Pedro Requejo Novoa: “El arte debe ayudarte a ser feliz”

Escultor

(Marina de Miguel) “Porque a todo el que tiene se le dará, y tendrá de sobra; pero al que no tiene, aun aquello que tiene se le quitará”. Pedro Requejo Novoa (Madrid, 1964) cree fielmente en la parábola de los talentos, por eso consagra el 70% de su vida, según confiesa, a la escultura: el ‘talento’ que le ha entregado Dios. Son muchas las obras que dan sobradas muestras de este don no desperdiciado: como la estatua de Pedro Poveda, que descansa en la Iglesia de San Antonio de los Alemanes (Madrid), el Quijote y Sancho que dialogan apaciblemente en un banco de Alcalá de Henares, el caballero medieval que recibe al visitante en la estación de Renfe, en Salamanca, o el homenaje de la ‘Libertad’ a las víctimas de ETA, en la madrileña plaza de la República Dominicana.

“Cuando de pequeño me preguntaban qué es lo que quería ser de mayor, siempre respondía escultor. No sé explicar bien la razón”. Su paso por la Facultad de Bellas Artes de Madrid fue el detonante para que esta temprana inquietud se hiciera realidad. Desde entonces, se mantiene firme a esta decisión, aunque reconoce haberse llevado algún que otro disgusto, como cada vez que se presenta ARCO, pues ve que lo que prima es “la novedad y la originalidad, el resto de valores no importa”. “Cuando tienes una escala de valores tarada, lo que logras es un resultado tarado. El arte debe ayudarte a ser más feliz, más completo”, añade. Por esa razón, considera que la fortaleza es la característica esencial para no dejarse llevar por las modas.

En su imaginario conviven animales, sueños, seres mitológicos… la vida en todas sus dimensiones. “Alguien decía que para mantenerse joven debía ser muy curioso. Mientras la curiosidad existe, el cerebro se mantiene despierto”. En este universo también están presentes obras de temática religiosa, en su mayoría encargos, pero a los que el artista ha sabido imprimir su propia impronta, hacerlos suyos. “Ha sido algo muy bonito, porque en vez de estudiar el material gráfico que había de cada uno, he buceado en algunos testimonios de su vida y obras, lo que me ha permitido descubrir personajes totalmente desconocidos”. En la soledad del estudio, mientras ideaba cómo vestir el recuerdo con la eternidad del bronce, ha conocido su ilimitada capacidad de amar, su entrega total a los demás. “Me ha hecho valorar la religión de otra manera, pues he visto valores que, aunque no los ignoraba, no los tenía en suficiente consideración. Sabía que existían, pero no había reflexionado profundamente sobre ellos”.

La beatífica y profunda mirada de Juan Pablo II, en el parque con el que Alcalá de Henares rinde tributo al pontífice, refleja ese insólito momento en el que la escultura cobra vida, empieza a respirar. “Afortunadamente, Dios nos ha dado un cuerpo, unas fronteras. Es tan digno que te da la capacidad de expresar lo que está detrás, simplemente con unos ojos, una nariz y una boca”.

Proyectos y utopías

Sin embargo, no es el artista el que tiene la última palabra, sino la misma obra, pues guía las manos y marca los caminos a seguir. “Cuando estás modelando tienes que ir tomando decisiones, así se va definiendo cada escultura”, asegura. De un motivo se podrían hacer diez versiones diferentes pero, si algo tiene claro es que “la vida es corta y el arte es largo”, por lo que hay que saber cuándo embarcarse en otro nuevo reto.

Por eso, tras insuflar vida a sus creaciones y acompañarlas hasta su nuevo hogar bajo las estrellas, se despide de ellas, dejándolas al cariño de los viandantes. Con ello abre su corazón y alma a nuevos proyectos y utopías: una escultura de Teresa de Calculta, la colección de animales que pronto expondrá en el Zoo de Madrid, la muestra que planea presentar en Roma…

EN ESENCIA

Una película: Hermano sol, hermana luna y Blade Runner.

Un libro: El barón rampante, de Italo Calvino.

Una canción: Here comes the sun (The Beatles).

Un rincón del mundo: mi pueblo, Villalbilla (Madrid).

Un deporte: la esgrima.

Un deseo frustrado: muchas esculturas que tengo sin hacer.

Un recuerdo de la infancia: una vez que iba a la escuela, vi un eclipse de sol y regresé a casa muy asustado.

Una aspiración: continuar.

Una persona: Jesucristo.

La última alegría: la última escultura que instalaron.

La mayor tristeza: la muerte.

Un sueño: esa escultura que no puedo nombrar por miedo a que no se haga realidad.

Un regalo: una flor, un animal. Algo natural.

Un valor: la fidelidad.

Me gustaría que me recordasen: como alguien que fue fiel a su vocación.

En el nº 2.648 de Vida Nueva.

Actualizado
13/02/2009
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