de formación, donde se transmitían –fundamentalmente a las mujeres, que eran las más activas en las parroquias– algunos conocimientos básicos (cuáles son los síntomas más frecuentes o cómo cuidar a los enfermos), a una fase de formación, en la que se empezó a enseñar a enfermeras que se ofre-
cían a colaborar durante sus ratos libres. El programa llegó a tener unos 600 voluntarios, repartidos por unos tres distritos del país, y gracias a la colaboración de algunas organizaciones, como Manos Unidas, pudieron empezar a llevar alimentos y medicinas a las distintas parroquias.

Estas tareas se complementaban con la prevención. Pero, a diferencia de quienes apostaban sólo por el preservativo como único medio para evitar el contagio, “desde el home based care promulgábamos la abstinencia y la prevención, una prevención que empezamos a realizar a través de las religiosas en las escuelas, incluso antes de que se permitiera hablar de la enfermedad”. El programa dio un giro importante cuando se abrió un departamento dedicado al tratamiento del sida en el hospital de Lilongwe: la Life House.

A partir de ese momento, un médico de gran prestigio en el país por haber aplicado con éxito un programa contra la tuberculosis, Anthony Harris, se hizo cargo del proyecto. Así, entre los años 2003 y 2004 se empezaron a repartir medicamentos retrovirales. Con gran satisfacción, Amparo Cuesta asegura que, actualmente, unas 400.000 personas reciben gradualmente los retrovirales en el país. “Ya no existe ese miedo a que les detecten la enfermedad. La calidad de vida les ha mejorado muchísimo”.

Tras su etapa en Malawi, la misionera pasó un año en Argelia, donde se hizo cargo de una biblioteca de Ciencias Humanas que las Hermanas Blancas tienen en Argel. Ahora, de vuelta en España y a la espera de conocer su próximo destino, sigue recordando con nostalgia “los paisajes de Malawi, las puestas de sol, las flores (…). Pero, sobre todo, recuerdo a la gente. Allí todas las relaciones son más naturales, la vida es más sencilla, vives más en contacto con la naturaleza, se necesitan más los unos a los otros”.

En esencia

Una película: Memorias de África, de Sydney Pollack.

Un libro: Mil soles espléndidos, de Khaled Hosseini.

Una canción: Esta tarde vi llover, de Armando Manzanero.

Un deporte: la natación.

Un rincón del mundo: Malawi.

Un deseo frustrado: haber tenido más vidas para haber estado en más lugares.

Un recuerdo de la infancia: mi abuela María.

Una aspiración: que África sea un continente con las mismas oportunidades que Europa.

Una persona: mi madre.

La última alegría: el nacimiento de mi último sobrino.

La mayor tristeza: dejar Malawi.

Un sueño: que se encuentre la vacuna del sida.

Un regalo: un libro.

Un valor: la fe en Dios.

Que me recuerden porque: tuve muchos amigos y compartí la vida de los otros.

En el nº 2.686 de Vida Nueva.

Actualizado
04/12/2009
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