Helena Taberna: “Por un abrazo de las dos Españas más auténtico”

Directora de ‘La buena nueva’, en los cines desde el 14 de noviembre

(J. L. Celada) Acaba de regresar a las salas de cine con su último trabajo, La buena nueva, una historia en la que pretende contar qué ocurrió con “esa otra Iglesia, la que fue perseguida desde los dos lados” durante la Guerra Civil. Pero Helena Taberna no quiere polemizar con nadie, sólo “ahondar en uno de los aspectos más sombríos de nuestra historia, porque es la única manera de conseguir la luz”.

Nacida en Alsasua hace unos cuantos años (“ya no sé si no decir nunca la fecha me perjudica más que me beneficia”, confiesa entre risas), la cineasta navarra recuerda cómo su padre, el prestigioso organista Luis Taberna, sabedor de que “no debieron ser unos tiempos muy estupendos para las artes”, educó a sus hijos en “carreras y trabajos pragmáticos”. 

Ella, sin embargo, ha visto colmado un deseo infantil que entonces parecía inalcanzable: poder contar historias con imágenes. “El cine me encantaba desde siempre -reconoce-, pero de pequeña no pensaba nunca en poder ser directora, porque no existía la posibilidad de soñar, y el marco de crecimiento personal y profesional de las chicas era bien escaso”. Un hecho que ilustra  gráficamente: “Cuando al salir del cine elegías personajes, no había posibilidad de elegir los más interesantes (astronautas, tarzanes…), siempre te tocaba el papel de hija del predicador, o de la del cancán, o de ama de casa… Claro que no todos los amigos míos que soñaron con ser astronautas han llegado a ello -comenta con humor-, pero ya es un handicap que no exista siquiera la posibilidad del sueño”. 

Hasta que la aparición del vídeo le permitió hacer sus “primeros pinitos” en la profesión en forma de cortometrajes. El salto al cine lo da con Ochenta y siete cartas de amor, cuyo ajetreado proceso de creación le ayudó a soltarse en el oficio. Ya para entonces, la realizadora se había sentido atraída por el tema de “la otra Iglesia en la Guerra Civil, tan olvidada y que conocía a partir de la biografía de un familiar mío, Marino Ayerra“. Una inquietud que reflejó en Alsasua 1936, un mediometraje que le enseñó a “sintetizar y también a aprender bastante de lo que sé de la estructura narrativa del cine”.

Y sobre aquellos episodios vuelve ahora en La buena nueva. ¿Otra película sobre la Guerra Civil? “Son ya un género, con aportaciones muy ricas, es la última guerra romántica”, asegura su directora. “Lo interesante -añade- es que sean miradas nuevas sobre un hecho nuevo y cinematográficamente muy rico, y ésta lo es. No me importa tanto el tema que se elija, sino si es una buena historia y si está bien contada. El interés social es algo complementario”. 

Historias con garra

Si historias “tan cinematográficas” como Yoyes o ahora La buena nueva “hubiesen caído en manos de Hollywood, habrían hecho una decena de películas y versiones para televisión”, sostiene Helena, porque “es muy difícil encontrar historias con esa garra”. Temas, en suma, que a ella le interesan y que le obligan a documentarse, como le ocurrió también con Extranjeras, documental sobre las mujeres inmigrantes en Madrid.

Se declara “creyente no practicante”, pero, “como todo artista”, la directora navarra se siente “una persona espiritual”. “He sido educada en clave cristiana -admite-, que emana en La buena nueva de principio a fin y que ha conformado mis valores y mi manera de estar en el mundo”. Tal vez por ello, ha querido que se conozca también “el castigo, incluso la propia muerte, que sufrieron algunos sacerdotes por defender el Evangelio y a sus pueblos”. “El historiador Jimeno Jurío -explica Helena- comentaba que los sacerdotes que en Navarra no consintieron que se fusilase a nadie lo consiguieron, enfrentándose a los falangistas o a los requetés”.

Ahora sólo desea que, gracias a La buena nueva (en cartelera desde el 14 de noviembre), “la gente salga conociendo un poco más y mejor nuestra historia reciente, y teniendo ganas de que el abrazo entre las dos Españas sea más auténtico”. “Creo -concluye- que ésa es la sanación que propone su secuencia final sin palabras”.

En esencia

Una película: Ordet, de Carl Theodor Dreyer.

Un libro: El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez.

Una canción: Hegoak ebaki banizkio…(Si le cortase las alas…), de Mikel Laboa.

Un deporte: la natación.

Un rincón del mundo: el valle del Irati.

Un deseo frustrado: vivo un momento tan estupendo, que no encuentro ninguno.

Un recuerdo de infancia: una foto, junto al piano de mi padre, con un corte de pelo hecho en Francia. En esa mirada se me veía que iba a ser dócil, pero sólo en parte.

Una aspiración: ser mejor persona.

Una persona: mi madre.

La última alegría: el vuelo que va tomando mi película.

La mayor tristeza: la muerte de mi madre.

Un sueño: poder seguir haciendo cine con frecuencia.

Un regalo: un viaje en buena compañía.

Un valor: la honestidad.

Que me recuerden por… ser buena persona

En el nº 2.636 de Vida Nueva.

Actualizado
14/11/2008
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