Encarna Jordán: “Una cálida mirada supera todas las barreras”

Responsable del proyecto SICAR

(Texto y foto: Gloria Carrizosa) La Congregación de Religiosas Adoratrices, fiel a su carisma desde hace más de 150 años, está presente en más de 20 países en cuatro continentes desarrollando proyectos que favorecen la integración personal y social de las mujeres que se encuentran en contextos de prostitución, tráfico y trata para su explotación, u otras situaciones de exclusión. La recién estrenada Fundación Solidaridad Amaranta (presentada en Madrid el 4 de abril) nace para cohesionar esta acción social llevada a cabo a través de 170 proyectos. Uno de ellos es el proyecto Sicar de Barcelona, en el que trabajan seis religiosas adoratrices y que nació en 2002 como respuesta institucional al crecimiento del fenómeno de la trata de mujeres.

Parte importante del proyecto es el área de sensibilización, y una de sus acciones estratégicas es, por ejemplo, la exposición itinerante “Trata de mujeres y derechos humanos” (en Barcelona estuvo hace pocos meses), que permite dar visibilidad al fenómeno de la trata con fines de explotación. “La trata de mujeres para explotarlas en la prostitución supone una grave violación de los derechos humanos y requiere una intervención específica”, explica Encarna Jordán, responsable del proyecto.

El proyecto Sicar está pensado como un itinerario en tres fases, siendo una de las más destacadas la acogida de emergencia. Para estas mujeres, que normalmente llegan a Sicar a través de las fuerzas de seguridad o de otras entidades, es un momento de shock: “Muestran mucho miedo y desconfianza, y lo más importante en este primer momento es la calidez de la acogida para atender sin prejuicios a la persona. No nos importa su pasado, su religión o sus ideas”. Encarna Jordán recalca: “Tenemos una actitud de profundo respeto por la persona a la que atendemos, y si su decisión es continuar en la prostitución, puede seguir acogida al proyecto Sicar en la modalidad ‘no residencial’ y beneficiarse de sus servicios psicosociales”, comenta la religiosa adoratriz.

“La fase de emergencia es la más valorada por las mujeres –asegura Jordán–, pues pasan de una situación de vulnerabilidad total a un recurso que les aporta todos los servicios. Aunque en muchos casos exista la barrera idiomática, con la calidez de la mirada o de los gestos, se puede atravesar esta barrera”.

Dejar de ser víctimas

Si la mujer, por el contrario, opta por la modalidad ‘residencial’, se le ofrece atención integral en dos etapas, en un espacio de dignidad y seguridad. El objetivo es que vayan adquiriendo una mayor autonomía y habilidades sociales hasta que alcancen su autonomía. “Es un proceso largo, porque no es fácil pasar de una situación de exclusión a una situación de posibilidades y acceso a derechos como persona y como ciudadana”, explica Jordán. En este tiempo han atendido a unas 120 mujeres de países del Este, Sudamérica y África, de 19 a 25 años; algunas de ellas ya están independizadas.

El proyecto Sicar toma su nombre prestado de un pequeño pueblo y de la historia que lo dio a conocer (donde el Evangelio sitúa el encuentro de Jesús con la samaritana). “En Sicar se superaron prejuicios, se habló al corazón. Una mujer descubrió que estaba viva. En Sicar, la vida, al fin, se hizo definitivamente nueva”, explica la religiosa. Ahora Sicar quiere ser un puente entre el mundo de la explotación y el de los derechos. En estos años, Encarna no sólo ha descubierto un tema que desconocía: “Hemos aprendido que podemos ayudar a las mujeres a atravesar la frontera de la exclusión. Pienso que desde nuestro trabajo, junto a otras entidades y grupos, tenemos que seguir denunciando que esta realidad de engaño y explotación existe”. Y remata: “Las mujeres han dejado de ser víctimas, pero les queda un largo camino para ser ciudadanas con plenitud de derechos”.

En esencia

Una película: La vida secreta de las palabras, de Isabel Coixet.

Un libro: El médico, de Noah Gordon.

Una canción: Amor particular, de Lluís Llach.

Un deporte: el baloncesto.

Un rincón del mundo: la Vall de Núria.

Un recuerdo de la infancia: un día en el mar con mis padres y hermanos.

Una aspiración: acoger y transmitir la vida que me es dada.

Un deseo frustrado: cantar bien.

Una persona: Jesús de Nazaret.

La última alegría: un pequeño logro de una mujer que lucha por superarse.

La mayor tristeza: la muerte de mi padre.

Un sueño: una gran Mesa donde nadie es excluido

Un regalo: un pequeño detalle, una visita inesperada, una carta…

Un valor: la verdad y la amistad.

Me gustaría que me recordaran por… haber sido humana.

 

Actualizado
03/04/2008
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