Fernando Lugo: “Nuestro proceso de cambio político no va ser traumático”

Presidente de Paraguay

(Emilia Robles Bohórquez) El pasado 15 de agosto, con la investidura presidencial de Fernando Lugo, comenzaba en Paraguay un comprometido y difícil proceso de cambio político gestado con una amplia participación popular y de asociaciones y partidos políticos. Un proyecto que ha puesto fin a 61 años de inmovilismo de un partido en el poder, el Partido Colorado. Las ansias de pasar página fueron dinamizadas inicialmente por el Grupo Popular Tekojoja, y asumidas y llevadas adelante por una formación política: la Alianza Patriótica para el Cambio (APC).

La propuesta presidencial y de gobierno se concretó con la designación como candidato de Fernando Lugo, intelectual y docente, ex religioso Misionero del Verbo Divino, obispo de San Pedro, una de las diócesis más pobres del país, y recientemente exonerado de sus funciones por el Papa y reducido al estado laical en respuesta a su petición a Roma.

La entrevista se desarrolla en la sede de la APC, una antigua sucursal bancaria adaptada ahora a las nuevas necesidades políticas. Sencillez, austeridad y hasta cierta precariedad de los elementos, que contribuye a fijarse en lo fundamental: las personas, los proyectos y el clima envolvente; un clima de confianza y acogida distendida y cordial, a pesar de la intensidad del trabajo y de lo delicado y exigente del momento político.

¿Cómo y cuándo empezó a gestarse esta iniciativa de gobierno, que se ha concretado en su triunfo en las elecciones presidenciales del 20 de abril?

No sé si hay una fecha, pero de señalar alguna, podría ser la del 17 de diciembre de 2006, cuando más de cien mil firmas de campesinos, obreros y comunidades de base me hicieron llegar la petición de si estaría dispuesto a dejar el ejercicio pastoral en mi episcopado para embarcarme en el ámbito político y poder capitalizar, de este modo, las ilusiones y esperanzas de la ciudadanía. En lo que a mí respecta, creo que ése fue el día de opción, con la otra opción personal -dolorosa, por cierto- que aparejaba, dejar el ministerio después de treinta años. Pero, al mismo tiempo, este compromiso no deja de ser, para mí, un gran ministerio de servicio ampliado a toda la ciudadanía paraguaya. Por eso decíamos, en esta oportunidad, que nuestra gran catedral sería todo el país.

Esta iniciativa política ha sido muy participativa y donde los agentes y artífices del consenso han sido numerosos y diversos. Con todo, en un primer impulso, siempre se necesita un agente catalizador. ¿Cuál ha sido?

Formamos un grupo de estudio y análisis de la realidad en enero de 2006, pensando que podría ser una herramienta válida para otros estamentos de la sociedad. Luego, ese grupo fue creciendo. Ahí estaban intelectuales, campesinos, obreros, artistas… un grupo bastante heterogéneo, sin definición ideológica ni partidaria. Con respecto a mi decisión personal quiero resaltar, y de manera muy especial, la sugerencia de los agentes pastorales de San Pedro, que comprendieron muy bien el significado del proceso, y de otros amigos sacerdotes que me decían que, bueno, que esta podía ser la desembocadura natural de alguien que ha tenido un proceso y compromiso social en la Teología de la Libe­ración, de poder encauzar una herramienta política desde donde se puedan materializar con más eficacia los cambios soñados desde una perspectiva que, en un lenguaje cristiano, podríamos llamar de búsqueda del Reino de Dios.

Gran expectativa

Se perciben elementos que abren nuevas expectativas a amplios sectores sociales con su propuesta de gobierno. ¿De qué mimbres está compuesta esta esperanza?

Sí, soy consciente de la gran expectativa que creó el que se pudiera hacer una alianza entre movimientos sociales campesinos, movimientos indígenas y otros movimientos y partidos políticos, tan diversos ideológicamente entre sí, pero que pudimos poner algo en común: fuimos capaces de compartir visión y apostar por esa gran realidad común que es el país. Ése fue uno de los elementos convincentes para la ciudadanía. Otro de los elementos esperanzadores fue la capacidad de construir un programa participativo; y, posiblemente otro, hayan sido los nombres, las personas que fuimos dando rostro al proyecto.

