Hay que mirar lo que hay detrás de la inmigración

Religiosos y laicos trabajan en el barrio de Roquetas sacudido por los disturbios

(Victoria Lara) El barrio de las “200 viviendas” de Roquetas de Mar (Almería), en el que conviven diariamente subsaharianos, rumanos, gitanos y norteafricanos, es sólo un ejemplo de lo mucho que ha crecido la población inmigrante en los últimos años en esta localidad: de las 80.000 personas censadas en el municipio, casi un 31% (25.400) son de origen extranjero. La convivencia, hasta ahora, había sido pacífica en este barrio, que vivió, sin embargo, un pequeño brote de violencia tras el asesinato de un joven senegalés de 28 años cuando intentaba mediar en una reyerta, en la noche del sábado 6 al domingo 7 de septiembre.

Los disturbios motivaron la intervención de las fuerzas de seguridad y se saldaron con varios heridos, así como numerosos daños materiales. Mientras los titulares de la prensa hablan estos días de “droga” y “marginalidad” en el barrio, y colectivos de ciudadanos negros y gitanos a nivel nacional culpan a las Administraciones Públicas de causar entre ambas comunidades “graves niveles de exclusión”, en las “200 viviendas” aseguran que hasta ahora nunca había habido “ningún problema”.

Así lo afirman desde Cáritas, que, junto a varias comunidades de religiosas y religiosos, trabaja día a día en este barrio para ayudar a los vecinos a conseguir unas condiciones de vida más dignas. La responsable de la organización en la localidad, Marisa Amat, insiste en aclarar que Cáritas está para ayudar a todas aquellas personas que lo necesiten, aunque buena parte de los destinatarios de esa ayuda son inmigrantes. “No hay ningún problema de convivencia, ni ellos están alborotados, ni nada. La gente de aquí no tiene problemas con ellos, porque están integrados totalmente en la ciudad (…) El problema es que muchos están en el paro y ahora van a venir a nosotros con más necesidades de ayuda económica y de otro tipo. Pero ocurre igual aquí y en todos los sitios”, explica Amat.

“Se les da el primer empujón para que puedan salir adelante, y después se les hace un seguimiento”, asegura la representante de ­Cáritas, para quien la primera acogida es muy importante. Una vez que llegan al municipio se hace una valoración de sus necesidades, que, sobre todo, son de alojamiento, comida, ropa y medicinas, y se les deriva, si es conveniente, a otros organismos. Para cubrir esas necesidades cuentan con un ropero, con una casa de acogida para hombres con capacidad para unas diez personas cerca de los invernaderos y con un piso para mujeres, que actualmente cuenta con cuatro dormitorios. Este último proyecto se lleva a cabo en colaboración con las Hijas de Jesús, las “jesuitinas”, como allí las conocen.

A pesar de la ayuda, Marisa explica que hay muchos que no tienen más remedio que regresar a sus países de origen: “Les pintan la situación tan bien, que cuando llegan se sienten en cierto modo engañados. Mucha gente está regresando a su país porque hay una importante crisis en la construcción y muchos se están quedando sin trabajo, en la agricultura también hay un paro muy alto”.

Con Cáritas colaboran actualmente unos 15 voluntarios y se espera que en breve sean más. Una de las voluntarias, que ha preferido mantenerse en el anonimato, nos cuenta que la Iglesia está haciendo todo lo que puede para ayudar a los inmigrantes a mejorar su situación y que “ellos son muy agradecidos”. Asimismo, asegura que los disturbios ya están totalmente controlados y que desde las Administraciones están muy atentos a los acontecimientos, por lo que los propios habitantes del barrio se muestran “tranquilos”.

