Páginas llenas de Navidad

Todos los grandes escritores se han asomado al Misterio

(Juan Carlos Rodríguez) La Navidad es uno de esos temas consustanciales que está presente en cualquier literatura. Todos los grandes escritores le han dedicado al menos una página, más allá del sentimentalismo o la confesionalidad. Desde Oscar Wilde a Fedor Dostoiesvki, autor de Un árbol de Noel y una boda, una alegoría acerca de la esperanza y de la capacidad del ser humano de redimirse. Drama o comedia, la Navidad constituye una suerte de género, un alarde literario que, en sí mismo, contiene sus particularidades expresivas, desde la novela, la poesía, el teatro y, sobre manera, el cuento. La Navidad es la conmemoración del nacimiento del Niño Dios; no obstante, su significado se ha ido perdiendo para convertirse en un jolgorio, un juego de luces y de comercio.

Gabriel García Márquez escribió un pequeño cuento de Navidad, apenas conocido y sin demasiada ambición, publicado en la Revista Cubana de Aviación en 1993. Estas navidades siniestras es un crudo retrato contemporáneo: “Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tanto estruendo de cornetas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace dos mil años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran”.

Pero, “¡volvámonos buenos todos, ahora que se acerca la Santa Noche y perdonemos!”, escribió Luigi Pirandello en Navidad en el Rhin, un relato temprano, de 1896, cuando no le merodeaban seis personajes en busca de autor. La Navidad ha ejercido una influencia decisiva en el pensamiento y en las experiencias íntimas del hombre occidental. La literatura ha sido la herramienta más utilizada desde la Edad Media para ensartar historias en las que el hombre se redescubre a sí mismo, más dadivoso y benevolente, más consecuente. El famoso Cuento de Navidad de Charles Dickens, por ejemplo. Pero ni la literatura podrá rescatar el verdadero significado de la Navidad si éste no se encuentra en el corazón de los hombres. Escrita en 1843, esta novela corta dividida en cinco capítulos que han sido definidos como estrofas por su autor, desarrolla la historia de Ebenezer Scrooge, un avaro frío y calculador que, en Navidad, aprende a reír. Son los fantasmas de la Navidad pasada, presente y futura los que le hacen ver que “me habría gustado, lo confieso, gozar de la ingenua libertad de un niño y, no obstante, ser lo bastante hombre como para apreciar su valor”. Ebenezer Scrooge es un reflejo de todos nosotros y nos enseña cómo la única salida para vencer su futuro es aceptar las consecuencias de sus actos y tomar las riendas de su vida.

Es un patrón que se repite. La Navidad es tradición, memoria e infancia. Dylan Thomas escribió La Navidad de un niño en Gales, una conversación entrañable entre un abuelo y su nieto, rememorando navidades en la orilla de un pueblo costero: “Diciembre en mi memoria es blanco como Laponia, aunque no hubiera renos. Pero había gatos. Pacientes, crueles y calculadores, con las manos envueltas en calcetines, esperábamos alerta para tirarles bolas de nieve”. Son obras que regresan a los buenos sentimientos y la generosidad, ambientadas necesariamente en Navidad, con personajes desgraciados o desvalidos, que encuentran consuelo o se transforman. El cascanueces, de E.T.A. Hoffman, con los húsares haciendo frente al rey de los ratones, o La vendedora de fósforos, de Hans Christian Andersen, triste y doloroso como unos pies desnudos sobre la nieve. La magia y la fantasía están presentes, con un punto de terror incluso. Citemos: el rigor narrativo de Noche de Navidad, de Guy de Maupassant, con su gordo y altivo Henry Templier. El precioso Cuento de Navidad con el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas de Ray Bradbury. La ternura y desbordada imaginación de las Cartas de Papá Noel de J.R.R. Tolkien. Y también esa bella parábola de Oscar Wilde que es El gigante egoísta.