Con todo, se habla también de serias dificultades, de fuerzas que dificultarán el cambio. ¿Qué riesgos y debilidades emergen con fuerza en la puesta en marcha del nuevo Gobierno?

Mire, durante muchos años, la política, aquí, ha sido un ejercicio para beneficio personal, ha sido la práctica tradicional de los partidos, y así, de manera desencarnada, estos mismos vicios son los que han mantenido al país durante más de sesenta años en una situación indeseable, que es en la que estamos ahora. Es mucho tiempo y el problema está extendido y afecta a muchas estructuras. Yo suelo decir que en un proceso de cambio hay avances y retrocesos, luces y sombras. Vamos a ser realistas, no somos demagogos, vamos a comenzar un cambio que va a ser lento, no va a ser traumático, no va a ser rápido el proceso. Pero, sobre todo, los cambios van a tener que ver también con las personas, con la forma en la que uno se acerca a la política y se mantiene en ella; por eso, la paciencia de la ciudadanía va a ser de gran importancia en el proceso. Pero lo que uno capta es que parece que todos compartimos el deseo grande de que el país recobre su dignidad como nación en el concierto internacional; compartimos el deseo y el compromiso de que las instituciones estén al servicio de todos los paraguayos, sin diferencias y sin exclusiones; y estamos empeñados en que la honestidad y la transparencia no sean sólo una palabra pronunciada, sino una realidad en el trabajo cotidiano y que la ciudadanía las pueda ver presentes en las instituciones a su servicio.

¿Cual sería ahora la realidad de las instituciones paraguayas y cómo pueden influir en los procesos de cambio?

Recuerdo a un profesor de Filosofía que nos repetía aquella frase paradójica, citada en la novela El Gatopardo, que señala ciertas prácticas políticas: ‘Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie’. El problema en nuestro contexto es que la sociedad paraguaya es una ­sociedad conservadora; el Parlamento es un parlamento conservador, de derechas; el Poder Judicial es un poder judicial obsecuente, politizado, no es independiente; y las instituciones generales del Estado también lo son. Mientras que esto no se transforme y se logre una independencia de poderes, todos estos elementos conspiran contra un cambio real, un cambio emblemático, significativo, un cambio progresivo y eficaz. Además, hay mucha gente que está bien así como está, con sus privilegios, y que no desea cambiar para nada; pero está también la otra fuerza, desde abajo, que va siendo cada vez mayor y más amplia, con deseos grandes de cambiar, en el sentido de lograr nuevas oportunidades, sobre todo para la ciudadanía más simple, más humilde, más pobre, para aquellos que siempre estuvieron excluidos de los procesos. A ellos les queremos brindar nuevas oportunidades y eso debe repercutir, a medio plazo, de forma positiva sobre el país en su conjunto.

¿Cómo se explica que una nación con una potencial riqueza energética tan grande mantenga un empobrecimiento crónico que afecta a gran parte de su población y a su propio desarrollo?

Lo diría en dos palabras: obsecuencia y corrupción. Digo obsecuencia en el sentido que han actuado los negociadores del tratado; el contenido mismo del tratado, de ambos tratados, es leonino. Me refiero a los tratados de Itaipu y Yaciretá, las dos grandes presas que tenemos compartidas, una con Brasil y otra con Argentina. Ambos son tratados que no benefician en nada al Paraguay, porque se ha hecho el acuerdo en torno a los intereses de los países más grandes. Por otro lado, está la inmensa corrupción que salpica a todo nuestro país y que se estima como una de las mayores de toda América Latina. Pero nosotros, hoy, con respecto a este tema estamos enarbolando unas banderas que no se  van a arriar y son éstas: queremos el precio justo de la energía; queremos que los recursos se manejen con transparencia y honestidad; y queremos que el Paraguay también haga uso de la energía que produce para poder potenciar su propio desarrollo.

Y, sin duda, la apreciación que se ve desde fuera es correcta: es cierto que con tanta riqueza potencial en el país hay mucha gente empobrecida, pero también es cierto que con la fuerza de la ciudadanía es posible generar cambios y revertir el proceso en esta dirección que buscamos. Creemos, por tanto, que con ilusión y esperanza, y con la fuerza de la ciudadanía, este cambio, que hoy vemos lejano, será posible.

