La ‘biografía humana’ de las catedrales españolas

Miguel Sobrino relata el maravilloso y desconocido origen de una veintena de templos catedralicios

Ávila

Ávila

(Juan Carlos Rodríguez) Puede que hayan transcurrido cinco u ocho siglos desde que se erigieron, pero las catedrales siguen siendo el emblema más reconocible en muchas de nuestras ciudades”, afirma el dibujante y escultor Miguel Sobrino (Madrid, 1967), autor de Catedrales. Las biografías desconocidas de los grandes templos de España (La Esfera de los Libros). Desde la “hecha, deshecha y rehecha” catedral de Ávila a la monumental seo zaragozana, Sobrino ofrece una visión atípica de nuestras catedrales, “no como una cansina sucesión de datos, fechas o estilos, sino narrando su biografía”. Biografía, sí; porque explora la gestación y supervivencia de esos templos como un ser vivo en constante evolución.

Miguel-Sobrino“La catedral suele verse a través de un cristal oscurecido por los tópicos; he querido reivindicar el valor humano de las catedrales, como imagen de las sociedades que las erigieron, para explorar algunas de las resonancias culturales que aún se escuchan en ellas y para intentar demostrar que la realidad de estos edificios es mucho más fascinante que su leyenda”.

Santiago

Santiago

Y la primera leyenda que desmonta Sobrino es la de una Edad Media oscura y supersticiosa, proyectada, por ejemplo, por novelas sobre la construcción de una iglesia o una catedral, preferiblemente gótica, alguna de ellas conocidos bestseller. “En todo caso, la visión seudoliteraria de una sociedad medieval ignorante y paupérrima, sacando fuerzas sobrehumanas de su flaqueza para erigir templos a Dios, es falsa. Más bien, la erección de estos edificios responde a una época de desarrollo social y económico; o, a veces, al deseo confiado de que éste tenga lugar, lo que no es poco”, afirma. Por tanto, hay también una falsa acepción de la catedral como escenario tenebroso (como el protagonizado en torno a las vidrieras de León), que revela una gran paradoja: el amplio interés acerca del “fenómeno catedralicio” en la literatura actual contrasta con una innegable ignorancia, según Sobrino: “A pesar de dicho interés y de su vigencia como símbolo ciudadano, la catedral continúa siendo una desconocida”.

El objetivo de este libro “es, sobre todo, provocar la curiosidad del lector”. Más allá del anecdotario que contiene –la “casa del campanero” de la catedral de Ávila, el “papamoscas” de Burgos o la “nave del Lagarto” de Sevilla–, Sobrino ha querido rehacer un itinerario histórico que trasciende la iglesia catedralicia, “porque una catedral no se acaba en el perímetro del templo, generalmente grande, que identificamos como tal”, y lo expande a “las dependencias anexas (claustro, sala capitular, sacristía, librería, archivo, cerería, capillas, audiencia…), a las que hay que sumar el barrio donde vivían los canónigos, así como el cementerio; el hospital o el comedor de caridad gestionado por el cabildo; la residencia-escuela de los niños del coro; el palacio del obispo, unido en ciertos casos a la catedral por un pasadizo elevado; la cárcel y hasta el baño”.

Burgos

Burgos

Es decir, pone al complejo catedralicio en su contexto y a la bulliciosa actividad que generaba como núcleo social o académico, e incluso comercial. “La catedral, en fin, constituía la gran plaza cubierta de la ciudad medieval, donde ocurría todo lo que entre los hombres suele ocurrir, todo ello presidido, claro está, por los oficios religiosos; esto sucedía igualmente en las ágoras griegas o en los foros romanos, donde, aun a cielo abierto, la actividad cívica y mercantil se encontraba siempre a la sombra de la silueta predominante de un templo”. Por ello, quizás, afirma: “Hay que insistir en que uno de los aspectos clave de las catedrales era la apertura de todas sus puertas, por las que cruzara de un lado a otro quien lo deseara. De ahí viene el nombre del crucero. O la girola y el transcoro, a través de los cuales se rodeaba. La catedral medieval era una prolongación de las calles”. Esto da pie a Sobrino a oponerse al uso del templo como espacio casi exclusivamente museístico: “Sobre todo porque le resta vida”. Y lo explica: “Ciertas catedrales, como las de Santiago, Oviedo y León siguen hoy abiertas a quien quiera entrar, y sólo se cobra entrada, como siempre se ha hecho, a quien desee visitar los museos diocesanos, que desde luego es otra cosa. Pero pagar por el acceso a los propios templos resulta indignante. Sé que sembrará polémica, pero va contra la razón y la historia. Si la Iglesia quisiese volver a dotar de sentido a estos grandes templos, tendría que abrir sus puertas”.

Palma

Palma

Pero no de cualquier forma. Sobrino lanza la propuesta de una catedral transformada en centro social, de formación de artesanos, de taller-escuela, en conservatorio coral, en centro cultural con distintos cursos: desde técnicas de pintura al fresco a cantería o fotografía. “Sé que la palabra suena mal, pero era así: eran verdaderos centros multiusos. Los grandes edificios del Antiguo Régimen, catedrales o palacios, suponen pequeños resúmenes del mundo, y su reducción a objetos histórico-artísticos los despoja inevitablemente de toda su carga humana y significativa”.

Sobrino también da cuenta de la existencia de un grupo de catedrales pertenecientes a una tipografía que, de algún modo, estaba “silbándonos en los oídos”, como afirma: la de la catedral palatina, que describe como “aquella que comprende en su mismo proyecto espacios dedicados expresamente a los monarcas que contribuían a su financiación, y que solía estar conectada físicamente con un palacio real vecino”.

Valencia

Valencia

Como la relación de la monarquía con las obras catedralicias es constante, el principal documento que sirve para distinguir este tipo es la forma peculiar que presentan estos templos. Barcelona supone, en España y fuera, el máximo ejemplo, que, según el autor, podrá ir aumentando con otras, entre ellas  Ávila, Santiago y Pamplona. El poder resulta poca cosa sin una arquitectura que lo legitime y una liturgia que lo eleve a ojos de los hombres, y a ese respecto, cualquiera de los poderes actuales (político, judicial o militar) conserva una prosopopeya ritual que nos recuerda aquellos actos que envolvían la actividad del antiguo clero catedralicio.

León

León

En la obra, el autor insiste en el proceso constructivo de las catedrales, sus materiales y su conservación. Y pide que se conserven desde el conocimiento. “Nuestras catedrales llegaron intactas al siglo XIX, y ha sido sobre todo en el s. XX cuando se ha producido un expolio terrible, muchas veces desde la ignorancia. Por ejemplo, la decisión de eliminar los coros que se inició en 1901 con el de Oviedo, apelando a la estética diáfana del modelo francés, cuando simplemente éste no existe, es un modelo equivocado, porque la gran mayoría de las catedrales francesas también tenían coro, lo que ocurre es que entre las guerras de religión y la Revolución desaparecieron”.

jcrodriguez@vidanueva.es

En el nº 2.677 de Vida Nueva.

Actualizado
02/10/2009
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