Es un paisaje de Navidad sentimental, heredado por el misterio de la literatura. Un paisaje de luces, abetos, filantropía, renos, muérdago, regalos y Santa Claus, Hermanos Grimm, Hans Christian Andersen. El deseo de Navidad de Pat Hobby, de Francis Scott Fitzgerald. Y hasta de El suplicio de Año Nuevo, que Anton Chejov compuso retratando las visitas de cortesía que se hacían a familiares y conocidos para felicitar el año nuevo en la Rusia zarista. De la esperanza y el fervor religioso de Nicolás Gogol en su Nochebuena al Truman Capote del cuento Una Navidad, que recrea autobiográficamente ese instante tenebroso en que alguien nos dice que Santa Claus o los Reyes Magos no existen. Pero él tenía una tía salvadora: “Por supuesto que Papá Noel existe. Sólo que es imposible que una sola persona haga todo lo que hace él. Por eso el Señor ha distribuido el trabajo entre todos nosotros. Por eso todo el mundo es Papá Noel. Yo lo soy. Tú lo eres. Incluso tu primo Billy Bob lo es. Ahora duérmete. Cuenta estrellas. Piensa en la cosa más apacible. Como la nieve…”.

Espíritu navideño católico

Habita, evidentemente, también otro espíritu navideño y católico de O. Henry en El regalo de los Reyes Magos o El árbol de Navidad del señor de Auvrigny, de Georges Lenôtre. Y, sobre todo, el de La adoración de los Reyes, de Valle-Inclán, Lo que lleva el Rey Gaspar, de Azorín, Nochebuena aristocrática, de Jacinto Benavente. Y de Bécquer, Clarín, Blasco Ibáñez, Francisco Ayala… quienes escribieron relatos que aún gozan de un aprecio indiscutible. Entre unos y otros componen el retrato de una sensibilidad, de la cual somos herederos y aún tenemos la responsabilidad de transmitir. Misa del Gallo, Nochebuena, villancicos, portal de Belén, Nochevieja, Reyes, hasta el Gordo del sorteo de Navidad… “Todos estos acontecimientos encuentran su lugar en estas narraciones, y su lectura es, además de un gozoso entretenimiento, un medio singular de mantenerlos vivos, de reconocer nuestra identidad cultural en las fiestas más hermosas del año”, afirma Rafael Alarcón Sierra, que ha recopilado relatos que van desde La Nochebuena del poeta, de Pedro Antonio de Alarcón, a La mula y el buey, de Benito Pérez Galdós. Y los numerosos que escribió Emilia Pardo Bazán con su naturalismo a lo Zola: Cuentos de Navidad y de Reyes, Nochebuena en el infierno, Cena de Navidad, Los santos Reyes…

Y América lo suscribe relato a relato. Las misas de Navidad del mexicano Manuel Gutiérrez Nájera, Cuento de Nochebuena del también modernista Rubén Darío y La adoración de los Reyes Magos del gran Manuel Mújica Lainez, inspirado en el cuadro de Rubens en el Museo del Prado. Hasta Horacio Quiroga, genio del cuento breve, que escribió Noche de Reyes o un Cuento laico de Navidad, luego corregido definitivamente como Navidad en el que da una vuelta al mito de Salomé y ya aparece un Judas traidor. Pero en el que hay una frase reveladora: “Por dicha es posible conciliar el amor y la fe en una misma ternura”. Relatos de Navidad, modelos literarios, arquetipos de un estilo y de un tiempo, de sus miserias y su bondad. En los protagonistas de la Navidad andamos escondidos. Todos llevamos encima un poco de la ingenuidad de los pastores y la cobardía de Pilato.

Algunas sugerencias navideñas

  • Cuentos europeos de Navidad, Editorial Clan, Madrid, 2005, 268 páginas.
  • Cuentos españoles de Navidad: De Bécquer a Galdós, Rafael Alarcón Sierra (ed.), Editorial Clan, Madrid, 1998.
  • Cuentos españoles de Navidad: De Valle Inclán a Ayala, Rafael Alarcón Sierra (ed.), Editorial Clan, Madrid, 2003.
  • Cuentos de Navidad, Marta Rivera de la Cruz (ed.), Espasa, 2001.

En el nº 2.641 de Vida Nueva.

Actualizado
19/12/2008
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