Se habla mucho, en diversos medios y contextos, de la necesidad de practicar una reforma agraria. ¿Cuál sería el marco y la dirección de esta reforma? ¿Cómo aunar las voluntades de todos los sectores que han de participar y que se verán afectados?

Nosotros decimos que para  llevar a cabo una reforma agraria se necesita el consenso y la colaboración de todos los sectores de la sociedad: técnicos, agentes de gobierno, los ‘sin tierra’, los terratenientes… y éste sí es un tema complejo, que se presenta como una gran llaga abierta en la sociedad paraguaya porque, desde luego, no podría haber cambios significativos si no se cambiara la estructura de la tenencia de tierras del país, que ahora es escandalosa; una estructura en donde los auténticos agentes y sujetos de la reforma nunca fueron depositarios de la tierras. El ejemplo más clave y claro es el de los indígenas, genuinos dueños de las tierras de todo el país, pero que hoy deambulan por las calles de Asunción. Se les puede ver, a la vera de los caminos, vendiendo fruta, y revertir eso, solamente eso, sin que sea algo traumático, tiene que ser el resultado de un consenso de los diferentes estamentos. De todos modos, tenemos que diseñarla aún, porque no hay fórmula hecha para la reforma agraria, nadie la tiene; tiene que ser el resultado de un diseño que aún no está hecho; y no está hecho porque no queremos importar modelos de otros lugares; porque tiene que ser un diseño propio para el país, y tiene que ser resultado de un consenso. Pero es importante pensar que tenemos la posibilidad y la necesidad de ir diseñando una reforma para salvar el escándalo de la actual estructura de tenencia de la tierra. Hay que posibilitar el arraigo de la ciudadanía en los grupos familiares del campo, que puedan tener la posibilidad de un desarrollo sustentable, y que, al mismo tiempo, puedan tener también los recursos de una asistencia crediticia, de una asistencia técnica, de un programa de sembradío, un programa y un horizonte hacia el que queremos apuntar con el futuro desarrollo agrario.

Unidad en la diversidad

¿Qué riesgos y qué oportunidades entraña, desde su punto de vista, esta designación política, que podríamos llamar de perfil carismático, en cuanto que concentra en su persona no sólo una serie de aspectos políticos que se buscan en el cambio, sino tal vez la representación incluso de una espiritualidad liberadora?

La construcción de una Alianza Patriótica para el Cambio supone la construcción de una unidad en la diversidad; y ahí hay un juego de poder, porque es un juego político, y están presentes los poderes y fuertes presiones de los diferentes grupos. Y uno, ahí, tiene que, ¿cómo decirlo?… poder salvaguardar el bote en la tormenta, porque hay intereses muy grandes; y muchos de ellos no aparecen en el horizonte, ni siquiera en la realidad emergen; son intereses que permanecen ocultos, pero son fuerzas que existen y que están ahí, por el país, presionando fuertemente, aunque algunas no las podemos ver todavía. Por otro lado, uno tampoco hace todo lo que le gustaría hacer; uno puede tener muy buenas intenciones, pero si no existe el acompañamiento suficiente, con conciencia de la ciudadanía en su mayoría, no se puede ir adelante; es decir, el cambio real lo tiene que ayudar a construir la ciudadanía, desde abajo; y es cierto que muchos están esperando un cambio desde arriba, desde los líderes, desde el Gobierno, que sean otros los que hagan cambios totales, que les llueva del cielo el maná, sin mucho compromiso de su parte; y esto es lo que queremos cambiar. Pero, sobre todo, un reto es el poder consensuar voluntades, inquietudes, deseos, dentro de esos juegos de poder. Es el desafío más grande para alguien que se erige como líder y asume un liderazgo diferente, ya que la tradición cultural aquí es muy fuerte con respecto a lo que es un líder político, a quien asume un liderazgo de poder. Pero yo he asumido un liderazgo de servicio, que tiene que ser compaginado con un carácter de participación de las bases políticas y sociales, con la búsqueda de consensos y colaboración.

Paraguay, un país de una arraigada tradición católica, cuenta con la creciente presencia de otras confesiones cristianas. ¿Cómo ha evolucionado el país en cuanto a la diversidad de confesiones y qué nuevos retos plantea esta diversidad religiosa?