Las religiosas ursulinas, aunque no viven en el barrio de las “200 viviendas”, trabajan también con los inmigrantes y lo hacen conjuntamente con las Hijas de Jesús, impartiendo ­clases de español, talleres para mujeres y realizando tareas de acompañamiento, entre otras cosas. También están las Dominicas de la Presentación, que sí tienen su lugar de residencia en el mismo barrio, al igual que los Padres Blancos. La labor de estas religiosas y religiosos, junto al párroco de la iglesia de San Juan Bautista, se centra fundamentalmente en los habitantes de esta zona de la ciudad, aunque cuando se les pregunta por cómo está la situación tras los acontecimientos que se han producido en los últimos días, la mayoría asegura que se trata de un tema “delicado” y se muestran muy reacios a hablar.

“Tratamos de convencerles de que con la violencia no se arregla nada y de que traten de poner otros remedios. Pero ellos se quejan de que están dejados”, ha declarado a Vida Nueva una religiosa, que no ha querido revelar su nombre. “Es un barrio que está un poco abandonado por la Administración. Se va reuniendo gente sin trabajo, que no tiene qué comer… y la droga hace su aparición. La gente que vive allí dice que la droga es bastante corriente. Pero el que murió no era drogadicto, sino que separó a dos que se enfrentaban”, añade esta mujer, respondiendo así a quienes achacan la agresión a un tema de drogas. También asegura que, tras la muerte del joven senegalés, los nervios se crisparon: “Cuando ocurrió la agresión al joven, como nadie acudió a ayudarle, tenían la sensación de que había muerto como un perro y estaban muy enfadados y rebelados, por la tardanza en llegar las ambulancias”. No obstante, después de todo lo ocurrido, expresa un deseo: “Espero que la vigilancia no acabe, ahora la zona está muy vigilada, sobre todo por la noche”.

Destruyamos los estereotipos sociales

Cuando se analizan los sucesos acaecidos en los últimos días en Roquetas de Mar, alguien puede encontrar similitudes con lo que ocurrió en Francia a finales del año 2005, cuando la muerte de dos adolescentes musulmanes provocó una ola de violencia que se extendió por distintos puntos del país. Para María Segurado, miembro del equipo de Inmigración de Cáritas Española y responsable de la Red Legal de la organización, hacer una comparación así sería “un poco irresponsable”. “Estos hechos de Roquetas no creo que sean extensivos en absoluto al territorio nacional -asegura-. En eso tenemos que tener cuidado, porque en el tratamiento que nosotros percibimos que se le ha dado, funcionan más estereotipos como el miedo, cuando la realidad es algo de lo que hemos estado hablando siempre: de la pobreza, de la dificultad de integración, de trabajadores que trabajan en el mercado negro sin ningún derecho y a los que no se les alquilan las casas…”.

Segurado opina que el debate no debe situarse en torno a la violencia ni a la integración, sino en torno a los derechos: “A nadie se le escapa que la situación de los senegaleses es muy precaria, que en la cadena de la contratación son el último eslabón porque están indocumentados y son difíciles de regularizar”. Está convencida de que lo que la inmigración está haciendo es destapar muchas carencias que la sociedad española tenía y que desconocía, en ámbitos como el de la educación y la salud. Nos invita, por tanto, a que seamos valientes y destruyamos los estereotipos sociales para construir otros nuevos: “Los extranjeros no se van a ir y tenemos que construir una sociedad con ellos”.

Cáritas propone una visión de la inmigración que parta siempre de lo positivo, “pero no de una posición sesgada que no vea las dificultades de convivencia con una nueva realidad”, aclara María Segurado, sino que “la posición es la de enfrentarnos a un reto: España ha recibido mucha población extranjera desde hace algún tiempo, pero también es cierto que esa aportación ha sido clave para nuestra economía y se nos está presentando un reto como sociedad al que tenemos que hacer frente”. Para ello cree que es importante mirar lo que hay detrás de la inmigración y “Cáritas es un testigo privilegiado de esto, porque está presente en los países de origen de estas personas: Mauritania, Senegal, Mali…”.

Actualizado
19/09/2008
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