Víctor Gil Muñoz: “Nuestra presencia es el camino para dar a conocer a Cristo”

Misionero en Tailandia

(Texto y foto: J. F. Martín) El 7 de octubre de 1964, un castellano-manchego, Víctor Gil Muñoz, aterrizaba en tierras tailandesas. Él quería ser misionero en África; sin embargo, en 1960, una visita del Superior General de La Salle a Tailandia cambió su destino. “Recibí una carta pidiéndome ir a Tailandia, un sitio que ni siquiera sabía dónde estaba. Esta decisión me causó al principio incomprensión, pero la verdad es que estaba disponible para ir. Dije ‘sí’ y no me pregunté por qué habrían cambiado de opinión mis superiores”.

El 7 de octubre de 2008, Víctor Gil Muñoz, natural de la pequeña localidad conquense de Huerta de la Obispalía, celebraba en España sus 44 años como misionero en Tailandia. Lo que el destino le propuso como casualidad -potenciar la misión de los HH. de La Salle en este país- se ha convertido en el empeño que da sentido a su vida: sus clases de Química en el Colegio La Salle Bangkok, donde estudian unos 5.000 alumnos; sus ‘alumnos’, chicos y chicas birmanos que viven en Tailandia, miembros de una de las comunidades emigrantes más silenciadas del mundo, compuesta por más de dos millones de personas. “El Gobierno de Tailandia no se ocupa ni de la educación de los niños, ni de la salud de las mujeres birmanas. Esta situación provoca que muchos niños y niñas birmanos se conviertan en niños de la calle y que las mujeres no reciban ningún tipo de atención sanitaria”, relata Víctor Gil, quien subraya que sin el trabajo de la Iglesia católica, especialmente de la Comisión Católica de Emigrantes, muchos de esos chicos birmanos de entre 12 y 15 años, si no van a la escuela, caen en la delincuencia. En el caso de las niñas, si nadie se ocupa de ellas, corren el riesgo de caer en la prostitución. Y en Tailandia, la prostitución infantil trasciende el mito para arraigarse de forma dolorosa en la realidad. 

Más de cuatro décadas en un país que ha experimentado una gran evolución. En primer lugar, demográfica. En 1964, Tailandia apenas llegaba a los 30 millones de habitantes. Hoy superan los 70 millones. De esta población, sólo 300.000, un 0,5%, son católicos. En una sociedad religiosa y sociológicamente budista, esta realidad supone un gran reto para la presencia y la labor de la Iglesia católica en tierras tailandesas. “Hay dificultades y, a veces, incomprensión entre los sacerdotes, los misioneros y las religiosas sobre el papel de la proclamación de la Buena Nueva. Los tailandeses se sienten a gusto con el budismo y, en su gran mayoría, no se sienten atraídos por el cristianismo. Por este motivo, entiendo que nuestra presencia, la presencia de la Iglesia, es el camino para dar a conocer a los tailandeses el mensaje de Cristo”. La presencia de la Iglesia en Tailandia se centra en las parroquias, las comunidades de base, las escuelas y en la labor asistencial. “El Gobierno tailandés aprecia la labor de la Iglesia católica; las familias tailandesas aprecian a la Iglesia católica. Sin embargo, en la vida pública tenemos poca presencia”.

Dos pasiones

Pablo, su historia y La Salle, testigo profético de la Modernidad han sido los dos libros que el H. Víctor Gil ha devorado en las 14 horas de avión que lo trasladaban de regreso a Tailandia hace unas semanas. Lector compulsivo, se propuso hace tiempo leer todos los años diez libros de autores premiados con el Nobel de Literatura. Trabajo en Tailandia no le falta, como tampoco le falta entusiasmo para buscar tiempo para la lectura. Por eso, cuando le pedimos para el En esencia que nos diga un regalo, responde sin dudar: libros. Lectura y sus alumnos, de entre los cuales se detiene casi con delectación en Krienkry, un huérfano acogido en una casa de La Salle, que demostró a Víctor que el espíritu de superación se hace realidad en muchos individuos anónimos.

En esencia

Una película: La vida de Gengis Kan.

Un libro: Energía del vacío, de Nicolás Caballero.

Una canción: canto gregoriano.

Un deporte: fútbol.

Un deseo frustrado: abrir más centros para los niños de los basureros de Tailandia.

Un recuerdo de la infancia: el Viernes Santo, cuando tenía nueve años, la gente decía que Dios moría. Yo me alegraba de que muriera Dios, ya que así podía pecar sin que Dios lo viera.

Una aspiración: que no haya niños sin escuela.

Una persona: nuestro Superior General, H. Álvaro Rodríguez.

La última alegría: saber que Ayuda a la Iglesia Necesitada nos ha aprobado un proyecto para inmigrantes en Tailandia.

La mayor tristeza: el oposición que existe en España contra la religión.

Un sueño: ver escolarizados a todos los niños birmanos que viven en Tailandia

Un regalo: libros.

Un valor: la dedicación.

Que me recuerden por… haber trabajado con los pobres, sobre todo con los chicos. 

En el nº 2.638 de Vida Nueva.

Actualizado
28/11/2008
Compartir