Tatiana Hamratsey: “Los fieles me han acogido con normalidad”

Esposa de un cura católico de rito bizantino

(Rafael Pérez Pallarés) Tatiana Hamratsey es la esposa del sacerdote católico de rito bizantino Roman Hamratsey. Nació hace 38 años en la localidad ucraniana de Ivano-Francovsk. Llevan 16 años casados, y fruto de su matrimonio han nacido dos hijos. Unos hijos de los que está separada. Es lo que peor lleva de toda esta historia: la ruptura familiar. Está pendiente de cerrar los últimos cabos con Extranjería para, de nuevo, poder hacer realidad un tipo de vida que se rompió hace algunos años.

Tatiana llegó a España hace ahora cinco. Vivió en un alojamiento proporcionado por Cáritas en Murcia. Dormía con otra compatriota, con la que hablaba de proyectos de vida. Su esposo, tres años después, llegó a Málaga tras haberlo solicitado el obispo de Málaga, Antonio Dorado Soto. Llegaba para atender pastoralmente a los católicos ucranianos de tradición bizantina que viven en la diócesis malacitana y que se cuentan por miles. Esta tradición oriental católica cuenta entre sus peculiaridades con la posibilidad de que los varones casados puedan acceder al orden sacerdotal.

El camino empezaba a desbrozarse: Tatiana dejó de trabajar en una pizzería de Murcia y se fue a vivir con su marido a una casa que el prelado malagueño les proporcionó para que pudieran vivir dignamente y, de esta manera, realizar establemente su tarea pastoral. Tatiana trabaja ahora en la Casa de Espiritualidad de la Diócesis. Llegan dos sueldos a la casa. Mientras, su esposo atiende pastoralmente a los ucranianos católicos esparcidos por la Costa del Sol. Los atiende en las localidades de Marbella, Fuengirola y Málaga. En la actualidad, en España hay 13 sacerdotes católicos procedentes de Ucrania; seis de ellos, casados.

Tania, como la llaman familiarmente, procede de un país lejano, se tarda casi tres días en llegar en coche, y conoció a Roman en un autobús. Salían de estudiar y coincidían en asientos contiguos de camino a sus respectivas casas. Tenían, por aquel entonces, 20 y 22 años respectivamente. Se casaron. Y dos años más tarde Roman, fue ordenado sacerdote. De su unión nacieron sus dos hijos, de 13 y 15 años.

Ruptura familiar

De su historia llena de casualidades, la separación de estos hijos es lo que peor lleva: “Echo en falta a mis hijos”, recuerda constantemente, aunque están bien cuidados, con los abuelos. De todas formas, Tania cuenta que en España se ha sentido muy apoyada, comprendida y ayudada: “Me han abierto el corazón”, recuerda con una expresión serena y melancólica, pareciera que siempre recuerda a sus hijos. “Se vive bien, cerca del mar”, añade con una pizca de complicidad en la mirada. Y reconoce que le gusta España, “me gusta la gente, es muy abierta”. Asegura que ha aprendido mucho al lado de Roman, su compañero y sacerdote.

Tatiana es la mujer del cura, algo que en su país se ve habitual, pero que sorprende a los españoles. Cuando algunos dicen que eso no puede ser, ella responde: “Yo no digo nada”. Aunque hay quien lo acepta con normalidad; de hecho, cuando fue presentada a la comunidad parroquial de San Ramón Nonato, una de las parroquias que atiende su esposo como vicario parroquial, y donde conviven los dos ritos, el latino y el bizantino, fue acogida con alegría y normalidad. El párroco, célibe, y el vicario parroquial, casado. “Pues qué bien”, señaló un feligrés cuando supo de la llegada de la esposa del sacerdote.

Ella sabe de su tarea como esposa: tiene que apoyar a su marido y a la comunidad desplazada a la piel de toro. Una comunidad que procede de Ucrania, donde la Iglesia católica ha estado perseguida por el régimen comunista. Tatiana nació en tiempos de la URSS y durante 28 años ha conocido la Iglesia cerrada, todo lo relacionado con la profesión pública de su fe lo tenían prohibido. “Hasta los iconos estaban perseguidos”, recuerda.

En esencia

Una película: La Pasión, de Mel Gibson.

Un libro: la Biblia.

Una canción: una tradicional ucraniana, que viene a traducirse como Hijo, hijo ángel mío.

Un deporte: nadar.

Un deseo frustrado: la paz que aún no se ha conseguido en el mundo.

Un recuerdo de la infancia: perderme en un bosque y aparecer en otra región.

Una persona: mi marido y mi padre.

La última alegría: cuando vi a mis hijos.

La mayor tristeza: un aborto que tuve a los ocho meses y medio de gestación.

Un sueño: ver a mi familia feliz con mis hijos juntos.

Un regalo: recibir el afecto de quienes me rodean y quieren.

Un valor: eso lo deben decir otros.

Que me recuerden por… haber sido una buena hija, una buena madre y una buena esposa.

Actualizado
09/05/2008
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