Sor María Victoria Triviño: “Todo se contesta desde la Palabra de Dios”

Clarisa y escritora

(Texto y foto: Glòria Carrizosa Servitje) Cuando sor María Victoria Triviño escuchó que se iba a celebrar el Sínodo de la Palabra, el pasado mes de octubre, supo que era el momento: “Toda mi vida he sido una enamorada de la Palabra de Dios, y éste era el momento de aportar lo que he vivido y he estudiado”, afirma con entusiasmo esta clarisa -nacida a la sombra de la Virgen del Pilar, en Zaragoza-, que desde hace dos años vive con su comunidad en el convento de Santa Clara de Balaguer (Lérida).

Cuando hay una situación que me hace reflexionar, estoy atenta, y todo se me ilumina con la Palabra. Uno puede tener un interrogante, una decisión que tomar, pero de la constancia en la oración llegan todas las respuestas”. La vida de sor Mª Victoria no ha sido un camino de rosas, pero en las etapas de dificultad, “la presencia de Dios en la Palabra y la Eucaristía me han alimentado y confortado”. Está de acuerdo con san Pedro de Alcántara en que las persecuciones más penosas de sufrir son las que vienen de “los buenos”: “El rechazo de ‘los buenos’ confunde, se tiene una sensación de abandono. Pero he creído sin vacilar que Dios me ama, aunque sus representantes me fuesen hostiles, aunque se apagasen todos los candiles”. Por los momentos de oscuridad en los que las respuestas tardaban en llegar, “doy gracias al Señor. Deseaba comprender por experiencia algo que santa Clara nos pide: la dulzura escondida. Creo que Dios me ha hecho ese regalo. He aprendido a perdonar, a conocerme mejor, a esperar momentos de reconciliación y a mantener la joya de la alegría, que nada ni nadie nos puede arrebatar”, confiesa.

En su último libro, La palabra en odres nuevos, presencia y latido (Desclée), “es la primera vez que he sacado mi interioridad. Trato de encontrar respuestas de sabiduría vitales desde las Sagradas Escrituras, con un lenguaje amable y actual”. La presentación fue en el Ayuntamiento de Balaguer y en el Instituto de Estudios Ilerdenses, en Lérida, con una gran afluencia de público, entre ellos, políticos de todos los colores que acogieron muy bien su escrito. “La presidenta de la comunidad de los judíos me felicitó. Este libro es como un viaje, y cada capítulo sería un cuento donde uno se entretiene y se queda sin prisa para ver lo que sucede”.

Precisamente, uno de los temas que preocupaban a los obispos en el Sínodo sobre la Palabra de Dios era lo aburridas que pueden ser las homilías dominicales. Un libro como el de Triviño puede aportar savia nueva: “Gente sencilla que lo ha empezado a leer me dice que, después de tantos años leyendo un pasaje de la Biblia, ahora lo han entendido. Yo interpreto los símbolos, sin fantasía, desde el sentimiento”. Por ejemplo, en el capítulo del Paraíso, “Adán culpa a Eva de haberle tentado a comer del fruto del árbol de la sabiduría. Si Adán hubiera permanecido fiel a su compañera, no le habría echado las culpas. Esto destruye la felicidad del paraíso y nos aleja de Dios”, afirma esta escritora con 34 libros a sus espaldas, la mayoría dedicados a santa Clara de Asís, cuya vida y espiritualidad siempre le han fascinado. 

Mª Victoria Triviño es una mujer sonriente, esperanzada, siempre en camino, sin mirar atrás. Apuesta por una cultura de la belleza que contrarreste “la cultura de lo feo, de lo deshilachado”. Para ello ha impulsado en su comunidad unas danzas hebreas muy bellas que se pueden contemplar, con gran entusiasmo por parte del público, cada domingo después de la misa de diez. “Intentamos encontrar el lenguaje, la alegría, el odre nuevo, y la danza es una bella expresión de espiritualidad”. La clarisa agradece también el gran apoyo que han recibido de su obispo, Joan Enric Vives.

En esencia

Una película: Chiara di Dio, de Carlo Tedeschi.

Un libro: la Biblia.

Una canción: el villancico Joia en el món.

Un deporte: subir montañas.

Un rincón del mundo: la Basílica de San Pablo Extramuros.

Un recuerdo de infancia: el día en que comprendí la vocación cristiana a la santidad y di sentido a mi vida.

Una aspiración: ser de Dios.

Un deseo frustrado: ninguno.

Una persona: mi padre.

La última alegría: la acogida de mi último libro por personas de muy diversa condición.

La mayor tristeza: las disensiones entre creyentes.

Un sueño: ¡Dios suscite profetas para enamorar a los jóvenes de la Verdad, la Bondad y la Belleza!

Un regalo: la Belleza.

Un valor: la fidelidad.

Que me recuerden por… la fidelidad a Dios, la autenticidad en mi vida religiosa y la alegría que nada ni nadie puede arrebatar.

En el nº 2.644 de Vida Nueva.

Actualizado
16/01/2009
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