Maria Walter: “Pensar en mi hijo me da fuerzas para luchar”

Coautora del libro ‘Cartas del Sur al Norte’

maria-walter(María Gómez. Foto: Luis Medina) “Me llamo Maria, tengo 28 años y soy de Nigeria, y mi historia es muy larga, muy triste y muy difícil. ¿De verdad quieres que te la cuente?”. Maria Walter empieza a narrar, con tanta naturalidad como crudeza, su historia, la que comienza cuando le dio una “locura” y decidió irse de casa. Habla en un castellano atropellado pero correcto, apoyando la exposición con sus gestos y alternando las palabras con breves silencios, no para buscar el término adecuado, sino para tragarse las lágrimas. “Vine a Europa a través del desierto, en un camino largo y difícil, no todos llegaron a su destino. Llevábamos provisiones para una semana, y tardamos tres en llegar. Ver a una persona que está ahí, a tu lado, y ver que se está cayendo, que se muere, y tú no puedes hacer nada… es horrible”.

Malo fue caminar por el desierto hasta Marruecos, y peor sortear el trecho por mar hasta Cádiz, “en patera, en una noche oscura. Tuvimos un accidente y murieron 22 personas. Aún me emociono al recordarlo”. Desnuda y aterrorizada, fue atendida por la Cruz Roja y separada del resto de sus compañeros, porque a las embarazadas se las llevan aparte. Porque Maria, que entonces tenía 22 años, que estaba sola y que no sabía el idioma, venía embarazada de siete meses. “Es gracias a mi hijo que tengo la oportunidad de estar en España, y es lo único que tengo aquí”.

Todos los capítulos de su relato son angustiosos, como cuando la mujer que le pagó el viaje quiso que abortara; cuando, después de dar a luz, intentó robarle al niño, o cuando la obligó a prostituirse. Pero ahora los citamos de pasada, sin profundizar en las miserias, que “siguen todavía en mi memoria”, porque lo que mejor describe a esta joven no es todo lo que ha sufrido, sino todo lo que ha luchado y lucha por salir adelante.

Actualmente vive en Vitoria, una ciudad que le gusta bastante, aunque se queja de que “es un poco cara”. “Madrid no me gusta mucho, va todo demasiado rápido, todo el mundo tiene prisa”, comenta, mientras pasea tranquila hacia el salón donde se presenta Cartas del Sur al Norte. 40 días con los 40 últimos (PPC, 2009), del que es coautora. Y al llegar exclama: “¡Cuánta gente! ¿Qué me querrán preguntar?”. Se asusta, pero en realidad no le importa volver a describir los episodios más duros, con tal de dar a conocer su situación. Ése es el motivo de que haya participado en este libro, en el que 40 personas procedentes de los 40 países con el Índice de Desarrollo Humano más bajo (casi todos en África y Asia) escriben una carta sobre su tierra, sus experiencias, sufrimientos y esperanzas, y que se enmarca en la habitual campaña solidaria de Cuaresma de los marianistas.

En la balanza

La carta de Maria se titula ‘Siento que todo este esfuerzo no me ha servido para nada’. “Es que estoy agotada. Llevo cinco años aquí, y para conseguir los papeles necesito un trabajo, así que hago cursos y me formo todo lo que puedo. Soy camarera, pero no encuentro trabajo porque no tengo papeles; para que me los den necesito un trabajo, así que sigo haciendo cursos… Es como una balanza que se inclina, ahora parece que sí, ahora no. Por suerte, me acaba de tocar una vivienda en un sorteo del Gobierno vasco. Pero a mi hijo lo tiene la Diputación de Álava porque estoy amenazada de muerte [de ahí que ocultemos su rostro], y él también. Mi esperanza es pensar en mi hijo, y necesito que esté protegido. Si él está bien, mi cabeza se calma”. 

La respuesta que le gustaría recibir a su carta y que pondría un final feliz a su historia es una oferta laboral que le permita arreglar sus documentos y “ser independiente, como cualquier persona. No sueño con ser rica, sino con una vida normal, gane lo que gane”. Incluso le cuesta imaginar “ese día en que la Diputación me diga que puedo ir a por el niño. No puedo ni pensarlo… Será como volver a nacer”, desea. Después valorará si quiere regresar a su Nigeria natal, donde siguen su padre y hermanos. Les echa mucho de menos, “pero ahora estoy aquí y quiero tirar para adelante. No me voy a marchar porque todo sea muy difícil. No soy una persona que tira la toalla”.

En esencia

Una película: me gustan más los documentales…

Un libro: la Biblia.

Una canción: cualquiera cristiana.

Un rincón: cada lugar en el que vivo es especial.

Un recuerdo de la infancia: toda ella fue preciosa.

Una persona: mi madre, que me enseñó a luchar por los hijos.

La mayor tristeza: estar lejos de mi familia.

La última alegría: cuando di a luz.

Un sueño: tener a mi hijo conmigo, conseguir los papeles y reunirme con mi familia.

Un regalo: un trabajo.

Que me recuerden… como a una mujer luchadora.

En el nº 2.651 de Vida Nueva.

Actualizado
06/03/2009
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