Lidia Rovira Biada: “Los que sufren me acercan a Dios”

Misionera seglar en Honduras

lidia-rovira(Javier F. Martín) “Tal vez no viví en mí mismo; tal vez viví la vida de los otros”. Pablo Neruda inicia así sus memorias Confieso que he vivido. Y así podría comenzar a escribirse la historia de tantos y tantos que entregan su vida por los demás. Sin embargo, nadie vive la vida de los otros, cada historia es particular. Lidia Rovira (Barcelona, 1974) estudió en el ‘Jesús y María’ y después Educación Infantil y Psicopedagogía. “Recuerdo que cuando estaba en el cole y nos pasaban diapositivas de las misiones, soñaba con poder ir algún día. Pero entonces era como un sueño, no existía la posibilidad de ir como laica”.

Hasta aquí, la parte común de lo experimentado por decenas, centenares, quizá miles de misioneros que deciden salir al encuentro de los que menos tienen al ‘primer mundo’ del amor al prójimo. Las diferencias comienzan a establecerse a partir de esa reflexión inicial. En 1996 decide ir a Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), una experiencia que “me marcó mucho, a pesar de lo duro de la realidad en la que me encontraba. Sin embargo, me sentía viva de pies a cabeza, ellos despertaban lo mejor que hay en mí, lo activaron”. Fue allí donde descubrió “más a fondo mi vocación de servir a los demás. Tenía claro que no quería ir a hacer un voluntariado y luego volverme a casa. Quería vivir y compartir con ellos, ser uno más”. 

Una segunda experiencia misionera en Bolivia, un curso escolar en Ebebiyin (Guinea Ecuatorial) o el trabajo con niños en Almería preludian el futuro de Lidia, que comienza, a través de varios vericuetos, a encaminarse hacia Honduras, adonde llega en 2003.

Vivir el presente

Desde entonces vive entregada a niños y niñas de las barriadas marginales de Tegucigalpa. “Aquí me he dado cuenta de que me siento feliz porque vivo el presente, lo valoro y lo siento en lo más profundo de mí. No pienso en el futuro, en lo que voy a hacer con mi vida, ni siento nostalgia por el pasado. Vivo el hoy, que es lo único que existe”, señala Rovira, quien se define -ante todo- como una persona afortunada: “Tengo la suerte de estar y convivir con tanta y tanta gente que me demuestra día a día que la riqueza no está en lo que uno tiene, sino en lo que uno es”. ¿Por eso estás con ellos? La respuesta, contundente: “Los que sufren me acercan a Dios”.

La misión en la que trabaja Lidia pone el acento en el acompañamiento al pueblo en medio de las dificultades: “Es aquí, donde la humildad y la sencillez son el pan de cada día, en la cara más dura de la realidad, donde puedes verlo todo más claro, fuera de todo engaño. La sociedad moderna en la que vivimos quiere apartarnos de la realidad, confundirnos y crearnos unas necesidades que no sirven para nada, sólo para engordar nuestro egoísmo y alejarnos de la verdad, de la verdadera felicidad. ¡Como si la felicidad se pudiera comprar!”. Una realidad que, además, le ha acercado el rostro de “una Iglesia comprometida con los más pobres, voz de los sin voz, que denuncia las injusticias y proclama la verdad. Y hay todavía personas, y muchos mártires que han muerto por ello, que me alientan y me ayudan a no perder la esperanza, a creer que es posible un mundo para todos”.

Lidia, que no precisa de “grandes cosas para ser feliz”, ahonda en las bondades que supone para uno mismo el trabajo con los que menos tienen. Ahora, tras estar en España para recargar pilas, buscar ayuda para sus proyectos en Honduras, ver a la familia…, destaca que vuelve “más madura; valoro las cosas más importantes de la vida. Además, voy aprendiendo a ser humilde, a dejarlo todo en las manos de Dios, a confiar en Él. Parece sencillo, pero son muchas las veces que tomo las riendas por mi cuenta, me creo autosuficiente y me empeño en que se haga mi voluntad. Entre otras cosas, he descubierto que no se trata tanto de dar a los pobres, sino de hacernos pobres con ellos. Aprender de ellos y comprometerse con ellos”.

Ya me he dado cuenta de que no puedo cambiar el mundo”, afirma sin rubor Lidia, reconociendo sus limitaciones en el intento de transformar la sociedad. Otros ni siquiera tienen el coraje de intentarlo. Ésa es ‘la vida de los otros’.

En esencia

Una película: Voces inocentes, de Luis Mandoki.

Un libro: La ciudad de la alegría, de D. Lapierre.

Una canción: Sé feliz… es gratis, de Rosana.

Un rincón del mundo: allí donde el corazón me lleve.

Un deseo frustrado: mientras hay vida hay esperanza.

Un recuerdo de la infancia: los domingos en Alella.

Una aspiración: convertir las dificultades en oportunidades.

Una persona: Gandhi.

La última alegría: reencontrarme con mi familia y mis amigos.

La mayor tristeza: no valorar lo que tenemos, pensar que la riqueza está en el tener y no en el ser, no ver más allá de uno mismo.

Un sueño: un mundo con igualdad de oportunidades para todos.

Un regalo: la amistad.

Un valor: justicia para la paz.

Que me recuerden por… ¡haber vivido!

En el nº 2.656 de Vida Nueva.

Actualizado
17/04/2009
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