En su momento había un gran temor, sobre todo hacia las denominaciones cristianas que no son católicas, y también hacia las otras confesiones. Pero en nuestra Constitución, el Estado es laico o aconfesional. Y creo que hemos ido evolucionando y que ahora tenemos un gran respeto por todas las denominaciones religiosas. Es más, creo que se va abriendo un espacio significativo para el ecumenismo real. En lo que a mí respecta, yo me comunico con el grupo de judíos, de musulmanes, del Comité de Iglesias (dentro del Cristianismo)… y es de esperar que esta relación interconfesional siga creciendo y madurando, ya que pienso que es cierto que se va creciendo en un sano pluralismo, en el respeto, y que esto mismo puede afirmar, y reafirma, nuestra propia identidad.

¿Cómo ha visto, desde donde le haya tocado vivir el proceso, la Conferencia de Aparecida? ¿Qué líneas de futuro cree que se abren, un año después de su celebración, para la Iglesia en su relación con la sociedad?

Creo que en América Latina, su Episcopado ha tenido un arranque a una velocidad vertiginosa en la década de los 70, con Medellín, Puebla, la Teología de la Liberación… que ha significado un gran compromiso de la Iglesia con la transformación de la sociedad. Pero esto fue así hasta Puebla. Luego hay otra etapa en la que se ha dado un giro, en la que se han preocupado más de reafirmar la doctrina, y aunque las dos partes, vistas ahora una junto a la otra, han sido importantes, creo que Aparecida debería representar el final de una etapa en la que la Iglesia misma disminuyó su compromiso de cara a la sociedad; y ojalá que lo retome, a sabiendas de que el compromiso evangélico lleva consigo el compromiso de transformar la sociedad. Y que lo pueda hacer atenta a los grandes cambios que se están produciendo en la composición de las sociedades, con esta tendencia a la diversidad; que la Iglesia pueda situarse dentro de ese sano pluralismo ideológico y también religioso. El hombre y la mujer modernos tienen que enfrentar con seriedad, con serenidad, pero también con visión de fe y esperanza, el hecho de que los elementos fundamentales del Reino están presentes en todo tipo de sociedades; y, al mismo tiempo, habrá que aprender a diferenciar, en cada contexto y circunstancia, lo positivo de lo que no lo es, e ir actuando en consecuencia.

“GRACIAS A DIOS, NO SOY UN LÍDER COMO OTROS

Justo 31 años después de su ordenación episcopal, un 15 de agosto, fiesta de la Asunción, patrona de Paraguay, Fernando Lugo (San Pedro del Paraná, 30 de mayo de 1949) asumió, sin corbata y con sandalias, el cargo de presidente del país. Un proceso en el que hubo de afrontar también críticas por la supuesta incompatibilidad para asumir un cargo político tras haber ejercido un ministerio episcopal dentro de la Iglesia. Él mismo reconoce que “no fue fácil”. “Como decía antes, aquí hay una tradición cultural muy fuerte del político como el jefe, el cacique, el tendota, el que manda y dispone sobre los demás, y desde aquí se veía una contradicción. Por algo, en nuestro país, la gente le llama a la política ‘la industria sin humo’, porque es una forma rápida de enriquecerse, de hacer fortuna, haciendo uso de la influencia. Pero justo por mi dedicación anterior, la gente puede considerar también que no soy un líder como otros, gracias a Dios, no soy como los que quieren usufructuar el poder para beneficio personal en un sentido económico. Yo provengo de otra cultura, del ejercicio de otro modo de liderazgo. Y así, mi trayectoria vital, lejos de ser un impedimento, puede ser una oportunidad, porque queremos que la ciudadanía pueda seguir confiando en una administración transparente, y esto es lo que la gente ha votado”, señala.

Fernando Lugo, que como obispo ha mostrado su apoyo a la Fundación Proconcil, junto con otros cuarenta prelados, pidió a la Santa Sede la dispensa y su reducción al estado laical, que le fue aceptada y anunciada 15 días antes de su investidura presidencial. Es un caso sin precedentes en la historia de la Iglesia católica, y una decisión adoptada personalmente por el papa Benedicto XVI, según informó el nuncio apostólico en Asunción, Orlando Antonini.

Publicado en el nº 2.626 de Vida Nueva (Del 6 al 12 de septiembre de 2008).

Actualizado
05/09/2008
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