Germán Arconada: “Durante toda la vida, Dios es perdón”

Misionero en Burundi

german-arconada(Texto y foto: Javier F. Martín) “Siento que ahora hablo con más cariño de Dios que hace unos años. Un día me enteré de que Dios me había querido desde siempre. Y si Dios me ha perdonado a pesar de mis fallos, yo también tengo que perdonar a otros que tengan fallos”. Así habla Germán Arconada, Misionero de África (PP. Blancos), que desde hace 45 años desarrolla su misión en Burundi, uno de los países más pobres del planeta, nación zarandeada hace más de una década por la guerra que enfrentó a hutus y tutsis en este país y en la vecina Ruanda, y en el que el progreso es poco menos que una utopía. Sin embargo, Germán redimensiona la realidad de este pueblo. Y para ello, toma las palabras de la burundesa Marguérite Barankitse: “Se dice que Burundi es el tercer país a la cola del mundo. Pero, ¿sobre qué criterios? Es que esto se calcula únicamente sobre lo material. ¿Es eso lo único que cuenta? Tenemos que mirar al hombre no por la cantidad de dinero que posee, sino por la cantidad de amor que tiene, que hay en su corazón. Y ahí Burundi está en los puestos de cabeza del mundo”.

No está siendo fácil alcanzar ese lugar de privilegio en el ránking para un pueblo en el que la guerra inoculó el odio entre ruandeses y burundeses, ya fueran éstos hutus o tutsis. Por ello, Germán Arconada, con su mirar sincero y auténtico, se empeña en cultivar un valor fundamental, el perdón, porque “el perdón es una forma de amar. Cuando se entiende bien el perdón, es la mejor manera de amar porque, en el fondo, todos somos débiles y sin perdón no puede haber amor. Dios nos quiere, aunque sabe que somos débiles. En ocasiones, es muy difícil amar a alguien cuando sabemos que tiene debilidades. Por este motivo, el perdón sólo se puede conseguir desde la referencia a Dios, que nos perdona desde nuestra debilidad. El perdón es el amor práctico, es la flor del amor. Amar no es sólo olvidar, sino que es decir ‘no te acuso en tu debilidad, reconozco tu debilidad y te voy a ayudar a salir de ahí’. El perdón es encantador”.

Programa de vida

Dios, amor, perdón y reconciliación. Éste puede ser el programa de vida de Germán Arconada, al que habría que añadir la capacidad de sorpresa, aunque resulte difícil de comprender en un hombre que se ha pasado “toda la vida” en un foco permanente de conflictos. Pero él se explica: “Dios te sorprende, y me dejo sorprender por él, y eso es una maravilla”. Y reconoce que cada vez le sorpende más. Cuando se le pregunta “¿Cómo?”, él explica: “Hemos decidido construir una escuela, y más de cien personas han traído piedras con sus bicicletas, chicas trayendo piedras encima de sus cabezas, ¡y los ves con unas ganas de vivir enormes! Para ellos el primer regalo no es la escuela; para ellos el primer regalo es la Iglesia, porque en la Iglesia reciben esperanza, tienen la experiencia de un Dios que les reconforta y les invita al amor. Si la fe está bien explicada, la Iglesia invita a la conversión, al perdón, a la fraternidad, a la solidaridad”.

Cada día celebra celebra misa a las seis y media de la mañana para sus feligreses. “Soy un afortunado, porque por mi trabajo tengo que leer y explicar la Palabra de Dios, pero no soy ni un superhombre ni alguien mejor que los demás”. Y se siente querido por Dios. ¿Y cómo se descubre que Dios le quiere a uno desde siempre? “Bueno, es una gracia, no lo descubres estudiando. Descubres que vives tu vida encerrado en ti mismo, buscándote a ti mismo, y en un momento dado te preguntas por qué Dios no te ha ‘dado una patada’ y ha dicho que ya estaba harto de ti. Y Dios no ha estado harto, sino que te da la vida; no te da una patada, sino que te perdona. Es una maravilla. Dios no tiene un calendario que dice ‘hasta aquí, cuando pases esta raya me olvido de ti’. No, Dios durante toda la vida es perdón”.

En esencia

Una película: La vida es bella.

Un libro: La vida de Jesús, de Martín Descalzo.

Una canción: Viva la gente.

Un rincón del mundo: Tenga, en Burundi.

Un deseo frustrado: ser sacerdote médico.

Un recuerdo de la infancia: vender calendarios para las misiones en mi pueblo.

Una aspiración: estar muy cerca de la gente.

Una persona: Jesús de Nazaret.

La última alegría: ver a los pobres colaborando en su desarrollo.

La mayor tristeza: comprobar cuánta gente no ha comprendido que Dios es amor.

Un sueño: que todo el mundo se perdone.

Un regalo: que todo el mundo esté convencido de que Dios le quiere.

Un valor: saber perdonar.

Que me recuerden por… haber acompañado a alguien en su apertura a Dios.

En el nº 2.653 de Vida Nueva.

Actualizado
20/03/2009
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