María Luisa Téllez: “Somos laicos y comprometidos”

Directora de la revista ‘Ozanam’

(Miguel Ángel Malavia) La Sociedad de san Vicente de Paúl es, junto a mi familia, lo más importante de toda mi vida, pues aquí he conocido a gente maravillosa”. Así de clara, con sus ojos vivaces y su verbo apasionado, se expresa María Luisa Téllez (1948), directora del Centro de Estudios de la Sociedad y de la revista Ozanam, que toma el nombre del beato y uno de los fundadores del Movimiento, Frederic Ozanam. “Lo que más destaco de Ozanam es que fue un laico, un universitario francés que por no ser sacerdote o religioso no estaba menos comprometido con Cristo y los que sufren”.

María Luisa recalca constantemente que la Sociedad es 100% laica y civil, pues entiende que son muchas las personas que ignoran la figura del laico católico: “Parece como si sólo fueran religiosos los sacerdotes. Mucha gente cree que los laicos comprometidos somos algo tontos o ingenuos, y eso no es cierto”. Desde luego, ése no es su caso, pues ella ha dedicado su vida a servir a los más necesitados, con todo tipo de iniciativas.

Y son muchas en una organización tan activa y comprometida como es la que lleva el nombre de san Vicente de Paúl. Desde su delegación en Madrid, dirigen un comedor en Aluche en el que dan de comer a unas 120 personas cada día. “La mayoría, el 80%, son indigentes inmigrantes. En estos últimos meses, con la crisis, hemos notado que son  cada vez más los que vienen a comer cada día”, afirma preocupada. También cuentan con talleres de formación, dirigiendo ella varios. Sus temáticas son muy variadas: informática, alfabetización, tareas manuales… “De lo que se trata es de que aprendan a ser cada vez más autónomos”. No menos importantes son sus residencias para ancianos, su banco de alimentos o su gabinete jurídico, que atiende principalmente a inmigrantes en situación irregular.

Como muy bien dice, “ninguna obra de caridad es ajena a la Sociedad”. Uno de sus lugares predilectos es la casa de enfermos de sida que está a cargo de los vicencianos desde hace ya 18 años. “Cuando la abrimos era un lugar de acompañamiento, para su bien morir. Ahora todo es diferente, pues gracias a los avances médicos, al ser la enfermedad crónica en muchos casos, intentamos que se reinserten en la sociedad. La mayoría son drogadictos o alcohólicos. Tratamos de que lo dejen, pero es realmente difícil”. Tanto, que en algunos casos han tenido que sufrir la ingratitud de los que no quieren recuperarse (a veces han llegado incluso a amenazarles) y achacan sus males a los que dan todo por cuidarles. Pero esos retazos más sombríos son inmediatamente sustituidos por los instantes más inolvidables. María Luisa recuerda en especial el caso de Angelito: “Fue el primer enfermo de sida en ingresar en la casa. Era maravilloso. A pesar de estar ya muy enfermo, agradecía cualquier detalle que teníamos con él con una ternura entrañable. Me acuerdo como si fuera ahora de su cara sonriente el día que le compramos unas zapatillas nuevas. Su gran ilusión era comer langostinos esas Navidades… pero murió en noviembre”, rememora con un deje melancólico.

“Aquí soy feliz”

A pesar de que María Luisa dedica casi todo su tiempo a trabajar por los demás, en absoluto es una carga para ella ni para su familia, que la entiende perfectamente. “Mi marido y mis tres hijos saben que aquí estoy absolutamente feliz”. De hecho, su marido, aunque no pertenece a la Sociedad, ya hace 20 años acompañaba a su mujer los domingos en Orcasitas. “En esa época era un barrio muy pobre, a diferencia de lo que es hoy. Entonces íbamos allí a misa junto con unos compañeros de la Sociedad y después pasábamos la mañana visitando a personas que estaban solas o que tenían una mala situación económica”. Ese ejemplo es el que siempre han visto sus hijos. Uno de ellos, incluso, se declara “ateo católico”. “Mi hijo dice no tener fe, pero sí cree en la Iglesia, afirmando que hoy es la única institución que da un verdadero testimonio de ayuda a los necesitados”.

En esencia

Una película: Match Point y Conversaciones con mi jardinero.

Un libro: Jesús, de Pagola.

Una canción: Ne me quite pas y La bien pagá, de Molina

Un deporte: Andar.

Un rincón: Mi despacho.

Un deseo frustrado: Que no haya más centros nuestros en España.

Un recuerdo de la infancia: Mi padre haciéndome reír.

Una aspiración: Que haya verdadera voluntad política para acabar con el hambre.

Una persona: Mis hijos.

La última alegría: Pequeñas cosas, como ir al cine, leer o charlar con los amigos.

La mayor tristeza: La muerte de mi hijo Javier.

Un sueño: Que no haya hambre y que la gente encuentre la paz, exterior e interior.

Un regalo: Un viaje.

Un valor: La amistad.

Que me recuerden por: Por no haber dado mucho la lata.

Actualizado
19/09/2008
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