Bernadette W. Musundi: “Hay que canalizar la ayuda a África a través de la mujer”

Directora Ejecutiva de MYWO

(Texto: Victoria Lara. Fotos: Oficina de prensa del Opus Dei/V. Lara) La trayectoria de Bernadette Wanyonyi Musundi, tanto en el ámbito personal como profesional, es el mejor ejemplo de que, con esfuerzo y determinación, es posible derribar cualquier obstáculo. En un país como Kenia, donde, aun hoy, las mujeres no gozan de igualdad de oportunidades a la hora de acceder a la educación y al empleo, ella, procedente de una familia numerosa de pequeños agricultores, ha llegado a ocupar un importante cargo en el Gobierno de su país, como secretaria permanente en la Oficina del Vicepresidente del Ministerio de Asuntos Domésticos, Servicios Sociales, Patrimonio y Deportes. Hoy, alejada de esas responsabilidades que ella misma abandonó tras comprobar el nivel de corrupción de las altas instancias gubernamentales, es directora ejecutiva de MYWO, una organización no gubernamental para el desarrollo de las mujeres.

“Una de las razones por las que yo fui a la escuela fue para que mis hijos no tuvieran tantas dificultades como las que yo me encontré”, asegura. Pero ella no limita su esfuerzo al ámbito de su familia, por eso, en todos los puestos que ha ocupado ha luchado por los derechos de la mujer. Así, por ejemplo, en uno de sus primeros empleos en la Agencia Danesa de Cooperación Internacional (DANIDA), participó en la recaudación de fondos en los países escandinavos para operaciones destinadas al bienestar de las mujeres. Más tarde, entró en Cooperative Insurance Services (CIS), donde denunció la situación de las africanas que viven en zonas rurales y también trabajó como miembro del Comité Ejecutivo y vicepresidenta del Comité Internacional de Mujeres del International Cooperative Alliance (ICA).

En MYWO, organización cuya acción se calcula que llega a unos 24 millones de personas, la educación de las niñas es una de las principales actividades. En las zonas rurales, algo tan básico como el agua no está al alcance de las familias, y, por supuesto, tampoco hay centros médicos, ni escuelas. Pero también trabajan en la prevención de enfermedades como el sida, la malaria y el cáncer y, en general, en todo aquello que permita mejorar la calidad de vida de las mujeres. “Estamos convencidos de que hay que canalizar la ayuda a África a través de la mujer. Siempre se dice que si das 100 euros a un hombre, los invertirá en sus prioridades, pero si se los das a una mujer, ella se encargará de que llegue alimento a la mesa para toda la familia”, explica Bernadette Musundi.

Podríamos decir que ella ha puesto su particular granito de arena para que el sexo femenino pueda “competir” en igualdad de condiciones con los hombres. De sus cuatro hijos, tres son mujeres, y a pesar del gran esfuerzo que tuvo que realizar para sacarlos adelante -compaginaba  la educación de sus hijos con el trabajo y los estudios-, ha conseguido que todos ellos tengan una buena formación: “La mayor de mis hijas trabaja en un banco, la segunda es ingeniera electrónica en software y trabaja en Kenia y la más pequeña es dentista y está realizando un máster en Escocia”. No obstante, a través de MYWO, Musundi y su esposo están ayudando directamente a otras niñas a conseguir una educación, “estamos en algunas zonas como Mukuru, un barrio de chabolas de Nairobi, donde la organización está financiando la construcción de escuelas”. 

La organización MYWO es aconfesional, pero Bernadette reconoce que sus creencias religiosas -es numeraria del Opus Dei- han tenido mucho que ver en su deseo de hacer algo para ayudar a los demás. “Después de dejar mi cargo en el Gobierno por mi lucha contra la corrupción, no me apetecía hacer esto, pero preguntándome qué quería Dios de mí, acepté”. 

En esencia

Una película: Madre Teresa.

Un libro: la biografía de Nelson Mandela.

Una canción: You’re still the one, de Shania Twain.

Un rincón del mundo: Singapur.

Un deseo frustrado: conseguir que todos los niños de Mukuru (Nairobi) tuvieran acceso a la escuela.

Un recuerdo de la infancia: el cariño de mi abuela hacia todos sus nietos.

Una aspiración: la paz en el mundo y que los niños puedan disfrutar de esa paz.

Una persona: el primer jefe que tuve, que fue el primero que me dio una oportunidad.

La última alegría: cuando los enfrentamientos cesaron en Kenia.

La mayor tristeza: la muerte de mi padre.

Un sueño: despertar y ver que la gente no habla de colores.

Un regalo: alguien que me dé esperanza.

Un valor: la honestidad.

Me gustaría que me recordasen por: haber ayudado a la promoción integral de las personas.

En el nº 2.640 de Vida Nueva.

Actualizado
12/12/2008
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