Marco Gordillo: “El Sur tiene derecho al desarrollo sostenible”

Coordinador de Campañas de Manos Unidas

Marco-GordilloP(Miguel Ángel Malavia– Foto: Luis Medina) Mexicano (Puebla, 1966), casado y con dos hijos, Marco Gordillo ha pasado por multitud de países movido por una vocación: la solidaridad con el prójimo. Como coordinador de Campañas de Manos Unidas, en los últimos meses anda enfrascado en la última, que vincula Desarrollo y Justicia Climática. Habla con gesto pausado, aunque transmite pasión y convicción.

¿De dónde le viene esa llama solidaria? Marco recuerda con una sonrisa el primer viaje de Juan Pablo II. Fue a Puebla –“a dos calles de mi casa”–, en 1979, al año de ser elegido como Papa, con motivo de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. A sus 13 años, le impresionó: “Significó algo muy grande. Pero lo mejor fue el propio Documento de Puebla, que apostó por situarse con los más desfavorecidos y luchar contra la injusticia”. Todo ello le influyó, pero el paso decisivo llegó más tarde. “Cuando cumplí 18 años contemplé la realidad del mundo y tomé conciencia de que la injusticia y la desigualdad que lo marcan están producidas por decisiones humanas, egoístas, no por pura casualidad. Había que situarse y tomé partido”.

Vocación solidaria

Y así lo hizo: ingresó en los Misioneros del Espíritu Santo, llegando al cabo del año a la sede madrileña de la congregación. Así, fue a través de la vida consagrada por donde pudo expresar su potente vocación solidaria. Algo que no cambió en 1996, cuando decidió secularizarse. Seguía teniendo la misma ansia por ayudar a los demás. Fue entonces cuando entró en Manos Unidas. Desde ese momento y a lo largo de la siguiente década, participó activamente en proyectos de desarrollo por numerosos países latinoamericanos, especialmente, en Brasil y su México natal. “Fueron años de estar muy cerca de la gente, descubriendo los rincones más desconocidos, ofreciendo esperanza a los más pobres”, recuerda emocionado, a la vez que no duda en asegurar que “ése era el alimento que me motivaba”. Y que lo sigue siendo, aunque desde otra perspectiva. En 2008 fue nombrado coordinador de Campañas de Manos Unidas. Desde esa posición, no tan a pie de campo, sí tiene mayor capacidad global de influir y concienciar a la sociedad.

Y es lo que está haciendo con su última campaña: “Buscamos que la gente entienda la íntima conexión que hay entre los conceptos de cambio climático, justicia y desarrollo”. Eso es lo que responde cuando le preguntan qué tiene que ver Manos Unidas con una causa ‘ecologista’ como la denuncia del calentamiento del planeta. Como explica, la relación es directa y, cómo no, producida por el ser humano: “Lo que pasa es fruto del modelo de desarrollo imperante. La sociedad de consumo, en su búsqueda del máximo beneficio, aplica una explotación de la naturaleza irracional e ilimitada. Eso perjudica a la naturaleza y al propio hombre”. Especialmente, a los habitantes de los países más pobres, dándose una situación que él califica de “injusticia climática”, y que mantiene este esquema: los países pobres no han contribuido a ese problema, pero sí serán los que lo sufran principalmente, pues no tienen los medios para hacerle frente y están situados, generalmente, en los espacios geográficos más vulnerables a él.

Así, su propuesta es clara, instalada por la lógica en la exigencia: “Los pueblos del Sur tienen derecho al desarrollo sostenible en el empleo de los recursos naturales. No piden favores, es un derecho”. Con esta lógica aplastante, se busca concienciar a la sociedad de que exigencias como la apuesta por las energías renovables o la reducción en la emisión de gases de efecto invernadero forman parte del mismo grito contra la injusticia social que mata a millones de personas de hambre.

En esencia

Una película: Master and Commander, de Peter Weir.

Un libro: La construcción social de la realidad, de Berger y Luckmann.

Una canción: Imagine, de John Lennon.

Un deporte: el fútbol.

Un rincón del mundo: el barrio de Santa Teresa, en Río de Janeiro.

Un deseo frustrado: no tener tiempo para estudiar más.

Un recuerdo de la infancia: las tardes de juegos con mis cinco hermanos.

Una aspiración: ayudar con mi trabajo a que Manos Unidas sea más eficaz.

Una persona: Pedro Casaldáliga.

La última alegría: el nacimiento de mi segunda hija.

La mayor tristeza: cuando las personas no sabemos escucharnos y respetarnos.

Un sueño: que desaparezca el hambre.

Un valor: la verdad.

Que me recuerden por… mi solidaridad con los más desfavorecidos.

En el nº 2.685 de Vida Nueva.

Actualizado
27/11/2009
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