La liturgia, ¿acerca a los creyentes a la Iglesia?

(Vida Nueva) En multitud de comunidades cristianas se pone hoy en día de manifiesto la necesidad de hacer más significativa y comprensible para los fieles la celebración litúrgica, tarea nada fácil si tenemos en cuenta que, a la hora de emprender una reforma litúrgica, nadie, aunque sea sacerdote, tiene derecho a cambiar, quitar o añadir algo por su cuenta, sino tras una concienzuda investigación teólogica, histórica y pastoral, en virtud de la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia, fruto del Concilio Vaticano II. Esta “limitación” nos lleva a plantearnos una importante cuestión: ¿es posible encontrar modos de celebrar la fe que, sin romper la comunión y la ortodoxia, acaben con las barreras que los usos litúrgicos más oficiales crean entre la gente corriente? La respuesta a esta pregunta, según distintos autores consultados por Vida Nueva, es “sí”.

Según la Sacrosanctum Concilium 22 “la reglamentación de la Sagrada Liturgia es de competencia exclusiva de la autoridad eclesiástica; ésta reside en la Sede Apostólica y, en la medida que determine la ley, en el Obispo”, algo que nos recuerda el prelado auxiliar emérito de Barcelona, Pere Tena, quien hace suya una comparación de Ignacio Oñatibia que veía la reforma litúrgica como “el deshielo de la liturgia”, en el sentido de que “el deshielo produce las aguas que fecundan y dan vida, pero también puede tener efectos catastróficos, empezando por los aludes”. Insiste en el hecho de que los ministros de la Iglesia “deben mantener siempre viva la conciencia de ser ‘servidores’ de la liturgia, y no dueños”.

Para el jesuita José María Rodríguez Olaizola, los caminos para conseguir un “muy necesario” modo de celebrar la fe que sea significativo para los creyentes sin que se pierda la “capacidad de evocación y de dar significados a la gente”, pueden pasar por “normalizar el lenguaje de los rituales, dar formación sobre las claves de la liturgia, buscar cauces para una participación más activa de todos los fieles…”. La mayor responsabilidad en este reto la sitúa Olaizola en los “celebrantes”. Por su parte, el sacerdote de la diócesis de Bilbao, Javier M. Suescun, que ha escrito libros como Me aburro en misa (San Pablo), cree que, dado que vivimos en un mundo de la imagen, es muy importante que el sacerdote –que, en su opinión, debe aprender a “presidir” la misa, en lugar de a “decirla”- sepa recrear aquellos símbolos que tienen un carácter universal y atemporal e introducir otros nuevos. “Actualizar las oraciones oficiales, suprimir textos del AT y del NT, adaptarlos…” son otras de las propuestas de Suescun.

Para la teóloga Marta López Alonso, que preside la Asociación de Teólogas de España, aún reconociendo la necesidad de “encontrar formas alternativas de dar gloria a Dios”, se trata de un tema “muy serio, porque las formas de liturgia han de ser aquellas que canalicen y hagan presente la fuerza espiritual de la comunidad”. Se muestra convencida de que “habrá nuevas formas de celebrar cuando confiemos en la fe de los hermanos y admitamos diversos gestos que pudieran acompañar a su expresión”.

Lo más importante en una parroquia es “el clima de participación, sencillez, escucha y acogida que se va creando”, así habla en Vida Nueva el sacerdote de la orden de los Hijos de Caridad, Pepe Rodier, que presta su servicio en la parroquia San Eladio, de Leganés. Para ello propone que la liturgia dominical “se prepare durante la semana, en la escucha de los seglares, jóvenes y adultos, niños y ancianos, atentos a todo lo que se vive en el barrio”, como forma de conectar con las personas de la comunidad, pero intentando siempre “no separar el sacramento del altar y el del pobre”.

Más información en el nº 2.562 de Vida Nueva (A fondo, páginas 8-10).

Actualizado
28/12/2007
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