Emilio José Gómez Ciriano: “La Iglesia es pionera en el reto de la inmigración”

Profesor y cooperante

pedro-j-gomez(Texto: Marina de Miguel– Foto: Luis Medina) La gente no tiene tiempo para encontrarse. No puede ver al otro, reconocerle y entrar en contacto; esto hace que se vuelva prescindible y se cree distancia e inseguridad”. Nadando por unos instantes contra el férreo dictamen de las prisas, Vida Nueva se acerca a Emilio José Gómez Ciriano, profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha (Escuela Universitaria de Trabajo Social de Cuenca) y cooperante en diversas organizaciones sociales dedicadas a la defensa de los derechos fundamentales de los inmigrantes (Cáritas, Red Acoge, Interculturalia…), para construir un espacio donde poder cuestionar lo incuestionable y eliminar las barreras que impiden acoger a quienes tan sólo vienen a España en busca de una oportunidad.

Hace falta crear una nueva cultura de la acogida, que pase precisamente por el encuentro de las personas, por buscar una sociedad de dimensiones humanas, de dignidad, respeto, cuidado y encuentro”, y recuerda que antiguamente la gente se movilizaba y trabajaba conjuntamente para sacar adelante diversas propuestas. Vecino del barrio madrileño de La Elipa, donde, asegura, se conserva ese espíritu de convivencia que predominaba en el Madrid de los años 60, ve con preocupación cómo en los nuevos desarrollos urbanísticos no existen los crisoles ciudadanos que eran las plazas, por lo que la gente sólo puede encontrarse en los centros comerciales, donde se exhibe la capacidad de compra. “Vivimos tiempos confusos -sigue-. En este momento de crisis hay inseguridad, lo que provoca el racismo y la xenofobia. Me resulta preocupante que alguien aproveche esta situación para crear nuevos chivos expiatorios”.

En este contexto considera que las nuevas leyes de Extranjería, que tantas polémicas han causado en toda Europa, vulneran la dignidad del ser humano. “Están al servicio de un sistema radicalmente injusto que sólo piensa en el bienestar de unos pocos, los que vivimos en el Norte”, apunta, indicando que los pobres son funcionales, queridos en la medida en que sirven para algo. 

Valores a salvo

Sin embargo, aunque los medios de comunicación sacudan al ciudadano día sí y día también con episodios de violencia, malos tratos e injusticia, mantiene la esperanza: “La hospitalidad y solidaridad no están en peligro porque cada vez hay más gente que se ha dado cuenta de que este modelo basado en el individualismo, en la competitividad, tiene los pies de barro”. En la protección de estos dos valores atribuye a la Iglesia un papel crucial ya que, a su juicio, “ha sido pionera en dar respuesta a los retos de la inmigración de forma muy positiva y propositiva”. Su deseo de colaborar en la construcción de un nuevo edificio social, que ofrezca amparo a todo aquél que llame a su puerta, está plasmado en el libro Aquí sí hay quien viva (PPC). También fue la razón por la que desembarcó en la universidad: “Es el espacio donde asomarte al mundo, donde trabajar con los alumnos para que puedan alcanzar la lucidez necesaria para interpretar la realidad, involucrarse en ella y convertirla en más humanizada”.

La tarea del educador consiste, así, en provocar a las nuevas generaciones. “No estoy en la universidad para dar las claves que hagan que el estudiante funcione automáticamente, sino para aportar las que posibiliten que pregunte, encuentre sus respuestas y, en función de ellas, construya su personalidad e identidad, además de implicarse en el mundo”.

Es el camino más difícil, reconoce, pero la única forma posible para que ellos sean tan “astutos como serpientes y sencillos como palomas”(Mt 10,16). “Sólo así podrán ir contra el sistema -remata- y tomar el relevo de quienes están construyendo un mundo bastante desilusionante”. 

En esencia

Una película: Lugares comunes, de Adolfo Aristarain.

Un libro: En pie de paz, de Federico Mayor Zaragoza.

Una canción: Somos mucho más que dos, de Nacha Guevara.

Un recuerdo de la infancia: los tiempos pasados con mis abuelos en vacaciones.

Un lugar del mundo: Madrid.

Un deporte: caminar.

Una persona: mi mujer.

La última alegría: el nacimiento de mi hijo Jaime.

La mayor tristeza: ver cómo sigue habiendo tanta injusticia en el mundo.

Una aspiración: vivir con hondura y en honradez con la realidad.

Un regalo: el tiempo que me toca vivir.

Un sueño: un orden mundial regido por el respeto a los derechos humanos.

Una deseo frustrado: no tengo ninguno.

Un valor: la confianza.

Que me recuerden por… ser una persona coherente.

En el nº 2.669 de Vida Nueva.

Actualizado
17/07/2009
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