María Antonia Fernández: “He aprendido y disfrutado mucho”

Casi medio siglo en PPC

m-antonia-fdez(Texto: Juan Rubio– Foto: Javier Calbet) Paso detenido, amplia sonrisa, serenidad en la gestión de los asuntos y mucha discreción. Ha sido casi medio siglo viéndolas venir, viéndolas llegar y viéndolas pasar. Se aprende mucho. Estuvo atenta a su trabajo, a sus compañeros y a su segundo hogar que fue PPC, la empresa editora de este semanario. “He estado en todos los departamentos de la casa menos en Vida Nueva“, matiza. Empezó en Pax y casi todo el tiempo ha trabajado en Ediciones. PPC ha sido su casa durante 44 años, y a esta editorial le ha dedicado muchas horas con los viejos sistemas y con los nuevos, siempre aprendiendo. Con la edad le llegó la “hoja roja” de la que hablaba Delibes, la jubilación laboral, y no quiere que el tiempo pase raudo, sino lento…

Pone cara al tiempo. A Mª Antonia Fernández Benítez le ha costado irse de la casa y le ha costado que le hagamos este pequeño homenaje, un rincón en la revista que semana a semana ha pasado por sus manos, pero en la que no ha trabajado directamente, aunque sí con quienes en ella lo han hecho. Aprecia y valora su ritmo, su valor en la Iglesia y en el mundo. Ha sido testigo de su devenir durante casi toda su vida. Conoció a todos los directores y a todos los periodistas que aquí dejaron su huella. Se resiste a tener un hueco entre sus páginas: “Yo no he hecho nada. Solamente lo que cualquier secretaria: apoyar al departamento, eficacia en cuanto se puede, coordinación y tranquilidad en los momentos difíciles, que siempre los hay. He aprendido mucho a trabajar en equipo porque el trabajo es, al final, el conjunto del esfuerzo de todas las personas que forman el equipo”, asegura el día antes de cerrar su cuenta de correo electrónico, recoger sus cosas personales y dejar el testigo a su sucesora.

Por favor, ¿no lo podríamos dejar? A mí me da mucha vergüenza, no tengo nada importante que decir. He disfrutado mucho con mi trabajo y he aprendido de todo el mundo. Quiero marcharme tranquila y con el corazón lleno de alegría y cariño de todos. Piénsatelo, por favor”. Éste es el correo escueto que me envía María Antonia pocas horas antes de jubilarse como secretaria de PPC. Y la verdad es que me lo pienso para no dañar su modestia de mujer sencilla, sonriente, afable y muy diligente. Me lo pienso bien y me pongo a escribir de las cosas que me va respondiendo. Pero no lo dejo porque hay cosas en este sencillo e-mail que encarnan una enorme sabiduría: “No tengo nada importante que decir”; “he disfrutado mucho con mi trabajo y he aprendido”; “me voy con el corazón lleno de alegría”. Todo un resumen de su vida laboral: disfrutar del trabajo aprendiendo y siendo feliz. La lección la da, casi sin pensarlo, mientras me pide que no escriba estas líneas.

Ojos abiertos

Mª Antonia es cordobesa, curtida con los aires de la Sierra de Cabra, el pueblo del que salió sin entenderlo, con sólo ocho años, como tantos otros andaluces. Después se casó con un granadino, Juan Segundo, con quien tiene cuatro hijos y una nieta. “Éramos muy jóvenes y veníamos con muchas ganas de aprender y con unos ojos muy abiertos a todo lo que se avecinaba”. Y empezó a trabajar con otras jóvenes, en un lugar como PPC, que ha sido un ventanal de los cambios del mundo y de la Iglesia. Se avecinaban muchos cambios: el Concilio, la Transición, el cambio de siglo. Estuvo abierta a lo que se avecinaba, fueron llegando muchas cosas, y todas las afrontó aprendiendo y valorando el sabor de lo humano en un trabajo bien hecho. Ahora le quedan horas para la familia, el teatro, su afición favorita, y el nuevo aprendizaje en la Universidad para Mayores. Desde Vida Nueva, gracias, Mª Antonia.

En esencia

Una película: El hijo de la novia, de Juan José Campanella.

Un libro: Los pilares de la tierra y muchos más; la lectura es mi vicio.

Una canción: el bolero Toda una vida.

Un rincón: debajo de un pino adonde iba con los niños cuando eran pequeños.

Un recuerdo de infancia: cuando nos vinimos de Andalucía a Madrid, sin entender por qué.

Un deseo frustrado: ninguno, afortunadamente

La última alegría: el nacimiento de mi nieta Paula.

Un sueño: disfrutar de mi jubilación.

Una persona: mi hermana, que murió hace años.

Un valor: la amistad.

El momento más feliz: cuando me casé.

Que me recuerden por… me da yuyu, soy muy supersticiosa.

En el nº 2.664 de Vida Nueva.

Actualizado
12/06/2009
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